EFEA Coruña

Un mueble es una forma, un objeto que normalmente tiene una función sin prejuicios, sentarse en una silla es algo físico, pero para el ebanista Frank Buschmann no es la finalidad sino la motivación, la inspiración, la investigación y la perfección lo que mueve sus manos para ser, más que un artesano, un "hacedor".

"El hacer es una actitud, no es solo mi manera de hacer sin electricidad, es cómo diseño, cómo comunico, cómo vivo, cómo investigo, cómo percibo la pieza, es un pensamiento más holístico", confiesa en una entrevista con Efe.

Buschmann (Sudáfrica, 1969) -Premio Artesanía de Galicia en 2019 por la prensa de flores "Monas", de la que el jurado valoró "la calidad, la sutileza, la poesía y la evocación de la naturaleza gallega para llegar a una pieza conceptualmente rotunda y hermosa"- acaba de ser reconocido también esta semana en la XIII edición del Premio Antonio Fraguas de Artesanía de la Diputación de A Coruña.

La obra galardonada ha sido ahora la silla contemporánea "Samba de uma Nota Só", que estudia y actualiza una serie de diseños clásicos y apuesta en su producción por la materia prima local; de ella el jurado ha valorado "la intencionalidad de recuperar unas técnicas tradicionales de ebanistería que están en desuso", un "buen conocimiento de las maderas" y "un diseño limpio y atemporal".

Unos galardones con los que este hacedor dice sentirse acogido en Galicia, pues hace cinco años que reside con la investigadora y productora cultural María Bella y sus dos hijos en la villa coruñesa de Corcubión, de apenas 2.000 habitantes.

"Yo soy extranjero pero aquí me siento acogido y más integrado y es bonito cuando te reconocen el trabajo", sostiene el ebanista, que también ha expuesto en Arco y es considerado ya como uno de los mejores en España por su trabajo multidisciplinar que aúna el arte, el diseño o la artesanía con una manera de producción ética, en consonancia con la integridad profesional de quien crea el objeto.

Para Buschmann, "la integridad es la esencia del éxito" y por ese camino empedrado de idealismo, de acumular experiencias, de exigencia y de ganas de "cambiar y mejorar el mundo" llega "a la conclusión de que cambiar el mundo empieza con uno mismo".

De salida cuenta con genes artesanos, su padre en metales y su madre en dibujo, por lo que llega al oficio de niño y ve que la artesanía es "más una actitud de cómo te acercas a algo, yo -abunda- lo comparo con el software libre, es una comunidad, compartir conocimiento, observar, imitar y repetir, volver a hacer y mejorar".

Sudáfrica y Nigeria son dos de los países en los que ha vivido Buschmann y en los que "hay falta de algo, uno tiene que inventarse la vida". Ahí surge su instinto creador, que forma en Alemania con una FP en madera y en Holanda, donde estudió Diseño Industrial.

Después llegó su propio estudio de diseño de exposiciones y eventos, luego trabajos en Madrid en el antiguo Matadero dedicado a la creación contemporánea y no mucho más tarde lo embargó la reflexión acerca de la escala a la que estaba trabajando.

"Era muy grande y, al final, exigía atajos, no poder dedicarte al detalle. Llego a la conclusión -evoca- de que cambiar el mundo empieza con uno mismo y toda la energía que aplicaba al exterior la empiezo a aplicar al interior, lo que me llevó a contemplar la posibilidad de volver a la ebanistería, que era mi origen, y concentrarme en el puro hacer, el hacer bien por hacer bien, no por fama ni dinero, buscaba nada más que la perfección".

Fue todo un proceso llegar a este punto, no ocurrió de un día para otro, incluso para ilustrar su modo de hacer protagonizó hace siete años el documental "Un trabajo feliz" en el que se puede ver cómo trabaja la madera para crear una mesa, por lo que terminó algunos proyectos y abrió el taller Woodworks Buschmann Bella (www.woodworksbb.es).

Su experiencia vital y multicultural por cuatro continentes lo llevó a la Costa da Morte coruñesa, nuevamente por "pura intuición", donde ha recuperado la escala del contexto, la que todavía es más humana y que había perdido en grandes ciudades como Madrid -donde expone algunas obras en la galería de Álvaro Alcázar-, porque donde vive tiene un horizonte más abierto.

"La gente en estos contextos tiene la vista larga más entrenada, significa que la capacidad de ver algo a lo lejos se traduce en una mentalidad en la que se prevé, se observa, actitudes que influyen en cómo vivimos el resto", sostiene.

Todavía hay artesanos y "el relevo quizás se pueda hacer aún", pero el futuro pasa por la formación desde la infancia y "no solo por el oficio, vivimos en tiempos de crisis de comunicación, del clima, de pandemias, económicas, y para poder afrontarlas hace falta invertir en los niños, en pensamiento crítico", asegura Buschmann.

"Aceptar la tecnología como principal herramienta es muy peligroso", avisa, y además de llenar con ella la caja de herramientas para construir el futuro, también hay que contar con el ser humano y sus capacidades.

Una máquina no puede escuchar la madera, cuándo se parte una veta, "la máquina trata todo igual como si todo fuera homogéneo y cuando hay un detalle en la veta lo rompe porque no siente la diferencia", enfatiza Buschmann, para quien, como hacedor, "el hacer es una actitud" con la que sembrar el camino hacia su ansiada perfección.

Elizabeth López