EFEBarcelona

El veterano crítico de cine radiofónico Javier Tolentino se pasa a la dirección con la película "Un blues para Teherán", un filme que presenta en el festival D'A y con el que quería "plantear preguntas" sobre la sociedad iraní a través de "un viaje musical" por el país, tamizado a través de sus jóvenes.

En una entrevista con EFE, Tolentino dice que su conversión en cineasta es "una consecuencia lógica de haber estado 30 años mirando, estudiando y analizando cine".

El planteamiento inicial era hacer "un viaje musical por Irán, que es casi una historia personal de un cronista radiofónico de una radio cultural europea en busca de antiguas canciones pero pasado por el tamiz de gente joven".

Tolentino, que ha escrito tres libros sobre experiencias propias ("El cine que me importa", "Disculpen que les hable de la radio" y "Un alfabeto para Emma Suárez") ha llegado ahora a Irán porque desde los años 70-80 le había seducido su cine, "ese cine que se desprende de India, que empieza a preguntarse por las cosas que pasan en su patio, ese mismo cine que comenzó a conquistar los grandes premios de los principales festivales de cine europeos".

Enumera, como si fuera la alineación de un equipo de fútbol, la relación de esos directores que excitaron su retina, Mohsen Makhmalbaf, Abbas Kiarostami, Jafar Panahi, Dariush Mehrjui, Bahman Ghobadi, Asghar Farhadi o Mohammad Rasoulof, con un cine realista que no eludía la poesía, y que desprendía filosofía natural.

Pronto pasó de la crítica a la formación cinematográfica y de ahí a la asistencia a talleres y a los centros de formación de Abbas Kiarostami y de Asghar Farhadi. "Con esa relación, me invitaron a su casa en Teherán, comencé a visitar el país, incluso a hacer algún programa de radio desde Irán, desde el Kurdistán; y eso ya te pedía la cámara, mostrar la imagen".

El título, explica Tolentino, alude a "la tristeza y la melancolía" que produce en gran parte de la población "la contradicción entre lo prohibido en público y la vida intensa en privado".

No fue fácil conseguir los permisos para rodar en Irán, pero lo más dificultoso, apunta el director, fue grabar en la calle: "hay muchas interrupciones por gente de paisano confidentes de la policía o ciudadanos iraníes que veían a occidentales filmando en público pensando que íbamos a criticar el país, y alguna vez acabamos en comisaria enseñando todo el material, pero siempre en Teherán, pues fuera de la capital todo es más fácil y la gente es maravillosa".

La cámara de Tolentino muestra un Irán inhabitual, en el que contrasta la gran urbe con espacios naturales y rurales más vacíos, y el director califica el país persa como "un crisol de muchas comunidades diferentes, con tensiones no solucionadas entre ellas".

En su opinión, "el gobierno iraní siempre habla de la amenaza extranjera para ocultar sus tensiones regionales territoriales".

Como muchos otros países, Irán es víctima, agrega, de "la paranoia de la religión que ve pecado en todo; y en Irán se persigue cantar, escribir o filmar, se va contra la creación".

Aunque mayoritariamente el cine iraní no tiene música, no puede atribuirse solo a prohibiciones, sino que también parte de un planteamiento estético que tienen que ver con el cine de Bergman, de Dreyer o el movimiento Dogma de Lars von Trier".

Es común a las intervenciones de los músicos de la película el sentimiento de que la música es un arte universal, que no tiene la barrera idiomática pero que se puede sentir incluso en la oscuridad, algo que no pasa con la pintura.

Además, la música puede mostrar, sin juzgar, un estado de ánimo roto, como puede ser el estado melancólico en el que se encuentran ahora las poblaciones de Siria, de Líbano o de Irán, en las que "a través de un violín y un adagio te transmiten la tristeza de una sociedad que no renuncia al sentido del humor".

En una de las escenas aparece un pescador que, según Tolentino, "condensa el discurso político de la película", pues se trata de "un analfabeto capaz de citar a los poetas y decir que sus hijas recibirán la misma herencia que sus hijos, en contra de las leyes testamentarias iraníes".

Tras la intervención del pescador subyace, apunta Tolentino, un mensaje: "La situación actual de Irán se explica por su defensa de Occidente, que saqueó su petróleo, pero cuando se vio el despilfarro en el que vivía el Sha, los ayatolás en Francia comenzaron a crear una dinámica social relacionada con sus tradiciones y que desemboca en lo que hay ahora".

Dos jóvenes conversando en la calle sobre el amor y un plano final en blanco, en un homenaje a Angelopoulos, es el epílogo positivista con que Tolentino acaba su filme.

El director ya prepara un nuevo proyecto, que espera grabar en el primer trimestre de 2022: "Será un musical, muy relacionado con la textura y la forma de 'Un blues para Teherán', en el nuevamente intentaré hacerme preguntas, y se colará la cuestión política, pero de la misma manera sutil".

Jose Oliva