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María Lejárraga, novelista y dramaturga, una mujer feminista tan inteligente y brillante como desconocida, es la autora de todas las obras con las que su esposo, Gregorio Martínez Sierra, conoció el éxito en los teatros, mientras ella esperaba en casa, a la sombra, sin el reconocimiento de su nombre.

Una historia "apasionante, dolorosa y valiente" la de María de la O Lejárraga (San Millán de la Cogolla, 1874 - Buenos Aires, 1974) que ahora Vanessa Montfort (1975) descubre en la novela "La mujer sin nombre", editada por Plaza y Janes.

Lejárraga fue una mujer brillante y pionera de la literatura española que vivió y formó parte de su Edad de Plata, "valiente, generosa, extraordinaria, feminista, incapaz de hacer daño a nadie", asegura a Efe Vanessa Monfort en una entrevista.

Trasladada su familia a Madrid, Lejárraga se formó en Magisterio y Pedagogía y "desde muy joven se intereso por la literatura, por el teatro", añade Montfort.

En 1900 se casó con Gregorio Martínez Sierra y esa dramaturga se, escondió tras el nombre de su marido. "Era maestra, y en eso años estaba mal visto que una profesora de niños manifestara interés literario", añade la novelista, quien asegura que juntos formaron una de las "más fructíferas parejas artísticas de la época".

En la primera mitad de la novela, Montfort muestra a una mujer que vive en un ambiente literario, teatral y masculino, donde se relaciona con hombres que fueron sus mentores, amigos o colaboradores como Juan Ramón Jiménez, Falla, Turina, Lorca o Galdós.

Junto con Manuel de Falla, esta mujer adelantada a su época escribió "El sombrero de tres picos" y "El amor brujo". Colaboró también con otros autores de la época como Eduardo Marquina, los hermanos Álvarez Quintero, Carlos Arniches o el músico Joaquín Turina.

Gregorio Martínez Sierra se encargaba de la dirección de las obras, "se llevaba los aplausos de los estrenos", mientras que María Lejárraga "se afanaba en escribir en la sombra", dice la autora, quien asevera que "él no escribió una línea".

Después de veinte años casados, Martínez Sierra se enamora de otra mujer, la famosa actriz Catalina Bárcena, con quien tuvo una hija. El matrimonio se rompió, pero María Lejarrága, "trabajadora incansable", siguió escribiendo y él continuaba firmando.

Tras separarse de su esposo, la vida de la dramaturga dio un giro importante para volcarse activamente en la política y en la defensa de la mujer.

Inauguró junto con María de Maeztu, Victoria Kent y Zenobia Camprubí, Clara Campoamor, Elena Fortún y Matilde de la Torre, entre otras, el Lyceum Club Femenino, el primer club donde se ofrecían tertulias para mujeres; "allí trataban temas tabú en la época como la homosexualidad y los negros literarios", detalla.

Sus discursos feministas eran "impresionantes y de gran calado, en los que hacía cómplice al hombre", dice la novelista citando la obra "Cartas a las mujeres de España", en la que no aparece su nombre y donde anima a la libertad e independencia femenina porque "le obsesionaba la educación de la mujer, decía que era 'un pasaporte para la libertad'".

La autora de "Canción de cuna" (1911) sabía que permanecer tras el pseudónimo de Gregorio Martínez Sierra "le daba libertad y eliminaba el prejuicio que inevitablemente habría caído sobre su obra".

También era consciente de que su obra nunca se habría estrenado en grandes teatros internacionales de haberse sabido que la autora era una mujer: "Como mucho, habrían sido consideradas obras menores en escenarios, no se le habría tomada en serio como dramaturga".

Cuando Gregorio Martínez Sierra murió y la hija de Catalina Bárcena pidió los derechos de autor de su padre, fue cuando Lejárraga, exiliada y con escasos recursos, "reaccionó" y empezó a firmar como María Martínez Sierra obras como "Una mujer por los caminos de España" (1949), "Gregorio y yo, medio siglo de colaboración" (1953) o "Viajes de una gota de agua".

A pesar de ser una mujer silenciada, Lejárraga llegó a ejercer como diputada en las Cortes por Granada, presidenta del Patronato de la Mujer y agregada comercial del Ministerio de Agricultura en Suiza tras el estallido de la guerra, "donde fundó las colonias a los huérfanos de guerra", explica Monfort.

La autora de "Las golondrinas" se reinventó y jamás dejó de trabajar; "murió en una mecedora mientras leía a Luigi Pirandello en Buenos Aires".

Carmen Martín