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La película "Un segundo", del veterano director chino Zhang Yimou, autor de obras maestras como "La linterna roja" (1991) o "La casa de las dagas voladoras" (2004), abre hoy la competición por la Concha de Oro en la 69 edición del Festival de San Sebastián, con la clamorosa ausencia de su director.

Estaba previsto que el director se conectara hoy vía internet para charlar sobre la película con los periodistas acreditados, ya que su trabajo actual rodando los Juegos Olímpicos de Invierno, que se celebran en Beijing del 4 al 20 de febrero de 2022, le impedían viajar a España.

Un plan que ha debido ser cancelado a causa de las dificultades técnicas para realizar una conexión con garantías, ya que en estos momentos se encuentra en una zona de difícil acceso.

Este contratiempo no impide celebrar que "Un segundo", la que, según algunos expertos en la obra de Yimou, es su mejor película, inaugure una edición complicada a nivel sanitario y social (de hecho, el Gobierno vasco puede cambiar hoy las condiciones y horarios de apertura por la pandemia) pero impresionante en lo cinematográfico.

"Un segundo" es el tiempo suficiente para entender el amor al cine, para colmar una esperanza y para cimentar una amistad inquebrantable. Es un motor que puede mover una vida. Y es el bien más preciado de un hombre, un convicto que cumple una larga condena injusta, para escapar y capturar ese segundo.

Yimou vuelve en "Un segundo" a los años de la Revolución Cultural china, esta vez recreándose, nada más comenzar, en los increíbles paisajes desérticos que enlazan pequeñas poblaciones chinas aisladas de todo y de todos.

Lugares cuya máxima expectación es la llegada de un motorista con los rollos de cine que, una vez al mes, (como pasaba en España con el NO-DO) les permite conectarse con las noticias del mundo y ver una película después, casi siempre las mismas historias lacrimógenas de héroes chinos en guerra.

Un hombre camina sin pausa por las dunas del desierto en el desolado noroeste de China. Sólo quiere llegar al primer pueblo donde "Don Películas", el único empresario que vela por el cuidado de las bobinas y las proyecciones, proyecte el noticiario, para ver a su hija que había sido filmada en un reportaje.

Pero una chiquilla vagabunda se adelanta a sus intenciones y roba uno de los rollos de la película.

A partir de ese instante, la desesperación de la chica por quedarse con la bobina y la necesidad imperiosa del hombre por verla proyectada abre un inesperado e inevitable acercamiento que va descubriendo al espectador, en delicadísimas dosis, un enjambre de historias fascinantes y sencillas, hilvanadas por escenas inolvidables.

Como la que reúne a todo el pueblo -finalmente, sólo a las mujeres-, para llevar a cabo una tarea titánica cuyo único fin es que todos ellos puedan sentarse juntos a ver una película. Una simbólica defensa a brazo partido del cine de siempre, del cine como encuentro social, y también de las proyecciones compartidas en una sala especialmente preparada para ello.

Yimou cuenta con una carrera que suma ya tres décadas, con títulos como "Sorgo rojo" (1988), "Vivir" (1994), "Amor bajo el espino blanco" (2011) o la última, "Shadow" (2018).

Al maestro, nacido en X'ian en 1951, le marcó poderosamente la adolescencia vivida en una de las peores épocas de China; según ha contado en reiteradas ocasiones, fue obligado a vivir durante tres años en el campo y siete años más, trabajando en una fábrica, una experiencia que ha "prestado" a algunos de sus personajes, como los que protagonizan la historia de amor del espino blanco.

Yimou está convencido de que ese tipo de recuerdos "personales y nacionales", no se borran nunca. Y aunque su primera sensación es la del enfado, el reproche o la ira, en sus películas siempre ha vestido el dolor de belleza y tapado las heridas.

Alicia G. Arribas