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Por primera vez desde la caída de la dictadura, los albaneses podrán ver en un museo los aparatos de escucha con los que la policía secreta de uno de los más temibles regímenes comunistas, la Sigurimi, controló sus vidas durante casi medio siglo, entre 1946 y 1991.

El museo, situado en la Casa con Hojas, nombre que tomó de las enredaderas que crecen en la fachada, fue inaugurada ayer por el primer ministro, Edi Rama, antes de abrir sus puertas hoy al público.

"El museo es un gran patrimonio que da posibilidad a todos de tener contacto físico con el pasado, sin intermediarios", dijo Rama durante la ceremonia.

Desde 1956 y hasta 1991 este céntrico edificio de Tirana fue precisamente la sede de los dos departamentos más importantes del Servicio de Seguridad del Estado (Sigurimi), según explicó a Efe el ingeniero Nesti Vako, exresponsable del sector de técnica operativa.

El primero era el encargado de los medios de escucha, divididos en estacionarios y de ondas, y el segundo tenía como objetivo la vigilancia física de sospechosos y del personal de las embajadas extranjeras, donde trabajó Vako 23 de sus de 71 años de vida.

En una de las 31 habitaciones de la casa museo están expuestos diferentes tipos de micrófonos, que eran instalados dentro de los muros de las embajadas, oficinas, hoteles, viviendas de personas "de actividad sospechosa".

El paradigma por excelencia de estas escuchas eran sin duda unos micrófonos de pequeño tamaño, popularmente conocidos como "chinches", que se escondían con maestría en solapas, bolsillos y ropa interior de los agentes para vigilar y controlar al "enemigo interno y externo".

En el edificio, que tiene dos pisos y ha sido restaurado recientemente, se situaba también una oficina desde donde se interceptaban y se controlaban las llamadas telefónicas, cuyos aparatos, aún funcionales, forman parte de la exposición.

"La tecnología se usaba para verificar la información recolectada por los agentes en el terreno", aclaró Vako.

Cada operador de Sigurimi creaba su propia red de espías reclutando agentes e informantes, que en ocasiones provenían de entre los propios perseguidos políticos.

Algunos expedientes, con nombres borrados, de los agentes de Sigurimi están también a la vista del visitante en el museo.

Tras romper relaciones con China a finales de los 70, como había hecho anteriormente con Yugoslavia y la Unión Soviética, el dictador estalinista Enver Hoxha proclamó Albania el "único país socialista del mundo" y lo aisló herméticamente del resto del planeta.

Para mantenerse en el poder se sirvió de esta policía secreta que, según decía, era el "arma más aguda y amable del partido porque defiende los intereses del pueblo contra sus enemigos".

Durante la época comunista fueron ejecutadas por motivos políticos 5.500 personas, 12.870 fueron encarceladas, y otras 21.000 fueron deportadas a campos de trabajo forzado, y sus nombres ocupan ahora las paredes de una de las habitaciones del museo.

"Frente al enemigo no hay concesiones, ni piedad, ni temor a cometer errores", declaraba Hoxha, muerto en 1985.

Entre los 50 empleados de la Casa con Hojas, todos con "buena biografía" y que supieron guardar el secreto de su trabajo, había algunos que se dedicaban a la apertura de sobres privados enviados y recibidos en correos para detectar posibles cartas escritas contra el régimen comunista, uno de los más duraderos de Europa del Este.

"Es muy excepcional que haya un museo en el mismo lugar donde se produjeron los hechos", dijo a Efe la arquitecta italiana encargada de la reforma del museo, Elisabetta Terragni.

Terragni explicó que el museo, con sus objetos expuestos unidos por una narrativa, no sirve para intimidar a la gente, sino para reconstruir la historia y el pasado.

Hay un equilibrio entre la ironía y los hechos más duros, concluyó la arquitecta.

Mimoza Dhima