EFESan Sebastián

Antonio Méndez Esparza estuvo a punto de convencer al Zinemaldia en 2017 de que su filme "La vida y nada más" era fruto de la suerte de encontrar unos protagonistas que valían su peso en oro; hoy, el madrileño ha presentado su documental "Courtroom 3H" y ha quedado claro que las casualidades no existen.

"No hacemos las películas tan preparados; es al hacerla cuando se nos muestra el camino (...) Creo en el cine como una forma de descubrir, no como una manera mía de contar ni sé muy bien el qué. Quiero descubrir: así es como me enfrento al cine, de un modo un poco inconsciente", ha declarado el realizador en una rueda de prensa.

El encuentro en el Kursaal se producía minutos después de que su película, su primer documental, fuera despedido por el público donostiarra con un largo aplauso.

Aquella película -"La vida y nada más", que ganó para España el primer Premio John Cassavetes de los Independent Spirit Awards-, fue el embrión de esta "Courtroom 3H", que llegará este mismo viernes a las salas españolas.

"Es una continuación -explica Méndez Esparza-, después de hacerla fue pasando el tiempo y pensé que había sido 'un truco narrativo', que no había sido muy honesto, que había limitado un poco el retrato de aquellas familias desestructuradas".

Así llegó al convencimiento de que quería hacer ficción "sin que fuera ficción", y eso le llevó al documental.

La peripecia de cómo lo consiguió, a pesar de que el director sigue intentando que creamos que todo sucede a su paso, la cuenta el productor Pedro Hernández Santos:

"Antonio hizo un trabajo detrás impresionante", dice. Para rodar las vistas se acogió a la Primera Enmienda, que es la que garantiza la libertad de expresión, y el juez autorizó después el uso del material con restricciones; protección de imágenes -de menores, de padres que no querían aparecer- que Esparza acaba convirtiendo en herramienta narrativa que refuerza aún más el relato.

Pero rodar juicios ya era otra cosa. "En los juicios apelamos al interés general", explica el director, y lograron que primase el derecho a la transparencia sobre las cuestiones privadas.

"Al final, hubo una audiencia para juzgar si este documental se podía exhibir", resume el productor, que temió hasta el último minuto "el bofetón" que podían darse.

El resultado es que, esta vez, este profesor de cine afincado en esa misma localidad de Florida, Tallahasee, ha convertido en un emocionante relato de cine judicial todos estos casos reales de un puñado de familias desestructuradas que acudieron al Tribunal de Familia Unificado de su pueblo, una corte única en EEUU, especializada en casos con menores implicados.

Los casos que allí ve el juez son siempre por acusaciones de abuso, abandono o negligencia; pero su objetivo no es penar, sino intentar reunificar a las familias lo antes posible y del modo más seguro.

Méndez Esparza puso dos cámaras en la sala y rodó nada menos que 300 vistas; de hecho, él hubiera querido poner solo una por aseptizar al máximo los relatos, pero al final, cuenta, tener esas 180 horas de grabaciones fue lo que le salvó la película.

Sin narrador, contada solo con magnéticos primeros planos de padres y madres que intentan recuperar la custodia de sus hijos y demostrar que están "limpios" o que han cambiado, el único hilo conductor son "las emociones".

"El vínculo era el emocional, que siempre saliera a relucir la relación paterno-filial en todas sus variantes, que estuviera presente; los que no eran evidentes los fuimos eliminando: era el requisito que requeríamos", detalla.

Emociones que sorprenden, sobre todo al final -asegura que el caso llegó por sorpresa y fue el último juicio que se rodó-, no solo por la implicación de los abogados de oficio, de las letradas del estado que defienden el interés de los menores y de las asistentes sociales que conocen cada detalle de los casos.

También por la intensidad de las escenas. "Hasta en cosas que parecía que no tenían tensión, estaba por debajo, había conflicto", indica.

Por no hablar del juez, cuya sensatez y empatía provoca la adhesión inquebrantable a su figura.

"No quería hacer un anuncio del juez", dice Esparza. "Él es consciente de lo difícil de su trabajo y de las decisiones que tiene que tomar, que no son siempre claras".

"A veces pienso que el futuro de la justicia son los robots, pero después de hacer esta película ya no creo que la justicia deba ser objetiva. Hoy -afirma Méndez Esparza- creo que debe ser un poco subjetiva, es lo que yo muestro, que el juez es una persona que se puede equivocar".

Aun así, señala que ha intentado ser "muy objetivo y retratar lo que nos hemos encontrado".

"Lo que uno quiere al final es que la peli valga la pena", resume.