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El escritor J.M. Guelbenzu dice adiós a Mariana de Marco, la jueza que ha protagonizado una saga de diez novelas policíacas, una despedida que ya anunció en 2001 con la publicación de "No acosen al asesino" y que ahora confirma porque, dice, no le apetece seguir.

J. M. Guelbenzu (Madrid, 1944) ha presentado este martes en el Jardín Botánico de Madrid la última novela de esta saga, "Asesinato en el Jardín Botánico" (Destino) en una rueda de prensa en la que ha repasado la historia de esta jueza, a la que decidió dedicar una saga de diez libros en la que se mostrara su evolución, en un momento en el que las novelas negras protagonizadas por investigadoras no eran muy comunes.

"Eran diez por una cabezonería", en homenaje a la serie también de diez del matrimonio sueco de escritores de novela negra Maj Sjöwall y Per Wahlöö, que en su opinión, creó el mejor detective de la ficción: Martin Beck: "menos mal que no dije cien", ha bromeado Guelbenzu, que ha compaginado durante estos más de 20 años este género con otras novelas.

El escritor ha explicado cómo antes la novela negra era un género menor que avergonzaba escribir por lo que muchos autores firmaban con pseudónimo. Hasta que los argumentos policíacos, ceñidos a entornos cerrados, salieron a la calle y el género "se extendió".

"La gran coartada fue sostener que la novela negra es denuncia social", ha recordado el autor. Lo que provocó que todo el mundo, y "gente con poca imaginación", se metiera a escribirla creando "un barullo" que no le gusta nada.

Asegura que en el género se ha entrado "en lo sangriento, en la perversión absurda y en el psicópata", que cree que es lo contrario a un personaje de novela negra, donde siempre hay que justificar la causa del crimen.

Y ahora, al recurrir a un psicópata en la literatura, "con decir que de pequeño se hacía pis en la cama y su abuela lo metía en la caseta del perro y que por eso mataba a abuelas" es suficiente, ha criticado.

En "Asesinato en el Jardín Botánico", J.M Guelbenzu ha desarrollado dos líneas de investigación en paralelo: la propiamente judicial y la periodística que lleva a cabo la pareja de la jueza, Javier Goitia, quien, en paro por la fuerte crisis que azota a la prensa en papel, decide narrar la investigación en forma de crónica.

Una investigación que comienza cuando el cadáver de Concepción Rivera, una mujer de mediana edad, aparece escondido detrás de una palma en el Jardín Botánico de Madrid.

En esta última novela, la juez Mariana de Marco, cercana a los 50 años, lleva un año instalada en su nuevo destino de juez de Primera Instancia e Instrucción en Madrid, la ciudad donde había nacido y que abandonó para instalarse en un pueblo costero de Cantabria.

Su creador asegura que, de no poner fin a la saga, tendría que seguirla en su carrera judicial y, dice, le da "pereza".

Se debe, señala, "a cierto problema de cansancio" y a que está trabajando en dos novelas que había comenzado anteriormente "de clara ambición literaria". Y a diferencia de ocasiones anteriores en las que siempre tenía "otros dos proyectos en mente", ahora no tiene ninguno, señala.