EFEZaragoza

La historia de América Latina está "sembrada de caudillos", un pasado arcaico que ya no debería existir pero que persiste, incluso en el siglo XXI, lo que para el escritor nicaragüense Sergio Ramírez es "una bendición para la literatura", pero una "anormalidad de esperpento" como ciudadano.

"No podemos aceptar que el país (Nicaragua) esté condenado a repetir una y otra dictadura", ha concretado Ramírez, Premio Cervantes 2017, en un coloquio en las Cortes de Aragón centrado en "El escritor y la libertad de expresión" en el que ha participado el presidente de la Cámara, Javier Sada, el presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, Javier Fernández, y Yolanda Betrán, de Amnistía Internacional.

En su intervención, Ramírez ha asegurado que la imaginación se vincula necesariamente con la realidad que uno tiene frente a sus ojos y la suya, ha dicho, es "conflictiva" y "dramática", y a veces "mágica", por la "chispa" que da a la literatura la contradicción entre pasado y presente.

"Yo preferiría una realidad como la danesa o como la islandesa, donde la política tiene tanta normalidad que pasa desapercibida", ha subrayado Ramírez, porque en esos países las elecciones se convocan y la gente vota, ve los resultados por televisión y todo el mundo amanece tranquilo trabajando.

Mientras, ha añadido, en América Latina "son verdaderas conmociones", porque a veces no se sabe si lo resultados se van a respetar, hasta el punto de que hay candidatos que al estilo de Donald Trump se "curan en salud" y dicen que no lo harán sean cuales sean.

Y en su caso, ha confesado que no puede imaginar lo que sería ser un escritor sueco o danés, porque la literatura que a él le toca es la de un país en el que la democracia ha sido la excepción al nacer bajo el "reinado" de Anastasio Somoza García, fundador de una dinastía en cuyo derrocamiento, ya con el tercer y último miembro, participó en 1979, en una "gesta libertaria hermosa, ejemplar, llena de grandes ideales, de propuestas utópicas" y hoy permanece en el exilio por otra dictadura engendrada por esa revolución. "Si esto no hay que contarlo en una novela, ustedes me dicen que es lo que hay que contar", ha sugerido a los asistentes.

Por tanto, literatura y realidad están sólidamente unidas en su propia historia y en la de América Latina, ha proseguido Ramírez.

Según el escritor, la idea de la independencia en los países de América Latina surgió de los intelectuales con la ilustración europea y la independencia de Estados Unidos como asideros, un "gran sueño" reflejado en constituciones ejemplares, con libertades públicas, división de poderes y garantía de libertades ciudadanas, que contradecían la realidad, y esa contradicción entre lo que dice la ley y la realidad es lo que signa el siglo XIX en América Latina, se traspasa al XX y persiste a día de hoy.

En el caso de Nicaragua, su constitución no ha sido abolida, sigue hablando de libertades, de derechos ciudadanos y de división de poderes, cuando las cárceles "están llenas de prisiones políticos condenados por delitos extravagantes", como traición a la patria, conspiración para delinquir o lavado de dinero solo porque aspiraban a un cambio democrático y algunas se atrevieron a presentarse como candidatos a suceder a Daniel Ortega en la presidencia.

Pero la situación tendrá que cambiar porque Nicaragua, ha remarcado, está llamada a ser un país del concierto de naciones democrática, donde la voluntad popular se respete.

"No podemos aceptar que el país esté condenado a repetir una y otra dictadura" y quizá la clave está en que quien toma las armas por razones políticas para derrocar una dictadura engendra otra "igual o peor", porque los ideales se corrompen, como ocurre ahora.

En definitiva, ha argumentado, la clave del cambio en Nicaragua tendrá que ser de resistencia pacífica con una salida que no sea la "entronización" de un nuevo caudillo por la fuerza de las armas, un cambio que signifique la deposición de todo autoritarismo y el nacimiento de un gobierno de alternativa democrática en el que el voto popular determine quien tiene el poder en el país, de manera alternativa.

"Eso es a lo que todos aspiramos", ha dicho, él como escritor en el exilio, no como político, una vida que dejó atrás cuando fracasó el proyecto al que entregó su vida, la revolución de 1979, y que le hizo volver a la literatura, el "estrado" desde el que habla para tratar de darle voz a quienes no la tienen en su país y procurar que el caso de Nicaragua no sea olvidado.

"Tengo no sólo la esperanza, sino la certeza de que la situación en Nicaragua se va a resolver dentro de mi propia vida, que ya es bastante decir", ha concluido.