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Hablar de José Tomás es hacerlo de todo un número uno, un torero capaz de rozar la perfección. La misma que busca José Luis Martín Moro, prestigioso taxidermista, cuyos trabajos han traspasado fronteras, tanto que hasta jeques árabes poseen piezas disecadas de este artista salmantino.

"La taxidermia es el arte de dar aspecto de vida a un ser inerte, y para ello hay que ser minucioso y muy exigente con uno mismo. Hay que cuidar hasta el más mínimo detalle, sobre todo en la expresión, recuperar esa mirada que sobrecoja y te haga sentir que el animal está vivo de verdad", señala a Efe Martín Moro.

Ese sello de distinción, esa búsqueda de la excelencia a la hora de disecar todo tipo de animales, especialmente toros de lidia, le ha llevado a convertirse en taxidermista de cabecera de grandes toreros, aunque el más importante para él siempre será el Iván Fandiño, su verdadero descubridor, y con el que todavía se emociona al recordarle.

Enrique Ponce, Manzanares, Emilio de Justo, Octavio Chacón o el mismísimo José Tomás han contratado alguna vez sus servicios de para inmortalizar cabezas de toros cruciales en sus carreras, y que ya guardan como recuerdos de esa faena soñada, ese triunfo imborrable que un día alcanzaron.

Como el que consiguió el pasado día 22 en Madrid el peruano Andrés Roca Rey, que ya le ha encargado disecar las cabezas de los dos toros que lidió esa tarde, el que le hirió y al que desorejó después para abrir así su tercera Puerta Grande en la primera plaza del mundo.

Su manera de trabajar, reconoce, es "por encargo", es decir, son los propios compradores los que se ponen en contacto con él, conscientes del valor de su trabajo, que es desbordante cada temporada, y por el que tiene ya una lista de espera de en torno a "cinco y ocho meses".

"Es imposible calcular el volumen hasta final de año, pues además de toreros también me hacen encargos ganaderos, aficionados o personas ajenas a la tauromaquia, pero que ven en mi trabajo una obra de arte que desean también adquirir", asegura.

Como numerosos jeques árabes, ciudadanos del norte de Europa, de Asia, de Norteamérica o países latinos. No hay punto de la geografía que no se le resista a este taxidermista, que, además de la tauromaquia, también trabaja la cinegética a nivel internacional.

"Es increíble que desde los Emiratos Árabes se interesen por un toro de lidia y muestren una gran inquietud por nuestra cultura. También me sorprendió la llamada de una persona desde Noruega, otra desde Pekín. A todas las atiendo por igual y me implico tanto que hasta suelo viajar a hacer la entrega en persona", desvela.

Precisamente, su implicación con el trabajo es otro de sus sellos de distinción. La barbaridad de horas diarias que emplea y la cantidad de kilómetros que recorre para estar presentes en las principales ferias como Castellón, Valencia, Madrid, Sevilla, Pamplona o Bilbao.

"Ahora en San Isidro, por ejemplo, a las diez de la mañana ya estoy en los corrales. Allí contacto con ganaderos, apoderados y aficionados, siempre por ese orden. Luego por la tarde voy a la corrida, estoy pendiente de todo y finalmente me adentro en el desolladero para contemplar las piezas y empezar casi a trabajar 'in situ' sobre ellas", afirma.

El siguiente paso es marchar directamente a su taller, en Ciudad Rodrigo (Salamanca), donde se encierra horas y horas para lograr esa perfección en la que tanto insiste a través de varios procesos.

"Lo primero es desollar bien la pieza. Es importante sacar el ojo perfecto, todo el párpado, y que no tenga cortes. Después se congela para rebajar volumen, se curte para evitar el deterioro en el tiempo, y ya empezamos con el montaje, el cosido, dar la forma con distintos moldes en función de cada encaste, y, sobre todo, lograr esa expresión perfecta", manifiesta.

"Para eso es crucial que la piel no se seque. El más mínimo descuido puede hacer que el párpado se caiga, y, aunque sea dos milímetros, ya no queda igual. Hay que dar vida al toro a través de la mirada, que parezca que está vivo de verdad, y, acorde para quien trabajes, lograr un tipo de expresión. Un ganadero suele pedir una mirada noble, y un torero, de fiereza y agresividad", asevera.

Una profesión que nace de su amor por los animales y con la que se gana la vida muy bien. También le ha costado pasar miedo por las amenazas sufridas cuando trabajaba el Toro de la Vega. Pero así y todo le compensa. Martín Moro sigue soñando con su obra perfecta, esa que siempre consigue aunque su tremenda exigencia haga que nunca sea suficiente para él.

Javier López