EFEParís

Camille Pissarro, el primer impresionista, el primero también en reconocer el talento de jóvenes colegas como Cezanne y Gauguin, lejos aún de ser tan conocido como ellos, o como su viejo amigo Monet, protagoniza esta temporada dos grandes monográficas en los museos de Luxemburgo y Marmottan de París.

Ambas muestras tienen un enfoque complementario y rinden así al pintor francodanés, nacido en 1830 en la isla caribeña de Santo Tomas (actuales Islas Vírgenes estadounidenses), algo más que un celebrado homenaje en la capital del Sena, donde no era objeto de una retrospectiva desde hace 35 años.

La crítica recomienda seguir cierto orden para disfrutarlas mejor y empezar por el Marmottan Monet, que hasta el 16 de julio resume sus principales etapas pictóricas y vitales en 60 obras maestras prestadas por grandes museos y colecciones públicas y privadas.

Entre ellos figura la National Gallery de Washington (EEUU), la Tate de Londres o el Thyssen-Bornemisza, museo madrileño que cedió una de las ocho piezas inéditas en Francia: "La Route de Versailles, Louveciennes, soleil d'hiver et neige", pintada hacia 1870.

Época en la que el escritor Émile Zola, incondicional de Pissarro, le definía como "uno de los tres o cuatro mejores pintores de su tiempo".

La exhibición aspira a bordar un nuevo retrato del artista, desde su debut caribeño y el descubrimiento adolescente de sus capacidades, en su primera estancia en París, que le llevó pronto a Venezuela; hasta sus paisajes, escenas campestres, con animales, y sus grandes series urbanas y portuarias de París, Rouen o Le Havre.

El fondo mexicano Pérez Simon brindó al Marmottan "Vue de Bazincourt, temps clair" (1884) y "Les Grands Hêtres à Varengeville" (hacia 1899), óleo expuesto a la entrada de la muestra en este museo dedicado a Claude Monet, Berthe Morisot y los impresionistas.

Hasta el 9 de julio, el placer Pisarro se completa en el Luxemburgo con un centenar de cuadros, dibujos, estampas y grabados creados durante sus dos últimas, prolíficas y poco estudiadas décadas, desde que se instaló en Éragny, a cuarenta kilómetros al noroeste de París, con su esposa Julie y sus hijos.

Las vistas y su módico alquiler -en 1884 Pissarro seguía sin poder permitirse mucho más- hicieron que eligiese allí una "maisonnette" (casita) dotada de un jardín y una utilísima huerta que tanto amó pintar y ahora al público contemplar.

"Solo estoy contento cuando estoy en Éragny, cerca de todos vosotros, tranquilo y soñando la obra", escribía en uno de sus viajes, en enero de 1886, a su hijo Lucien, añorando esa morada que pudo comprar en 1892 gracias a un préstamo de Monet.

Escrita en una de las salas, esa frase subraya la pasión que sentía Pissarro por la naturaleza y por su familia, junto a la que puede vérsele en el Luxemburgo retratado en varias instantáneas.

Por ella, por el arte y sin duda también por su ideología anarquista, este hijo de un próspero comerciante de quincallería de origen sefardita francoportugués y dominicano, arriesgó la herencia que le correspondía yéndose a Venezuela en 1852 con su profesor de pintura.

Al final prefirió perderla sin remisión, pero unir su vida a la de Julie, cristiana e hija de viticultores franceses a quien conoció en 1860, cuando entró al servicio de sus padres, y con quien compartió su existencia hasta su muerte, en 1903.

Su biznieto, Joachim Pissarro, y otro gran especialista en su obra, Richard Brettell, son los comisarios de esta segunda exhibición para la que, según comentaron a los medios, tuvieron que hacer "un verdadero trabajo de detectives", dada su enorme dispersión por el mundo.