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La Agencia Efe difunde el artículo de Mario Benedetti "La urgencia y la postergación", que fue publicado en el diario uruguayo La Mañana el 20 de junio de 1961 bajo el título original de "Hay dos legítimos estilos de comunicación para el creador verdadero. La urgencia y la postergación".

Este es el undécimo artículo de Mario Benedetti que publica Efe, por cesión de la Fundación Benedetti, y al que seguirán otros, el segundo sábado de cada mes, hasta septiembre de 2020, en que se cumplirá el centenario del nacimiento del escritor uruguayo.

"La urgencia y la postergación"

Mario Benedetti

Es probable que el afán de comunicación esté en la raíz de todo arte. Hay artistas que quisieran llegar a todos los rincones del mundo y, como si eso fuera poco, también a todos los rincones del alma. Son los extraviados, los optimistas, los bulldozers del arte. Pero también hay artistas que se desinteresan de la comunicación, que dicen menospreciar la resonancia, que no pretenden dirigirse a un público. Son sencillamente, los hipócritas. Si no fueran, si verdaderamente fuese honesta su eliminación a priori de todo destinatario de su arte, no llegarían a darle forma, no trascenderían al plano mental, o el sentimental, o el intuitivo, y guardarían a puertas cerradas la gran metáfora de sus vidas. Aun el diario íntimo precisa un interlocutor. A veces ese interlocutor es Dios, o la persona amada, u otro imaginario, o -como en el caso de Cesare Pavese- un desdoblamiento de sí mismo. Pero cualquiera de esos cuatro expedientes convierte al interlocutor en un sucedáneo del público, en el otro cabo del contacto.

María Bashkirtseff comienza su Diario escribiendo realmente para sí misma, pero luego el lector nota una pérdida de espontaneidad, una progresiva rigidez; es que María ha empezado a hacerse trampa y ya es consciente de que está escribiendo para ser leída. Quizá el único caso de diario insobornablemente íntimo haya sido el del inglés Samuel Pepys, nacido en 1633 y muerto en 1703, que se inventó un sistema taquigráfico propio para que nadie pudiese penetrar en el cotidiano registro de su intimidad. Más de un siglo después de su muerte, el Reverendo John Smith encontró una página de Pepys, donde este relataba las aventuras del rey Carlos, escrita en su original taquigrafía y traducida luego a escritura corriente. De esa página, Smith dedujo la clave total y así pudo traducir el Diario, otorgando a su autor la imperecedera fama que él nunca buscó.

Hoy en día, sin embargo, la comunicación parece estar en crisis. "En tiempos de turbulencia y ansiedad, el lector tiene más derecho que nunca a su parte de evasión", ha escrito el inglés Ivor Brown. Cambiemos "lector" por "autor" y tendremos una pasable definición de buena parte del arte contemporáneo.

El poeta, el novelista, el pintor, el escultor, tratan de huir, fabricándose cada uno de ellos su propia taquigrafía artística, pero dejando (a diferencia de Pepys) la clave en el buzón del crítico, para que este pueda inaugurar una interpretación y convocar un público, por reducido que sea. Ayer mencioné a Ionesco, y hoy vuelve a resultar el caso más ilustrativo de estos falsos escapistas, ya que empezó burlándose de su público, hizo que este interpretara como símbolos lo que solo eran morisquetas, pero tuvo que darse por vencido y se resignó a tirarle un cabo al menospreciado espectador; un cabo que se llama Rinoceronte. Ahora el público bate palmas, asombrado de su propia lucidez, ya que al fin entendió al incomprensible Ionesco, pero no se da cuenta de que en esta ocasión se limitó a entender lo obvio.

Claridad de lo claro

La confusión proviene de que hay un público confundido. Para el espectador corriente, para el corriente visitante de las exposiciones, el genio y el disparate tienen un envase bastante similar. No obstante, por debajo de la superficie hermética, el verdadero artista tiene algo que comunicar; el disparateador, no tiene nada.

En estas relaciones entre creador y público, suele originarse a veces un malentendido, que lleva a considerar como sinónimos la comunicación y la facilidad. En el "Dictionnaire des idées reçues" (+), de Flaubert, podría haber figurado la siguiente definición: "Arte verdadero: el que puede entenderse a primera vista". Variantes de esta hipotética definición pueden ser escuchadas en los salones de exposiciones, junto a los mostradores de librerías, en el intervalo de los conciertos. Sin embargo, ni lo fácil es garantía de talento, ni lo hermético es aval de ineptitud. Un texto presuntamente literario puede ser fácil de comprender, y, pese a esa virtud, no comunicar absolutamente nada.

Lloyd Frankenberg preguntaba con envidiable puntería: "¿Cuánta claridad hay en lo claro?", pero algunos párrafos antes ya lo había contestado: "Por admisible que sea, esta clase de claridad tiene sus limitaciones.

Es una limitación. Como norma literaria deja algo que desear. De otro modo los horarios y las guías de teléfonos serían nuestras más elevadas formas de expresión". Evidentemente, no hay nada más fácil de captar que la reproducción exacta de la realidad, pero sucede que en ese caso no es arte, es solo copia de lo real; de ahí que pase a ser un producto híbrido. Si, por una parte, carece de la innegable fuerza de lo real, por otra, carece del poder que le otorga la recreación. Dentro de lo fácil, hay creadores comunicantes y huecos seudoartistas; pero también los hay en la actitud hermética.

Solo que esta última puede ocultar más largamente los falsos oficiantes. Lo esencial es siempre la actitud del creador. Hay quienes, por temperamento, buscan una urgente comunicación con su público; hay otros que, por pudor o por autoexigencia o por simple timidez, apuntan a la comunicación pero a la vez tienden a postergarla.

Son dos conceptos de arte y hasta dos cosmovisiones francamente dispares. Ambas son legítimas y respetables. La única actitud falsa e indigna de respeto es la de quien enuncia: "Escribo para que nadie me lea; pinto para que nadie me vea; compongo, para que nadie me escuche".

Ese menosprecio no revela nunca una vocación de creador; ni siquiera una vocación de anacoreta, ya que este se limita a poblar su elegida soledad con un interlocutor de fuste, denominado Dios.

(+) En cursiva en el original.