EFEPamplona

El silencio provocado por la ausencia del público envuelve desde marzo al Teatro Gayarre, que añora a aquellos que conforman su "alma" y le dan vida, como Pepi Martínez y Gerardo Ruiz, que lo consideran "su segunda casa" y esperan con ilusión el día en el que puedan volver a disfrutar de sus espectáculos.

Antes de que la COVID-19 formase parte de su día a día, ambos solían colocarse justo al comienzo del patio de butacas, donde Martínez tenía un sitio "reservado" para su silla de ruedas y charlaba con Helena, una empleada del Gayarre, mientras ella la acomodaba en los minutos previos a la función.

Tan solo basta con escuchar su voz un par de minutos para contagiarse de la paz que transmite y saber que tiene una gran historia que contar. Martínez tiene 74 años y nació en Alsasua (Navarra), pero lleva cincuenta años viviendo en Pamplona, una ciudad que, según cuenta a Efe en una entrevista, le aportó “cultura” y la “posibilidad de desarrollarse como persona”.

Es una lectora empedernida desde pequeña, gracias a la insistencia de su madre para que estudiase y leyese “más de lo que ella pudo”, pues a los once años ya trabajaba de niñera y tuvo que aprender a leer y a escribir por sí misma. Pero, en cambio, comenta que "si volviera a nacer, lo cambiaría todo".

En su interior piensa que ha “desperdiciado una vida”, porque "se quedó en casa, cuidando a su familia" y cree que debería "haber aprovechado" las oportunidades que le ha dado la vida, o quizás haber estudiado algo relacionado con Filosofía y Letras, para comunicarse “a través de la palabra y la escritura”.

El acento marcado de Ruiz no deja lugar a dudas de su procedencia, a unos mil kilómetros de Pamplona, en un pequeño “rinconcito” de la provincia de Huelva. Allí nació y allí desarrolló su faceta como actor aficionado, después de formar parte de una compañía de teatro que hacía "un par de obras al año" por los pueblos de alrededor, y "de forma solidaria".

“Eramos unos titiriteros”, dice Martínez entre sonrisas. También ella hizo sus primeros pinitos teatrales cuando era joven y rememora con cariño "un papelón muy largo" que representó en su primera obra de teatro. "Recuerdo esos años como muy felices, lo viví con mucho candor y pasión y le cogí mucho cariño al teatro”, relata.

“Nos poníamos en el portal de mi casa y los niños del barrio venían a ver las ‘obritas’ que hacíamos”, afirma Martínez, y añade que descubrieron en ella "una gran vis cómica", y que se "disfrazaba para hacer monólogos y que ponían carteles anunciando las funciones por la calle".

Para ella “tener vida no es estar vivo solo, es implicarte en lo que te da” y por eso se niega a no salir de casa y disfrutar de las actividades culturales que tanto le proporcionan. “Procuro que no se me acabe la vida en ese sentido. Sin la cultura..., ¿qué somos: comer y dormir?", cuestiona.

“Llevamos tantos años vinculados al Gayarre que si hubiésemos guardado todo el dinero que nos hemos gastado en una hucha seríamos casi millonarios y hubiésemos tenido para hacernos un par de cruceros o alguna cosa especial, pero yo considero que bien gastado está, y mi marido también”, asevera Martínez.

Para este matrimonio ir al teatro es algo "necesario" y, por eso, estos meses confinados y sin visitar el Gayarre han sido "más aburridos" de lo habitual, pero han sabido llevarlo bien. "Nos hemos entretenido leyendo mucho y viendo la tele", cuenta Ruiz, que comenta que tiene ganas "de que se normalice todo".

También cuenta que Martínez ha atravesado una temporada difícil en estos últimos meses porque tuvo la COVID-19. "Ha estado muy grave y estuvo varios días en el hospital. Me dieron malas perspectivas, pero afortunadamente ha respondido al tratamiento".

Hace dos años y medio, Martínez ya demostró que su fortaleza interna es incalculable, después de sufrir un ictus cerebral que la dejó "reducida" y en una silla de ruedas; una situación que le dio "una lección de vida" y que le hizo darse cuenta "de la parte buena que aún queda".

De hecho, tiene las cosas muy claras y afirma que en ese momento le dijo a los médicos: “Si mi vida corre peligro, ingréseme, pero, si no, me quiero ir a mi casa, porque tengo que acabar un libro que tengo empezado”; y que no quería que su estado de ánimo dependiese "de una pastilla".

Porque lo que le da vida a Martínez no se compra en una farmacia. Para ella existe un paralelismo entre la vida y el teatro, y, ni ella ni su marido, conciben su existencia sin verla pasar desde su butaca; del mismo modo que tampoco el Gayarre puede prescindir del alma que este matrimonio aporta en cada función.

Ambos confían en regresar a "su segunda casa" lo antes posible, y afirman que volverán a comprar el bono de temporada del Gayarre siempre y cuando se controlen "estos brotes que están saliendo". “Mientras tenga un aliento de vida, estaré conectada con lo que a mí me llena por dentro”, concluye Martínez.

Raúl Bobé.