EFEValencia

La versión teatralizada del Réquiem de Mozart, con el que el Palau de les Arts de Valencia ha iniciado este jueves la temporada 2021-2022, ha dado una vuelta de tuerca a la misa de difuntos.

Convertida, con el magnetismo y el sello personal de Romeo Castellucci como responsable del montaje, en una rememoración de lo vivido, pero poniendo el acento en la parte destructiva de la acción humana que, a través de los siglos, ha hecho desaparecer los principales hitos sociales y culturales.

Con una plástica que combina rasgos rompedores con reminiscencias a los comportamientos básicos del hombre (la danza colectiva como forma de celebración ritual), Castellucci, como responsable de la dirección escénica, de la escenografía, del vestuario y de la iluminación, nos ofrece una particular lectura del monumental Réquiem mozartiano.

En su particular visión, cada uno de los pasajes va ilustrando la progresiva destrucción de la humanidad, capaz de reponerse siempre en el último minuto de descuento aunque sea en condiciones cada vez más desfavorables.

A la estética innovadora hay que sumar la fuerza y belleza de la música de Mozart, la prodigiosa actuación del Coro de la Generalitat y la sensibilidad de la Orquestra de la Comunidad Valenciana, dirigida con maestría por su nuevo titular, el neoyorquino James Gaffigan, que debutaba con esta obra en el Palau de les Arts, hasta conseguir un éxito redondo en una nueva singladura en la que todavía están presentes las restricciones por la pandemia de la covid-19.

En esta cosmovisión de la evolución de la humanidad diseñada por Castellucci, cada parte de la misa de difuntos (el réquiem-kyrie, Dies irae, Rex tremender, Confutatis, Lacrimosa, Domine Jesu, Santus, Benedictus y Agnus dei-lux aeterna) estuvo acompañada por una relación (al modo de un atlas enciclopédico) con los nombres de las grandes extinciones sufridas por la humanidad.

Desde la fauna, la flora, las civilizaciones y las ciudades desaparecidas, hasta las lenguas, las religiones, los grandes edificios y las obras de arte que han sucumbido impotentes al paso del tiempo. Y con un añadido descorazonador: dando por sentado la desaparición también del patrimonio material e inmaterial que todavía hoy conservamos en la actualidad, como la música o la política.

A la arrolladora intervención del Coro de la Generalitat, cuyos integrantes no solo cantaron con mascarilla por imperativo de salud pública sino que también danzaron en sus intervenciones, hay que sumar la brillantez de los cuatro solistas: la soprano rusa Elena Tsallagova, el mezzosoprano italiana Sara Mingardo, el tenor alemán Sebastian Kohlhepp y el bajo argentino Nahuel di Pierro.

Los quince pasajes del Réquiem están complementados con otras siete piezas también de Mozart y otras dos de autor anónimo que arropan ese tránsito a una nueva vida, entre ellas Ne pulvis et cinis y la antífona In paradisum, cantadas por el niño Juan José Visquert, de la Escolanía de la Virgen de los Desamparados, que conmovió al público con la belleza tímbrica de su voz.

Desde la humilde y lúgubre habitación de una mujer que vive sus últimos momentos, con la que se inicia la obra, tanto la ambientación como el vestuario van abandonando, pasaje a pasaje, los tonos sombríos para pasar a otros más luminosos y coloristas, con el coro y figurantes interpretando pasos básicos de danzas comunes en la mayor parte de las culturas (en círculo o dando patadas), con una especial referencia a las tradicionales danzas de la festividad Corpus valenciano, como la de las cintas o la de la Moma.

A destacar la desnudez de la hombres primitivos en el ritual del fuego, las manchas de color que surgen al citar los edificios perdidos, el coche accidentado y la aureola dorada en la desaparición de las obras de arte y la irrupción de la parca con la consecuente vuelta final al tenebrismo coincidiendo con la destrucción de la humanidad tras convertir en residuos todo el bagaje cultural y patrimonial acumulado a lo largo de los tiempos.

Frente a la fatalidad, la esperanza de la vida nunca se pierde, como la inmortalidad de la música de Wolfang Amadeus Mozart. Joan Castelló