EFEBarcelona

La Cúpula, la editorial creada en torno a "El Víbora", la que fue sin duda la revista más emblemática del cómic underground patrio, cumple 40 años, cuatro décadas en las que ha sabido adaptarse a los cambios generacionales pero sin traicionar su primer Mandamiento: autenticidad por encima de todo.

"Los autores son los que nos han guiado hasta aquí. Nosotros sólo publicamos lo que ellos quieren hacer. Amamos nuestro trabajo y los autores cuentan sólo lo que les da la gana, lo mismo que nosotros publicamos sólo lo que nos da la gana", desvela Emilio Bernárdez, director de Ediciones La Cúpula, en una entrevista con Efe.

Y esa nómina de autores faro que impulsaron "El Víbora" (Comix para superviviente) en la libertaria Barcelona de finales de los setenta, "de largas noches de fiesta y canutos", a la que sumaron firmas internacionales desde el principio, y que se ha ido renovando, sin prejuicios de género "o pendientes de modas pasajeras", se ha hecho enorme.

Nazario -suya fue la primera portada de "El Víbora"- Gallardo, Mediavilla, Max, Martí, Pons, los "padres" norteamericanos Shelton y Crumb -que casi autorizaron su publicación por correo postal- , a los que se fueron añadiendo Mauro Entrialgo, Paco Roca, Peter Bagge, Daniel Clowes, Jaime Martín, Charles Burns, Chester Brown y Ana Oncina, las primas Tamaki o Tillie Walden, porque las mujeres tienen un papel destacado en La Cúpula, como creadoras y como lectoras.

La editorial nació en diciembre de 1979 para poner en el mercado "El Víbora" después de que el editor Josep Toutain le planteara la idea a Josep María Berenguer -alma mater del proyecto- de crear una revista centrada en el underground, "nada de superhéroes, ni de viajes en el tiempo, ni de aventuras espaciales", apunta Bernárdez.

Aquella sociedad "estaba amuermada", pero la gente joven quería romper reglas. "Había muchas ganas de libertad, de cosas que no se habían hablado nunca, el sexo estaba prohibido... los jóvenes estábamos hasta las narices, y eso es lo que queríamos contar, lo que pasaba en la calle", rememora Bernárdez, acostumbrado a que los "bienpensantes" le gritaran "melenudo".

"El Víbora" ayudó a los cambios sociales, a normalizar, por ejemplo, la homosexualidad, gracias, primero, a las historias de Nazario y de su investigador transexual Anarcoma y luego a los personajes de Ralf Koning.

"El Víbora" -a la que esta misma semana el MNAC dedica una exposición sobre su génesis e influencia- estuvo en los quioscos hasta 2005, 300 números, de los que en su momento de mayor éxito, a mediados de los años ochenta, se llegaron a vender 47.000 ejemplares.

"El cierre fue un shock porque era la revista de nuestros sueños, pero no se podía mantener. Con la distancia te das cuenta de que todas las revistas nacen condenadas a muerte, como los seres humanos", afirma un resignado Bernárdez.

El mercado del cómic había cambiado y la gente ya no se acercaba al quiosco a comprar revistas -"Makoki" o "Claro que sí" tuvieron una vida fugaz- por lo que La Cúpula tuvo que adaptar su negocio hacia la edición de libros, "libros objeto", eso sí, porque no creen que sus historias sirvan para el soporte digital.

En un momento de "superproducción de títulos", La Cúpula trabaja con tiradas limitadas y si sus mayores superventas en todos estos años han sido el "Peter Punk" de Max o más recientemente "Croqueta y empanadilla", de Ana Oncina, con 25.000 libros vendidos, cuando uno de sus títulos supera los 4.000 ejemplares se dan por satisfechos.

"Pero no estamos aquí por dinero", zanja el director, satisfecho de la relación directa que mantiene tanto con sus autores como con los lectores, para lo que no duda en viajar a cada evento para ponerse detrás del mostrador: "El orgullo que sientes cuando alguien te dice que le ha gustado ese libro no tiene precio".

Sergio Andreu.