EFECarlos González de Rivera Mérida

La primera vez que se representó el "Julio César" de William Shakespeare en Mérida, en 1955, fue una versión en verso del escritor José María Pemán. Ahora, siete décadas después, el político y militar romano camina sobre el mismo escenario convertido en mujer, en un ambiente vanguardista y urbano y al ritmo trapero de Nathy Peluso.

Aquella antigua función, con grandes de la escena como Paco Rabal o Nuria Expert, fue dirigida por José Tamayo, quien, según cuentan las crónicas de la época, asistió con bastón al exitoso estreno debido a la caída que había sufrido en uno de los ensayos.

La obra, en la que participaron medio millar de extras y cuya música había compuesto el austríaco Richard Klatowsky, se representó en el Teatro y en el Anfiteatro romanos, lo que obligó a los espectadores a desplazarse en el descanso de un espacio a otro.

Además, aprovechaban la interrupción para degustar la cena que llevaban preparada, una costumbre que se mantuvo durante años.

El clásico de Shakespeare llegó de nuevo al festival en 1964, en una versión esta vez en prosa de Pemán y dirigida de nuevo por Tamayo, a las que siguieron los montajes de 1976, 1996 y 2013, este último dirigido por Paco Azorín y con Mario Gas como protagonista, y a los que hay que sumar la ópera "Julio César" de Haendel, en 1966, a cargo de la Compañía de O´pera Italiana, el Coro y Orquesta Sinfo´nica de RTVE y el Ballet del Teatro de la Zarzuela.

Del montaje en verso de Pemán, clásico y en blanco y negro, se ha pasado a la moderna representación del Complejo Teatral de Buenos Aires, con un elenco completamente argentino, que ha inaugurado este viernes la 68 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida y a la que ha asistido el ministro de Cultura, Miquel Iceta, y el presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, entre otras autoridades.

Ya había avisado el director del festival, Jesús Cimarro, que esta versión, en la que hombres y mujeres intercambian sus papeles, no tenía nada que ver con las anteriores.

El espectáculo ideado y dirigido por José María Muscari, que llega a España tras el éxito cosechado en Argentina, es tal y como se había anunciado: rompedor, transgresor, irreverente, rupturista, audaz, arriesgado, disruptivo y sorprendente.

Pero a pesar de que los personajes viajan en Blablacar, tienen redes sociales y ven Netflix, y se mueven al ritmo de Tangana y Peluso, la obra tiene la virtud de centrarse en el meollo del texto original: la lucha por el poder, la corrupción y la falta de ideales, en un ciclo que no cesa y que siempre es, como se ratifica en la obra, "lo nuevo de lo viejo".

La conspiración contra Julio César, el dictador que acabó con la República y que es interpretado por Moria Casán, una diva del teatro, el cine y la televisión de su país e icono del movimiento LGBTI, parte de una constatación: "Este boludo se cree Dios".

Y a partir de ahí, en la conjura para asesinarle, brillan con luz propia sus antagonistas Casio (Malena Solda) y Bruto (Alejandra Rodano), aunque al final acaba haciéndose con el poder, tras el baño se sangre que se desata a la muerte del dictador, su hijo adoptivo Octavio Augusto (Fabiana García Lago), futuro fundador de Mérida, que se impone a Marco Antonio (Marita Ballesteros), el amante de Julio César, y se convierte en el primer emperador romano.

La música y las pantallas del escenario, en la que se proyectan imágenes de los propios actores, potencian un drama que engancha al espectador y en el que hay alegatos como el de Calpurnia (Mario Alarcón), la esposa de Julio César, que lamenta que detrás de cada gran hombre haya una mujer encadenada y escondida.

La función está salpicada de comentarios humorísticos, alusiones a las actualidad y guiños a Extremadura y España, que no desvían la mirada de lado oscuro de la política y del engaño al pueblo.