EFEBruselas

Cuando los yihadistas le amenazaron, Ahmad Joudeh decidió bailar entre las ruinas de Palmira, en el corazón de su país en guerra; hoy, desde los escenarios de Europa, donde vive como refugiado y sin pasaporte, Ahmad Joudeh sueña con crear algún día el ballet nacional sirio.

Alumno del Nationale Ballet de Ámsterdam, que en 2016 le ofreció estudiar con una beca tras descubrirle en un reportaje de televisión, Joudeh vive al día: "Mi país es una cicatriz en mi corazón", explica en una entrevista con Efe en el teatro de Flagey de Bruselas, donde se subirá al escenario por primera vez el 21 de noviembre.

Un profundo suspiro sale de su alma preguntado por si algún día volverá: "No sé si quiero volver. No sé si mi sueño se hará realidad allí. Me gustaría crear el Ballet Nacional sirio, pero cada día mis planes cambian".

Joudeh salta en su baile con la misma fuerza que lleva venciendo obstáculos casi desde su nacimiento, fruto del "amor verdadero" entre una siria y un palestino que le tuvieron antes de contraer matrimonio. Su abuelo materno solo cedió a reconocerle cambiando su fecha de nacimiento para evitar la "vergüenza familiar".

Desde niño supo que quería bailar, pero eso le costó la relación con su padre, quien llegó a golpearle para truncar su sueño, aunque tras once años de peleas fue a verle en escena a Holanda y decidió perdonarle.

"Intentó todo lo que puedas imaginar para detenerme. Después de once años vino a verme bailar en Ámsterdam, donde hacía un solo con una orquesta. Fue la primera vez que me vio bailar y entendió lo que significa para mí", recuerda emocionado.

Su madre, profesora en un colegio masculino, a quien admira y, asegura "está pasando por una situación muy complicada" que no quiere compartir públicamente por temor a represalias, le apoyó desde el inicio y a espaldas de su padre, de quién se divorció más tarde, le llevó a una escuela de ballet, donde la bailarina rusa Albina Bilowa le dio su primera clase.

Más tarde llegaron las amenazas del ISIS, de "quienes consideran el arte como una libertad".

"Si eres artista te planteas cosas, te haces preguntas, porque el arte te abre la mente y quieren que nuestras mentes estén cerradas", dice quien concibe el baile como un sinónimo de su propia "existencia" y "libertad".

Los terroristas del Daesh, lamenta, no quieren que sea bailarín. "Pero no es su decisión", explica con la determinación que le ha hecho lograr poco a poco un sueño que ha dejado escrito para siempre en su nuca con un tatuaje: "Bailar o morir".

"Me lo hice en 2013 después de que me amenazaran con decapitarme. Me lo hice en el sitio donde cortan la cabeza de sus víctimas. Si me cogen, será lo último que lean", afirma, un mensaje escrito en hindi, porque "los hindúes tienen su propia deidad del baile", Shiva: "Creo en que cada uno pueda elegir a sus dioses".

Además del concierto "Diversity Makes Music", un proyecto que aúna artes y culturas de Turquía y Siria, entre otros países, promovido por la Yehudi Menuhi Foundation, Joudeh prepara un documental con el español Pablo de la Chica sobre su proyecto con "SOS Children Villages", destinado a reconstruir los pueblos que la guerra ha destruido en Siria.

"Mi parte es crear espectáculos para conseguir recaudación y poder construir esos pueblos que den abrigo a miles de niños. Esto es lo mejor que puedo hacer para mi país, para el futuro de mi país, porque una vez fui niño en un campo de refugiados y sé lo que necesitan. La situación no es prometedora, pero espero que se arregle", afirma el artista, nacido en el campo de refugiados palestinos de Yarmuk.

Joudeh ha aprendido holandés, "un idioma difícil", admite, pero que estudia "por respeto" y porque le permite sentirse integrado.

Muestra agradecimiento a Europa por "abrir las puertas" y "dar seguridad" a gente como él, que logró el estatuto de refugiado con mediación de la Embajada holandesa en el Líbano, donde en 2014 participó y quedó finalista de la versión árabe de "Mira Quién Baila".

También siente orgullo de quienes, como él, "están trabajando duro para probar que la juventud siria vale la pena": "No he recibido ni una sola ayuda del Gobierno desde que estoy aquí. Trabajo para vivir", afirma, y espera pronto lograr traer a su madre para que pueda vivir con él.

Sostiene que en los últimos años ha recibido "más amenazas de gente racista en Europa que del mundo árabe", y espera que su trabajo le permita también mostrar la cultura de su país, sumido en la guerra desde hace siete años, un conflicto que ha matado a cinco miembros de su familia.

"Entiendo cualquier reacción negativa contra los refugiados, porque Europa abre la puerta y no sabe con qué mentalidad ni quiénes son los refugiados, si vienen a ayudar, si van a integrarse o por el contrario intentar controlar sus libertades", admite, con el deseo de, algún día, poder expresarse con libertad en su país.

Mònica Faro