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La Capilla Cornaro de Roma, considerada por Gian Lorenzo Bernini su obra maestra y famosa por albergar el célebre "Éxtasis de Santa Teresa", muestra desde este jueves los colores y la luz originales ideados por el maestro del Barroco, tras una "restauración compleja" que ha durado siete meses.

La rotura de uno de los vidrios de la linterna sobre el grupo escultórico central por una tormenta en 2017 provocó la intervención inmediata de los expertos, que se percataron de que las condiciones de conservación de la parte superior eran "mucho peores de lo que se veía desde abajo", explicó Mariella Nuzzo, directora científica del proyecto presentado hoy.

Se procedió entonces a la restauración, limpieza y control integrales de la capilla, para Bernini (1598-1680) su "men cattiva opera", es decir, la mejor.

UNA REPRESENTACIÓN TEATRAL

Es fácil que el "Éxtasis de Santa Teresa", el grupo escultórico central tallado en mármol de Carrara, capte toda la atención del visitante, pero la Capilla Cornaro debe valorarse "de manera unitaria", como la concibió Bernini, defiende Nuzzo.

El gran genio italiano realizó esta obra a mediados del siglo XVII para el cardenal veneciano Federico Cornaro. Por esto, además de los pasajes religiosos, representó a personajes de su poderosa familia conversando entre ellos como si estuvieran comentando una escena teatral.

El grupo escultórico central, el "escenario" de este teatro imaginario, muestra a la santa de Ávila en el momento de la transverberación, cuando vivió la experiencia mística en la cual la flecha de los ángeles, cargada de amor divino, le atravesó el corazón, como relató en el "Libro de la Vida" (1588).

"Teresa ardía de amor por Dios. Esta es su aventura y su relación con Dios", explica el padre Angelo, párroco carmelita de la iglesia romana de Santa María de la Victoria, donde se encuentra la capilla, que pone la atención sobre los pliegues del hábito de la monja, torcidos por "la llama que se enciende y se eleva hasta el rostro que goza de pasión".

EL "BEL COMPOSTO"

La Capilla Cornaro es el ejemplo paradigmático barroco del "bel composto", una conjunción perfecta de arquitectura, escultura, pintura y decoración.

La obra maestra, en la que Bernini se rodeó de sus mejores ayudantes, como el pintor Guidobaldo Abbatini, combina además todo tipo de materiales, como las hojas de oro que representan en la parte superior algunos episodios de la vida de Santa Teresa de Jesús.

La restauración, que ha costado 100.000 euros a la Superintendencia Especial de Roma para la Arqueología, el Arte y el Paisaje y que se ha realizado en apenas siete meses, permite apreciar de nuevo en todo su esplendor estas imágenes.

La Capilla había sido restaurada previamente por partes, pero es la primera vez -al menos desde que se tiene constancia- que se lleva a cabo una intervención completa.

LA LUZ Y LOS COLORES

Los estudios y análisis previos a la restauración demostraron que la pieza de la linterna rota en 2017, a través de la cual la luz natural alumbra el "Éxtasis de Santa Teresa", "no era el vidrio de Bernini", sino que correspondía a 1915, cuenta Nuzzo.

Gracias a la consulta de las fuentes de la época, se comprendió que el vidrio de la linterna debía ser amarillo, para otorgar al grupo escultórico una "luz cálida, dorada, con un efecto reflectante pero también suave para resaltar los niveles del mármol".

Sin focos ni añadidos, la luz que entra a la Capilla Cornaro ilumina ahora el tabernáculo del "Éxtasis de Santa Teresa" tal y como la imaginó Bernini, proyectada con mayor intensidad a primera hora de la tarde.

En pleno centro de Roma, a pocos minutos andando de la estación central de Termini o del Palacio del Quirinal, la iglesia de Santa María de la Victoria se enfrenta a uno de los grandes problemas conservativos de la ciudad: la contaminación atmosférica.

Con un semáforo a sus pies y situada en una esquina en la que hay tráfico a todas horas, Nuzzo es partidaria de las "intervenciones de manutención" periódicas para evitar que en el futuro se tengan que producir restauraciones apresuradas.

Por Mercedes Ortuño Lizarán