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En la intimidad, sin grandilocuencias alguna, la "celeste" Aida confiesa su amor y dilemas entre las ruinas de las Termas de Caracalla de Roma, que desde hoy acogen este clásico de Verdi dirigido por la batuta del director español Jordi Bernàcer.

La Ópera de Roma ha apostado por inaugurar con esta obra maestra su temporada estival y estará en escena hasta el próximo 3 de agosto en las Termas de Caracalla, el imponente yacimiento arqueológico en el que se amenizan con arte y lírica las calurosas noches romanas.

La puesta en escena corre a cargo del francés Denis Krief, que por supuesto evoca el antiguo, remoto y exótico Egipto que Verdi imaginó hace más de un siglo pero sin la pompa que tradicionalemente ha impregnado este clásico operístico.

Ahora Aida, su amado guerrero Radamés o la celosa princesa Amneris, desvelan sus anhelos ocultos entre los muros dorados del palacios, en los oscuros pasillos del templo de Ptah o en salones repletos de cortesanos, pero todo en un estilo visualmente sencillo.

Frente a la orquesta se pondrá el director español Jordi Bernàcer, quien defiende esta apuesta estética: "Es una escena muy clara, transparente, una lectura muy musical y sencilla de seguir para todo el público", dice en un encuentro con Efe antes del ensayo general.

Bernàcer (Alcoy, 1976), que fue director residente de la Ópera de San Francisco, siente como un "privilegio" volver a Roma, donde debutó hace dos años con "Carmen", y más haciéndolo ahora con esta nueva y esperada Aida, que no se representaba desde hacía seis años.

El director de orquesta español apunta que esta adaptación "más reducida, pequeña y recogida" del clásico "verdiano" ayuda de alguna manera a entenderlo en toda su complejidad.

Y es que tras los coros, los fastuosos decorados o las marchas que han caracterizado esta ópera desde siempre, se esconden "los momentos seguramente más íntimos y delicados" de todo el repertorio del maestro, sostiene Bernàcer.

Pone como ejemplo el final del segundo acto, la célebre Marcha Triunfal, más parecido al "camarote de los Hermanos Marx" ya que reúne a toda la orquesta completa, un doble coro, todos los solistas en escena, una banda interna e incluso seis trompetas egipcias.

"Ya no cabe nada más pero al mismo tiempo Aida es una ópera de una grandísima intimidad. Es decir, en las antípodas de este final pomposo y brillante tenemos algunos de los momentos más íntimos y delicados de todo el repertorio de Verdi", apunta.

Por ello la clave está en respetar, al menos mantener, este contraste, en "mantener un equilibrio entre estos dos mundos para que sea interesante musical como escénicamente", sostiene.

Desde el punto de vista musical, el director cree que esta obra es "tremendamente difícil" de interpretar y recuerda que fue la única ocasión en la que Verdi se sumó a la representación de mundos exóticos tan en boga en el último cuarto del siglo XIX.

"Fue la única vez en la que Verdi da un paso en esta dirección y lo logra de una manera magistral (...) No recurre a los clichés del exotismo oriental y es capaz con su propio lenguaje de dar un aire y un color a todo ello muy particular", recuerda, para señalar después como ejemplo los solos de oboe de la segunda mitad.

El resultado es un complicado triángulo pasional, el de la etíope Aida, el guerrero Radamés y la princesa egipcia Amneris, en el que se entrelaza el amor y los glorias a la patria, como no podría ser de otra manera en aquellos tiempos del "Risorgimento".

En los papeles protagonistas, los de los enamorados, se alternarán la soprano y el tenor surcoreanos Vittoria Yeo y Alfred Kim con y los italianos Serena Farnocchia y Diego Cavazzin.

Bernácer pondrá el broche a la temporada de Caracalla el 7 de agosto con un concierto de música española y zarzuela con Plácido Domingo, con quien también actuará en la Arena de Verona para recordar el 50 aniversario del debut del tenor en ese anfiteatro.

Después le esperan numerosos compromisos internacionales, como la representación de "La Rondine" de Puccini en Daegu, Corea del Sur, un regreso a San Francisco, su estreno en la Deutsche Opera de Berlin y un "Nabucco" en el Palau de les Arts de Valencia.

Por Gonzalo Sánchez