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La del afamado director de orquesta Pablo Heras-Casado ha sido una carrera de sacrificios, pero también de celebración de la música, por lo que en su primer libro convierte su biografía en el hilo para desentrañar la magia intensa de este arte y responder a la pregunta: "Y todo eso, ¿para qué?".

Fue la cuestión que le espetó un taxista que lo recogió una noche lluviosa en Nueva York y el granadino la convirtió en el motor de su debut como escritor, "un reto bonito" que no debe confundirse con unas memorias ("no soy quién para ello ni estoy al final de mi vida artística", precisa) y que concluye bajo la tesis de que "la música no salva vidas, pero salva espíritus".

"Estoy convencido de que la música, el arte en general, se ha encargado a lo largo de toda la historia de la humanidad de dar respuesta a lo que sentimos y a quiénes somos. Antes de hablar, sentimos la necesidad de expresarnos con ritmos y sonidos", destaca en una charla con Efe Heras-Casado (Granada, 1977).

En "A prueba de orquesta" (Espasa), título prestado de la metáfora que Federico Fellini presentó en su película "Ensayo de orquesta" (1979), el "más internacional de los directores españoles de nuestro tiempo" intenta por ejemplo hacer más comprensible en qué consiste su trabajo.

"Hay que hacer de médium entre el compositor y quien le va a poner voz, tomando muchas decisiones a partir de un conocimiento profundo de la obra y del autor", explica Heras-Casado, "solo un canal conductor a partir de la partitura, que es la que lo genera todo".

Para él, que no entiende "la música sin riesgo", eso se ha traducido a veces en enfoques osados, como cuando el pasado verano dirigió una producción de "Carmen" de Bizet en el Festival Aix-en-Provence, "el mejor festival lírico francés y con la mejor orquesta francesa".

"Allí no se hacía desde hacía 56 años, así que estaba muy en el foco, pero opté por empezar de cero con esa partitura que está en la memoria colectiva de todo el mundo a través de muchas decisiones que siempre se habían asumido así", cuenta.

A sus 41 años, Heras-Casado se ha puesto al frente de orquestas de muchos de los grandes templos de la música, de la Filarmónica de Berlín o Viena al Metropolitan de Nueva York y el Hollywood Bowl de Los Ángeles, y en ninguno se ha puesto nervioso al tomar la batuta entre sus manos, asegura.

No será porque no haya habido imponderables, como cuando perdió una lentilla justo antes de empezar el concierto de su estreno en el Teatro Real de Madrid, anécdota que rememora en su obra, entre otras, como su participación en el concurso de televisión "La ruleta de la fortuna".

"Debe estar grabada en alguna cinta VHS perdida por casa. Gané un televisor y un equipo de música o un vídeo, cosas que vendí a un amigo para costearme un curso de dirección en Viena", rememora sobre una faceta para la que siempre tuvo cierta "inclinación".

Recuerda que, cuando empezó a recibir clases de piano a los 8 años, no tenía una "facilidad innata para el instrumento", pero sí curiosidad, lo que le llevó a participar en diversas corales en su Granada natal y a leer cuantos libros caían en su poder.

"Para aprender música es fundamental la constancia y la pasión, esto es, mucha disciplina, pero no olvidar nunca en ese proceso cuál es el objetivo: que la música te llene y sea un medio de expresión muy importante. Constancia y pasión han sido las claves de mi carrera", subraya.

En ese sentido, reconoce que le dedicó tantas horas a la música que hubo muchas cosas que dejó de hacer, al menos con la misma frecuencia que cualquier otro chaval de 17 años de su época.

Visto el resultado, ¿le recomendaría a su hijo tomar ese mismo camino? "Claro que sí, porque me considero un privilegiado que ha vivido por un impulso vital. Siempre he buscado aprender y vivir todo lo que podía, pero con la música han sido muchas cosas más. No he renunciado a nada y a mi hijo le diría que no se pierda nada de la vida, incluido esto", concluye.

Por Javier Herrero