EFEMadrid

El periodista italiano Roberto Saviano lleva casi 16 años viviendo con escolta, sin saber lo que es la libertad, y para contar lo que ha vivido, y vive, este "campeón mundial del confinamiento" propone el cómic "Todavía estoy vivo", una suerte de biografía de alguien que no sabe si sabrá ser feliz.

En la habitación en la que Saviano (Nápoles, 1979) ofrece la entrevista a Efe hay una estantería en la que además de muchos libros hay una ilustración de su rostro sin ninguna facción, una figura de San Genaro y unos guantes de boxeo. Quizá no sea significativo, pero todo tiene un sentido que se comprueba en las páginas de "Todavía estoy vivo" (Reservoir Books), un cómic que ha hecho con el dibujante Asaf Hanuka.

Pregunta.- ¿Cómo está?

Respuesta.- No se suele responder con sinceridad a esta pregunta, tendemos a liquidarla con poca sinceridad, así que digamos que yo respondo con un: resisto.

P.- Entonces, ¿cuántas veces ha mentido cuando le han hecho esta pregunta?

R.- Casi siempre se miente, porque con una pregunta como la de cómo estás se prevé una respuesta demasiado larga, no es una pregunta como la de si tienes hambre.

P.- ¿Podemos decir que "Todavía estoy vivo" es una respuesta a esa cuestión?

R.- Si, así es, es un intento de crear una línea sobre cómo he estado y cómo ha sido mi vida. Todo pasa muy velozmente y parece que todo lo que me ha pasado es una condición normal, está bien, ha sido así pero he querido con este cómic intentar hacer comprender al lector que todo lo que he pasado continua. Este cómic nace para romper ese hábito de creer que lo que me ha pasado es normal.

P.- ¿Y no es muy doloroso pensar que lo que te ha sucedido desde la publicación de "Gomorra" (2006) es normal?

R.- Si, exacto. Por un lado hay gente que piensa que yo tengo la culpa de esta vida, o que si de verdad hubiera querido morirme estaría muerto. La otra te recuerda que yo he elegido tener seguridad.

P.- ¿Y por qué abrirse en canal a través de la viñeta?

R.- Una autobiografía tiene un tono, un estilo, que no quería afrontar, quería dar a mi lector la visibilidad, la imagen de lo que he vivido, la claustrofobia, a través de imágenes su

P.- En el cómic usted parece querer desprenderse de Saviano y recuperar a Roberto.

R.- Me gustaría que así fuera, un intento de probar otra vida, es una manera de parar todo esto y probar a ver si hay otra calle para empezar una vida que se me ha parado.

P.- ¿Y qué es para usted una vida normal?

R.- Una vida sin protección, sin todo este ruido alrededor, probablemente dejando también esta batalla tan complicada que ha sido importante, aunque si hubiera sido una guerra posiblemente no hubiera ganado, era imposible vencer, pero era iluso porque creía que la iba a ganar.

Una de las cosas más difíciles de soportar es que se cree que yo soy el responsable de todo, me consideran como uno que ha exagerado, que yo he elegido esta situación. En la actualidad vivo con la seguridad, y con el gobierno soy siempre el adversario de la derecha comunista, que me considera un enemigo a abatir de cualquier manera, pero da igual quien gobierne. Esto es una cosa muy singular.

P.- El cómic arranca y finaliza junto a su hermano, ¿la familia ha sido una tabla de salvación?

R.- Digamos que mi hermano es la figura de mi famIlia,y pienso que han pagado un precio muy alto por mi elección sin haberlo pedido y sin haberlo acordado con ellos; yo he hecho mi elección y las consecuencias las han pagado también ellos. Mi hermano ha pagado las consecuencias estando junto a mi siempre.

P.- El juez Falcone y el escritor Salman Rushdie también aparecen en estas páginas ¿qué significan en su vida?

R.- Son muy importantes, porque Falcone es la figura que ha cambiado, con su capacidad de elección y análisis, el modo de afrontar el tema mafia en el mundo. Él no miró a las organizaciones criminales como una bola de la miseria sino como la vanguardia del crimen económico. Es un hombre que ha inspirado mi elección y mi manera de estudiar y comprender, pagó un precio altísimo.

Rushdie ha escrito los libros que quería, ha continuado, ha renunciado a la escolta, y no paro de recordar el consejo que me dio en Nueva York: sé prudente pero sin imprudencia, libérate. Pero yo no he conseguido liberarme (...) ahora no tengo sed de venganza.

P.- Veo que tiene en su estantería una ilustración de su cara sin facciones, sin pelo.

R.- La ilustración es una creación de una artista que ha visto cómo la forma de mi cabeza me identifica, he sufrido mucho por perder el pelo porque para mi es muy importante, quizá se ha banalizado el hecho de perder el pelo, que no es grave, pero yo lo he vivido fatal porque he sentido que he perdido la identidad. Ahora me dejo la barba larga para que me proteja.

El diseño es como si describiera lo esencial porque vivo mi cuerpo como una coraza, y en el cómic aparece, hay una escena en la que estoy con esta coraza y cuando uno me toca no siento que me está tocando. Yo soy una persona pública, pero soy lo que hay debajo de mi epidermis, fuera es otra cosa, es como si tuviera una armadura donde la único que no es de metal son los ojos.

P.- Y también hay una figura de San Genaro, el patrón de Nápoles.

R.- Yo no soy religioso, pero San Genaro es una figura muy importante para los napolitanos porque es único, es un santo que permite los errores, los pequeños pecados.

P.- Cuando nos tuvimos que confinar por culpa de la Covid-19 pudimos experimentar qué es el confinamiento obligado. ¿Que sintió usted?.

R.- Yo soy el campeón del mundo del confinamiento, cuando tu estás encerrado y la vida continuá tienes la sensación de que te estás perdiendo la vida, pero cuando estábamos confinados toda la vida estaba parada. Pero cuando estuvo parado para mi fue muy difícil. Cuando vives encerrado no vives mejor porque todo el mundo lo esté. No es verdad lo de mal de muchos consuelo de todos.

P.- ¿Sabrá usted ser feliz cuando toda su pesadilla se acabe?

R.- Es una pregunta complicada, la respuesta es que no sabré cómo hacerlo, aunque es verdad que no me puedo bombardear continuamente para encontrar una salida, aunque debo encontrarla.

Por Pilar Marrtín