EFEAmsterdam

El Museo Van Gogh inaugura hoy una exposición que plasma la evolución de París durante más de 120 años, desde la Revolución de 1789 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, a través de las pinturas de artistas holandeses como Van Spaendonck, Jongkind y Mondrian.

"Holandeses en París 1789-1914" presenta hasta el 7 de enero un recorrido cronológico por "el centro del arte mundial durante el siglo XIX", explicó a Efe la conservadora Mayken Jonkman.

Ese viaje en el tiempo empieza con Gerard van Spaendonck, holandés especializado en pinturas florales que llegó a París con apenas 23 años y consiguió trabajo en la corte de Luis XV y Luis XVI.

Introdujo detalles que no se encontraban anteriormente en el arte francés, como "flores mucho más naturales" y "luces, oscuridades y sombras típicas holandesas", dijo la conservadora del Museo Van Gogh.

A pesar de sus vínculos con la monarquía absolutista, salió ileso de la Revolución Francesa. "Podría haber sufrido un latigazo en su carrera, pero se las ingenió para salir indemne", explicó Jonkman.

Los dos siguientes artistas holandeses que triunfaron en París fueron Ary Scheffer y Johan Jongkind. El primero fue una gran influencia para Van Gogh y se implicó en la política hasta tal punto que se hizo amigo del último rey de Francia, Luis Felipe I, y fue profesor de arte de sus hijos.

Es también el autor del cuadro más erótico de la exposición, "Francesca de Rímini y Paolo Malatesta", en el que estos dos trágicos personajes de "La divina comedia" se abrazan envueltos en una sábana bajo la atenta mirada del autor que les dio vida, Dante Alighieri.

Diferente fue el estilo de Jongkind, que pasó a la historia como precursor del impresionismo, movimiento artístico que en un primer momento recibió numerosas críticas. "Monet dijo que fue uno de sus grandes maestros, el que le enseñó a ver y a mirar", explicó Jonkman.

El autor que da nombre al museo no podían faltar en una exposición sobre París. Algunos de los lugares más emblemáticos para Van Gogh, como el Boulevard de Clichy o la colina de Montmartre, fueron inmortalizadas por sus pinceles con la técnica del puntillismo.

El hechizo que producía la capital francesa en los artistas extranjeros iba más allá de su belleza, dado que en aquella época era la ciudad "del amor, de las mujeres y del lujo", indicó Jonkman. Ese glamur la hacía atractiva no sólo para visitar, sino también para vivir.

Por otro lado, el Estado francés estaba dispuesto a subsidiar los trabajos de arte, tanto a través del patrocinio como con la organización de exposiciones.

"Los artistas tenían muchas posibilidades allí. Podían conseguir formación, encontrar inspiración, exponer su trabajo, hacer carrera e incluso encontrarse con otros autores con talento", añadió Jonkman. "Si un pintor conseguía la gloria en París, tendría éxito también en su propio país".

Ese ambiente sirvió para que la ciudad se convirtiera en un gran mercado del arte que atrajo a coleccionistas de medio mundo, desde enviados especiales de los zares de Rusia hasta filántropo de otros continentes.

El cambio de siglo trajo a la capital francesa una nueva generación de autores holandeses con visiones artísticas diferentes.

Uno de ellos fue Kees van Dongen, cuyas obras están salpicadas de explosiones de colores vivos. Suyo es "El vestido azul", que sirve como cartel de la exposición y muestra a una mujer pelirroja con un suntuoso collar de perlas que posa de pie, con los ojos casi cerrados y la mano derecha en la cadera.

El método del artista que cierra la muestra, Piet Mondrian, es totalmente diferente. Fue en París donde comenzó con el cubismo, técnica que le sirvió para fundar posteriormente el movimiento artístico holandés "De stijl" ("El estilo") con el que se hizo mundialmente conocido.