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Tras más de siete décadas tocando el piano, el intérprete vasco Joaquín Achúcarro todavía vive en un "estado de adicción" al instrumento y no piensa en retirarse, como demuestra la apretada agenda que le llevará por todo el mundo en 2019.

"Pero no hay pianos en los aviones, y tengo que estudiar", lamenta el artista de 86 años en una entrevista con Efe, horas después de aterrizar en la capital japonesa para culminar con un recital en el Tokyo Bunka Kaikan su gira por el país asiático.

Para el intérprete, que ha recorrido las salas de conciertos de 63 países, el piano es "como una droga" y su estudio requiere al menos "seis horas diarias", algo que a veces impiden los largos vuelos entre recitales.

Sin embargo, "las cuatro horas las defiendo a capa y espada", bromea Achúcarro en uno de los raros momentos en que se permite estar lejos de las teclas del instrumento que tanto ama.

Bajo la influencia de un tío abuelo y su padre pianista, el bilbaíno comenzó las clases de solfeo con cinco años, momento en que entabló una "amistad" con el piano que se convirtió en "amor", y después "pasión" y "locura".

A los 13 años debutó con un concierto en re menor de Mozart, pero su carrera despegó definitivamente con una victoria en el Concurso Internacional de Liverpool de 1959, que lo catapultó a la escena mundial.

"Me gusta tocar donde les gusta escuchar el piano", afirma el intérprete, que tras la gira asiática tiene citas en el Festival de Música de Canarias, en México con la Orquesta Sinfónica Nacional, en el Festival de Verbier, Suiza, y en Cataluña, con el Festival Internacional de Música de Cadaqués, entre otros.

Su repertorio más reciente incluye los 24 Preludios para piano compuestos por Chopin, aunque el pianista explica que normalmente interpreta aquello "que le toca en suerte" o que le piden.

Cuando no toca para audiencias en alguna ciudad del mundo, imparte clases a los jóvenes músicos de la Universidad Metodista del Sur de Dallas, EEUU, a quienes enseña "lo que no saben" mientras, "sin que ellos se enteren", él mismo aprende "de lo que ellos saben".

"Hay cosas que la gente dotada, sin darse cuenta de que lo es, hace con simpleza y naturalidad, eso es lo que me interesa", precisa el artista, que también imparte clases magistrales en todo el mundo, las dos últimas en Japón, país del que destaca el "nivel de técnica pianística y de comprensión musical" de los estudiantes.

"Lo que está pasando en Asia con la música europea es, por un lado, maravilloso, y por otro lado peligrosísimo para los europeos, porque están tocando estupendamente bien", sostiene el pianista, que subraya de los artistas asiáticos su dedicación "en cuerpo y alma".

Además del reconocimiento internacional, Achúcarro ha obtenido los mayores honores en España, entre ellos el Premio Nacional de la Música (1992), la Gran Cruz de Mérito Civil (2003), y el nombramiento de Académico de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (2017).

Aun así, cuando habla de "talento", el artista deriva la conversación hacia su mujer, Emma Jiménez, considerada un prodigio del piano por terminar con 8 años los estudios del instrumento. "Y a los 12, con el primer premio del Conservatorio, era profesora de piano", recuerda el pianista con orgullo.

"Hemos tocado conciertos, hemos ensayado juntos, y hemos reñido bastante en los ensayos", explica ella, que dejó de dedicarse al piano y acompaña al artista por todo el mundo. Ni sus dos hijos ni ninguno de sus nietos han querido imitar la frenética vida del artista vasco.

"Sé que tendré que parar en algún momento, por lo que sea", confiesa el intérprete, "pero mientras esa parada no se manifieste yo seguiré estudiando, y seguiré intentando progresar, y seguiré preguntándole cosas al piano", añade.

Y cuando el cese llegue, no será por voluntad propia: "Quiero tocar el piano. Hasta que la muerte nos separe".

Nora Olivé