EFEGijón

A finales del siglo XVIII, Cimadevilla, el barrio alto de Gijón, era un hervidero de mercaderes que traficaban con especies y esclavas de ultramar que llegaban a un puerto custodiado por una fortaleza con cañones de artillería, de la que aún se conservan algunos restos.

Aquel ambiente ha servido a la escritora asturiana Pilar Sánchez Vicente (Gijón, 1961) como escenario de su última novela, "La hija de las mareas", (Roca Editorial), que mañana jueves llega a las librerías y en la que da vida a Andrea Carbayo de Jovellanos, hija secreta del ilustrado Melchor Gaspar de Jovellanos, una mujer adelantada a su tiempo, feminista y revolucionaria.

En una entrevista con EFE, la autora ha explicado que quiso retratar la sociedad gijonesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX y mostrar los rincones del barrio de Cimadevilla, que descubrió durante los recorridos literarios en los que acompañó a los lectores de su novela "Mujeres errantes".

Allí está la punta del Bocador, que se adentra en el mar Cantábrico, con restos de lo que fue la fortaleza que protegía al puerto, al pie del cerro de Santa Catalina, el barrio de las clases bajas alejado de las casas señoriales.

"Me sentí fascinada al imaginar cómo sería la vida allí entonces pero me faltaba un personaje representativo y entonces descubrí a Jovellanos, con sus luces y sus sombras”, ha afirmado Sánchez Vicente.

La escritora hurgó en la historia de la familia de Jovellanos, en la que Gaspar Melchor era uno de los once hijos del matrimonio, y encontró material suficiente para un libro que podría llegar a ser "la gran novela de Gijón".

Jovellanos, el ilustrado, "tenía una sexualidad ambigua", sufrió el trauma del suicidio de su hermano Miguel y envió a su hermana a un convento en castigo por la relación que mantenía con un hombre que no era de su clase, un gaitero del que estaba perdidamente enamorada.

Sánchez Vicente ha dicho que "esa ambigüedad" de Jovellanos, a quien no se le conocieron amoríos ni descendencia, le hizo preguntarse qué pasaría si hubiera tenido un hijo, o mejor una hija, y entonces creó el personaje de Andrea Carbayo.

Fruto de la relación entre Jovellanos y Gloria Carbayo, conocida como "la encantadora", Andrea "la gabacha" tuvo una vida azarosa en distintas ciudades de Europa a las que llegó huyendo de la persecución de la inquisición.

Según la escritora, el personaje central "no podía ser otra cosa que una mujer adelantada a su tiempo, feminista y revolucionaria, una defensora de los derechos de las mujeres".

Su vida, desde su nacimiento en Oviedo hasta su regreso a España tras peregrinar por Europa huyendo del inquisidor, se cuenta a partir del hallazgo de un manuscrito 210 años después de la muerte de su padre.

Andrea asiste en primera línea al descubrimiento de avances en medicina en Oxford, participa activamente en la Revolución francesa y trabaja en una imprenta en París.

A su regreso a España, Jovellanos la reconoce como hija y mantiene una relación estrecha intercambiando opiniones políticas mientras dan largos paseos por la playa.

Esta no es una novela histórica, sino "una historia hecha novela", en la que la verdad de los hechos queda subordinada a las necesidades de un relato que "debe servir para reflexionar".

La obra aborda otros aspectos de la vida en aquellos años, como la forma de curar las enfermedades mediante mujeres sanadoras que hacían conjuros, o la gastronomía, con la elaboración de los "Salvadores de Pelayo", unas rosquillas de la época que se hacían con miel, leche, huevos, cacao y canela.

Según la autora, en aquella época los "Salvadores" que elaboraba el pastelero Pelayo en Oviedo daban fuerzas a los peregrinos que hacían el Camino de Santiago visitando también la catedral de la capital asturiana.

Juan González