EFEBeirut

Dos amantes cubiertos con la bandera del Líbano y besándose inspirados en la obra más famosa de Magritte. La fotografía corona el centro de las protestas y fue tomada por el libanés Omar Sfeir, que afirma que gracias a la revolución en el país ya no tienen más miedo a expresarse.

"En el momento de la revolución nadie puede parar lo que yo quiero decir. Es el momento de expresarme sin miedo, sin restricciones. Es lo bonito de la revolución que ha permitido convertir al centro en algo expresivo, brillante", asegura a Efe desde su espacio artístico en Beirut.

Sfeir es uno de los once artistas que expone en un edificio, llamado popularmente "el huevo", que fue abandonado durante la guerra civil en el Líbano, en 1975, y se ha convertido ahora en unos de los núcleos de las protestas más grandes desde 2005, cuando la llamada "revolución del cedro" forzó la salida de las tropas sirias del país.

RECLAMAR EL ESPACIO PÚBLICO DE LA GUERRA

"El pasado y presente se besan uno al otro" en la revolución libanesa, clama Sfeir sonriendo aludiendo a su fotografía, que se ha difundido en las redes y está siendo usada por los movimientos populares que participan en estas protestas sin un liderazgo.

En el centro de Beirut se levantan dos edificios que no han sido terminados. Son dos de los símbolos de la capital: El Gran Teatro y el "huevo", ambos considerados reliquias de la guerra civil que asoló el país.

"Esos dos edificios, monumentos, estaban escondidos, cerrados, no teníamos acceso a ellos, no sabíamos cómo eran hasta que se abrieron sus puertas", cuenta Sfeir.

"En la revolución se están usando esos espacios para expresarnos y comunicarnos", subraya.

El Gran Teatro, situado junto a la sede del primer ministro, ha sido cerrado después de que en las primeras semanas los manifestantes se agolparan en el interior de un edificio sin terminar.

En el "huevo", sin embargo, la gente continúa entrando y desde el comienzo de las protestas proyectan películas en la sala inacabada.

Alrededor de esos simbólicos edificios, las pintadas con la palabra revolución reinan en los muros que mantienen las cicatrices de la guerra que impuso un sistema confesional y que ahora los libaneses llaman para que se elimine.

BELLEZA Y LIBERTAD

En las protestas, que este domingo cumplen un mes contra el Gobierno y la corrupción que han llevado al país al colapso económico, hay "mucha belleza, ira, miedo y felicidad. Como artista, ha sido muy difícil proyectarlo", dice.

Por ello, eligió esa fotografía de los amantes como símbolo de la unión entre los libaneses, un país en el que desde el fin de la guerra en 1990 la tensión se palpa en cada barrio dominado por una de las 18 comunidades religiosas reconocidas en el país mediterráneo.

"El género, la religión, la sexualidad son irrelevantes en los tiempos de la revolución (...) Estamos evolucionando hacia una manera de pensar en la que no se nos incluya en categorías", arguye Sfeir, que lleva cinco años trabajando en diferentes proyectos cinematográficos que no han sido "aceptados" por ciertos sectores conservadores de la sociedad.

"Antes vivíamos en una depresión general, con miedo... ahora, si no hay un gran cambio, al menos sabemos que el problema no somos nosotros, los libaneses, ni nuestros vecinos. Estamos atrapados en una situación política que nos ha sofocado y ya sabemos a quién culpar", indica.

Por presión de las protestas, el primer ministro, Saad Hariri, anunció su dimisión, aunque todavía el presidente Michel Aoun no ha comenzado las consultas parlamentarias para nombrar a su sucesor, en un momento en el que los bancos siguen cerrados debilitando aún más la maltrecha economía.

Malak Mroueh es otra artista libanesa que pertenece al plantel de aquellos seleccionados para exponer en el "huevo".

Su imagen es muy diferente. Fue golpeada durante las dos primeras semanas de protestas y volvió a su casa para tomar una foto de su moretón con su teléfono móvil "para guardar la huella" y la subió a su perfil en las redes sociales.

"Porque la revolución no es solo fuerza sino vulnerabilidad que nos hace ser humanos resistentes", señala la joven, de 26 años.

Ahora, "el artista se puede sentir más libre para crear, especialmente para aquellos que estamos sintiendo que esta ciudad y nación nos pertenece".

Junto a su imagen, hay colgada una carta escrita por ella tras tomar la fotografía: "Siento que mi cuerpo ha sido un escudo humano para los hombres. Finalmente, estas contusiones se curarán .Y estaré en la calle de nuevo. Luchando por nuestro derecho a existir. Seguiremos teniendo esperanza".

Isaac J. Martín