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El Alcázar de Sevilla ha revivido hoy las 1.001 noches de cantes moros que pudieron escuchar sus primeros constructores almorávides, y los cristianos que amenizaban las fiestas de los reyes cristianos que instalaron sus palacios sobre los de sus antecesores expulsados.

La voz lírica de la soprano valenciana Mariví Blasco, el quejío flamenco de la cantaora jiennense Carmen Linares y los sones moriscos de la cantante de origen tunecino Ghalia Benali se han unido esta noche para "defender" con el lenguaje universal de la música el valor de las "diferencias".

Con estas palabras el músico Fahmi Alqhai justificaba casi al final del espectáculo la programación de "Romances entre Oriente y Occidente" en un festival como la Bienal de Flamenco, aunque a tenor del aforo completo en el Patio de la Montería del Alcázar sevillano no parece que hiciera falta, más allá de acallar prejuicios de los puristas de lo jondo.

El espectáculo lo justificaron con sus voces las tres cantantes y con su música unos intérpretes que, fusionando la guitarra flamenca con instrumentos tan medievales como la viola de gamba, pasaban sin transición de cánticos en castellano antiguo a quejíos por seguiriyas, tientos o tangos y, sin que nada chirriase, a canciones en árabe a las que hay que reconocer que Ghalia Benali acompañaba de una puesta en escena digna de Serezade (no en vano es bailarina).

Tan fluida era la transición entre unas y otras músicas que los artistas encadenaron varias piezas del programa, lo que agilizó tanto el espectáculo que no llegó a las dos horas y concentró los aplausos del público en cuatro momentos antes del apoteosis final con los asistentes puestos en pie para reconocer el trabajo que hay detrás de un montaje como este para fusionar mundos a priori tan alejados como la música antigua y barroca, el flamenco y la árabe.

A priori, porque como defiende Alqhai, cuando se respeta lo diferente la cosa "funciona" y la música y el arte "hacen que superemos las razas, religiones y fronteras", así que quizás sea más útil la cultura que todas las leyes y "decretazos" contra discriminaciones y odios.

Y es así es como en los muros del primer recinto palaciego construido por Pedro I el Cruel en el siglo XV sobre los cimientos del palacio almohade del siglo XIII una cantaora flamenca, una soprano y una cantante tunecina pusieron voz a la pérdida de Alhama o al llanto "desconsolado" de Boabdil tras entregar Granada a los Reyes Católicos después de una batalla y asedios planificados por Isabel y Fernando entre estos mismos muros.

Unos muros que las luces del espectáculo tiñeron de azul, rojo, verde o amarillo en un juego de iluminación que también contribuyó a crear ambiente, como las plumas moradas que Ghalia Benali usó para acompañar sus movimientos, como los olés y palmas con los que Carmen Linares jaleó al guitarrista Dani de Morón en su farruca o como la delicadeza de Mariví Blasco abriendo el telón con canto gregoriano.

No es el único espectáculo de la jornada de hoy que ha puesto en valor las diferencias.

Previamente, en el Teatro Alameda, el coreógrafo y pedagogo José Galán (autor de la coreografía para el flashmob con el que se inauguró la Bienal el pasado jueves) ha presentado el trabajo realizado durante dos años en los talleres de flamenco inclusivo para personas con diversidad funcional, gestionados por la compañía Danza Mobile.

Un total de 60 participantes en estos talleres han puesto en escena "Detrás del telón" en el marco de las actividades paralelas de la XX edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla. Laura Blanco