EFEAlhaurín de la Torre (Málaga)

El cantautor Manolo García, al que España acompañó siendo “el último de la fila”, muestra su faceta artística más íntima, la pictórica, y asegura en una entrevista a EFE que “su pretensión no es perdurar o pasar a los libros de la historia del arte, sino pintar para ser feliz”.

El barcelonés, que lleva dos años sin subirse a un escenario, confiesa que este periodo le ha servido para “recomponerse” y volver a tener ganas de actuar frente al público, así como para desarrollar su pasión por la pintura, una afición que no puede faltar en su día a día y que representa un “alimento” para su alma.

Trae a Andalucía, concretamente a Alhaurín de la Torre (Málaga), su exposición “Cuerpos celestes”, compuesta por 60 obras pictóricas, escultóricas y dibujos del artista, inspirado por la ingente cantidad de información visual y sonora que los humanos recibimos “desde la cuna”.

“Ahora estamos en un límite de información hasta casi peligroso”, comenta el cantante, que insiste en que, por ello, es “imposible” no inspirarse. Afirma que el humano está “sobrepasado” de motivaciones y de “contestar whatsapps”, pero él prefiere pintar para hacer que otra persona se olvide de tantos estímulos informativos.

DETENER EL TIEMPO MEDIANTE LA PINTURA

Manipular el tiempo: ese es el objetivo en su doble vertiente de cantante y de pintor. Mientras el músico es capaz de “hacer bailar el tiempo”, el pintor puede hacer que se detenga este para el espectador. Para el propio creador, la pintura es “una manera de levitar” y de evitar “caer a plomo ante estupideces que nos tienen encadenados”.

Para el artista, su incursión en la música ha hecho que no desplegara una carrera como pintor, pero no se arrepiente de nada y asevera que ha “obrado con sinceridad” y seguido su “instinto animal” e insta a la sociedad a hacerle caso al corazón y seguir menos a la cabeza.

“Yo he puesto la energía en intentar tirar adelante una carrera musical y la energía no se puede desdoblar”, confiesa a Efe García sobre su incursión en la música y el no apostar más por la pintura, a pesar de que era su pasión desde que tenía 14 años, cuando le pidió a su madre que le comprara su primer caballete.

A pesar de su filosofía de concentrase en una cosa por encima de la otra, el cantautor afirma que la música y la pintura son disciplinas que se pueden llevar al unísono. Para él, la pintura “son momentos de hotel y de casa”, “siempre con tranquilidad”, pero “con la maleta preparada” para llevar a cabo su expresión musical.

MÁS DE 1.000 OBRAS PINTANDO AL RALENTÍ

El exintegrante de “El último de la fila”, “Los rápidos” o “Los burros” y ahora cantante en solitario asegura que durante muchos años ha pintado “al ralentí”, pero en los últimos le ha puesto “una marcha más” y no para de pintar, llegando a crear más de 1.000 obras, acuarelas y dibujos.

La pandemia y el consecuente parón de los espectáculos ha sido un “palo muy fuerte” para los músicos, según dice. Asegura que echa de menos volver, pero no es “un enfermo del escenario” y puede “vivir sin el aplauso” del público, lo que define como “un momento de vanidad”. Confiesa serlo, pero, afirma, lo es “sanamente”.

Manolo García tiene cuerda para rato. “Mientras no me echen, mi plan será seguir, si me dejan”, insiste el artista, que afirma que “la palabra la tiene el público” y “en el momento en el que note que su obra ya no interesa” se despedirá con un “Señores, ha sido un placer y hasta luego, Lucas”.

“Mientras yo note que aporto algo seguiré aquí”, relata el compositor barcelonés, que señala que no tiene la pretensión de tocar en grandes conciertos. “Con un par de músicos más, tres guitarras y tocar en lugares pequeños ya soy feliz. Empecé así y puedo acabar así”, se sincera.

No concibe la vida sin pintar, igual que no la concibe sin ver museos o disfrutar de pintores, asegura el artista cuya obra estará expuesta en la localidad malagueña desde este viernes 3 de diciembre hasta el 30 de enero de 2022. “No me verás mucho en bares de copas, me verás mirando cuadros flipando en colores”, finaliza.

Por Daniel Luque