EFEBarcelona

La exposición "Templarios" reflexiona en el Museo de Historia de Cataluña sobre la violencia religiosa a partir de la historia de la Orden del Temple y la Europa de las Cruzadas.

El visitante de la exposición, que estará abierta hasta el próximo 23 de julio, puede pasear virtualmente por las murallas de Jerusalén y adentrarse en el interior para conocer aspectos de la orden, como su los orígenes de los templarios, su modo de vida, su implantación en la Corona de Aragón, el final de la orden y la leyenda.

Capiteles medievales, una arqueta árabe, documentos como la bula pontificia que impulsó el Temple, pinturas murales, el Libro de los Juegos (1282) de la Biblioteca del Escorial o una espada templaria procedente de la Real Armería se pueden contemplar en este peregrinaje por la historia templaria.

El comisario de la exposición, Ramon Sarobe, ha explicado el objetivo de esta muestra es mostrar la vida de los templarios alejada del papel esotérico que se les ha atribuido y dar a conocer cómo llegaron a ser religiosos adheridos rigurosamente a la ortodoxia católica.

"El cristianismo siempre había considerado al monje como el mejor ejemplo de cristiano, mientras que la profesión guerrera era considerada como impura y pecaminosa; sin embargo, a partir del siglo XI esa idea cambiará con la consagración de la figura del guerrero que combate por la fe", ha argumentado Sarobe.

Los templarios se convierten en hombres que hacen los votos de pobreza, obediencia y castidad y que, cuando no están en campaña, llevan "una vida muy similar a la del resto de monjes".

Con las convulsiones del feudalismo, aquellos que servían como defensores de la Iglesia recibieron todo tipo de bendiciones y más si se enfrentaban a un enemigo que no era cristiano: La influencia de la guerra en la península Ibérica se dejó sentir en todo Europa y, como en el mundo islámico, se dijo que los guerreros que murieran luchando contra los infieles conseguirían la salvación eterna, por lo que las expediciones contra los musulmanes fueron equiparadas a las peregrinaciones.

El reino de Jerusalén tardó unos años en consolidarse y la ruta de los peregrinos continuaba siendo peligrosa, por lo que hacia 1120, para combatir esta situación, nueve caballeros liderados por Hugo de Payns se reunieron en cofradía y juraron proteger a los peregrinos en su tránsito a los Santos Lugares.

Poco después, el rey Balduino II de Bourg, ofreció a los "pobres caballeros de Cristo" los aposentos de su palacio (la mezquita de Al-Aqsa) y como se creía que aquel edificio era el templo de Salomón, empezaron a ser conocidos como templarios.

Ningún templario recibía las órdenes mayores y, por lo tanto, no podían decir misa ni administrar los sacramentos; la gran mayoría no conocían el latín ni sabían leer ni escribir, por lo que, como ha subrayado Sarobe, "difícilmente podrían ser depositarios de una sabiduría ancestral que algunos autores les han atribuido".

Los monjes se dividían en dos grandes categorías: los caballeros, que era hijos de nobles, y su misión era combatir y mandar; y los sargentos, gente común que provenían del mundo artesanal o el campesinado, pero también de la rica burguesía urbana.

Una malla de hierro y varios atuendos con la característica túnica blanca y la cruz patada roja ilustran el apartado del vestuario y el atuendo de los templarios, que desdeñaban las decoraciones ostentosas.

En 1291, lo que quedaba del reino de Jerusalén fue destruido por los mamelucos, un hecho que puso en entredicho la utilidad de las órdenes militares, mientras circulaban rumores sobre los templarios, acusados de avaros, herejes y sodomitas, e impopulares por su peso político y su riqueza.

Este desprestigio fue aprovechado por Felipe IV de Francia para urdir una conspiración contra los templarios, que fue secundada por el resto de soberanos europeos con el apoyo papal, hasta su disolución en 1312 y la ejecución en la hoguera de su último maestro, Jacques de Molay, dos años después.