EFEBruselas

Hubo que esperar un partido y medio para disfrutar de la magia del belga Kevin de Bruyne. El capitán del Manchester City, mejor jugador de la temporada en la "Premier" y firme candidato al Balón de Oro, se había roto la cara 19 días antes de la Eurocopa en la final de la Liga de Campeones y llegó tarde, operado y entre algodones al torneo. Pero KDB no defraudó.

"De Bruyne reorganizó la casa belga del sótano al ático", dice en su análisis del partido el diario francófono Le Soir, mientras que el periódico flamenco Het Laatste Nieuws glosa su actuación destacando que "tiene ojos detrás de la cabeza".

Pero no sólo en casa, fuera de Bélgica también gustó el belga.

"De Bruyne lo cambió todo", decía la crónica de la web del diario francés "L'Équipe"; "De Bruyne enciende a Bélgica", resumía La Gazzetta dello Sport en Italia; "De Bruyne doblega a una Dinamarca conmovedora", tituló EFE, "Puso el empate con un toque brillante y desinteresado", informaba la BBC.

Y hasta en Dinamarca hechizó el siete de los Diablos Rojos: "De Bruyne es demasiado salvaje", escribía en Twitter el periodista deportivo danés David Kroner; "Llevar a Kevin De Bruyne al campo es como usar códigos de trampa en FIFA", decía su compatriota y analista Kasper Pedersbæk.

Ocurrió en Copenhague, donde los 25.000 aficionados de las gradas en la Eurocopa de la pandemia arroparon a los suyos generando tal burbuja de energía que los nórdicos tardaron 99 segundos en romper la red de Courtois, firmando el segundo gol más rápido de la historia del campeonato.

El desvanecimiento en el mismo campo el pasado sábado del danés Christian Eriksen, ahora fuera de peligro y activo en las redes sociales, ha conmovido al mundo del fútbol y ha dominado mediáticamente la primera semana del torneo. Y el público y la emoción transportaron al equipo local.

Los belgas, que habían ganado en Copenhague en noviembre de 2020, se esperaban un baño de emociones y un comienzo duro. Pero no tanto. Nadie en Bélgica contaba con ver acribillados de esa manera a los suyos, los mismos que cinco días habían ganado a Rusia por 3-0.

"Estábamos irreconocibles", diría después Jan Vertonghen, el jugador con más partidos como internacional de la historia de Bélgica (129).

Dinamarca parecía tocada por los dioses en la primera parte. Durante 45 minutos, Damsgaard, Braithwaite, Poulsen y ocho más -nueve, con el púbico- asediaron a Bélgica, una selección que presume de ser primera en el ránking de la UEFA y que aspira a conquistar la Eurocopa.

Y en medio de esa escabechina, recompensada para los nórdicos con un gol de Poulsen que podían haber sido tres o cuatro, y con Romelu Lukaku al doscientos por cien para mantener a flote a los Diablos Rojos, saltó al campo el pelirrojo con pecas de las afueras de Gante.

En sus primeros 45 minutos, Kevin de Bruyne, aquel chaval con adolescencia difícil que circuló por familias de acogida para poder entrenar y convertirse en futbolista, convertido ahora un hombre casado y con tres hijos que se define así mismo como "tranquilo" y "tímido", desplegó en la Eurocopa todo su talento.

Y Bélgica respiró aliviada. La húmeda planicie centroeuropea, tierra de grandes ciclistas, no ha ganado un torneo prestigioso de fútbol desde los Juegos Olímpicos de Amberes, allá por 1920, y sabe que la generación de Hazard (30), Courtois (29), Carrasco (27), Lukaku (28) y De Bruyne (29) es su gran baza para romper esa mala racha de 101 años.

De Bruyne volvió a maravillar en Copenhague. Dio la vuelta al encuentro y dejó detalles de una clase extraordinaria. Y lo hizo también fuera del campo, explicando tras el partido por qué apenas celebró el gol con el que selló la clasificación de Bélgica para octavos de final.

"No quería festejarlo demasiado por lo que pasó en el último partido. Tengo mucho respeto por todo el mundo aquí", dijo en francés el jugador flamenco a un micrófono belga.

Ya clasificada, a Bélgica le basta un empate contra Finlandia el lunes en San Petersburgo para quedar primera del Grupo B, en cuyo caso disputaría el partido de octavos el domingo 27 de junio en Sevilla. De quedar segunda, jugaría el sábado 26 en Ámsterdam.

Javier Albisu