EFEValladolid

Desde la genialidad de sus mundos imaginarios y universos personales, Pablo Picasso, Joan Miró y Salvador Dalí elevaron el arte del grabado, tradicionalmente subsidiario de la pintura, a cotas de excelsitud como demuestra una exposición inaugurada hoy en Valladolid con un centenar de obras.

Si Picasso rompió con la utilización de varias planchas para aplicar el color, Miró humedecía el papel en gasolina para imprimir una mayor vivacidad al cromatismo y Dalí empleaba gubias con puntas de diamante y rubíes para alcanzar una mayor perfección en el detalle, según se aprecia en "Grabados de un siglo", lema de la exposición.

Los tres "fueron grandes genios, innovaron en la técnica y se consagraron en esta especialidad en torno a los veinte años de edad", ha explicado en una rueda de prensa Mercedes Rodríguez, coordinadora de este fondo compuesto por unos 120 grabados que puede verse en Valladolid (Museo de la Pasión) hasta el 15 de julio.

Picasso (1871-1973) comparece con 45 linoleos centrados en la tauromaquia y su conexión con el clasicismo mediante su personal interpretación del mito del minotauro, principalmente vinculada al erotismo, así como con diez litografías de la serie Le Gout du Bionheur (1964).

Bacanales con toros negros, sátiros en danza delante de minotauros, picadores seduciendo a féminas con guitarras y diferentes suertes del arte de la tauromaquia componen este homenaje al ancestral rito que enfrenta al hombre y al toro bravo, y del que Picasso se sintió siempre atraído, según la comisaria.

A finales de 1971, desde Roma y en sus últimos años de exilio, el poeta Rafael Alberti se postuló ante Joan Miró (1893-1983) para unir su nombre al del genial pintor, escultor, grabador y dibujante a través de un poema ilustrado que desembocó en la conocida serie titulada "Maravillas con variaciones acrósticas en el jardín de Miró" (1975).

En las veinte litografías que se muestran, la serie completa, Miró convirtió el verso albertiano en un jardín imaginario repleto de flores, acacias o rosas, y poblada de insectos como mariposas y grillos y hormigas, recurrentes en el imaginario mironiano e impulsado por unos versos inspirados en la vida del pintor y su esposa.

La tercera etapa de este viaje sintético por la historia del grabado español durante el siglo XX concluye en Salvador Dalí (1904-1989), dueño de una biografía en la que el personaje "a veces se comía al artista", y que recala en Valladolid con dos series clásicas de grabado, una dedicada al drama "La vida es sueño", de Pedro Calderón de la Barca, y otra al Fausto, de Goethe.

La del autor del Siglo de Oro responde, en opinión de la comisaria, a la adaptación que hizo Dalí de un episodio personal como fue la muerte de su hermano y que visualiza a través del "inmenso dolor y sufrimiento" del protagonista de la serie, Segismundo, también del drama de Calderón.

En la serie de Fausto, Dalí se centra en el personaje de Margarita, que aprovecha para verter su personal visión del universo femenino, "su manera de ver a la mujer, envuelta en un halo que no puedes penetrar", muy similar a la que proyectó con Gala, su musa y esposa.