EFESan Sebastián

Ser cuatro veces campeona del mundo no es suficiente para que una mujer pueda vivir de la pelota en Euskadi, donde la práctica de este deporte entre ellas no quiere limitarse al espectáculo en la cancha sino que pelea por tener una estructura que abra la puerta a la profesionalización.

Lejos han quedado esos tiempos en los que las raquetistas, un grupo de mujeres que entre 1917 y 1980 jugaban profesionalmente en los frontones, ganaban el triple que un obrero, tenían su propia colección de cromos y causaban sensación.

Chiquita de Anoeta, Agustina Otaola y Chiquita de Ledesma fueron algunas de estas pioneras que llenaban recintos en España y América, generaban negocios de apuestas y acumulaban admiradores, aunque tuvieron que enfrentarse también a la incomprensión de la época.

El franquismo frustró el sueño profesional de las mujeres pelotaris, que cuatro décadas después no han conseguido vivir profesionalmente de una disciplina deportiva que no solo abarca la mano sino también otras muchas modalidades como la pala.

"Vivir de esto no, gastar mogollón de dinero sí", asegura en una entrevista con EFE la eterna pelotari Maider Mendizabal, campeona del mundo de Pelota Vasca en 1998 y de Trinquete en 2000, 2004 y 2008, y una veintena de veces campeona de España en diferentes modalidades.

Mendizabal, cuyo palmarés la encumbra directamente al olimpo deportivo tras participar en 13 campeonatos del mundo y lograr 4 medallas de oro, 5 de plata y 4 de bronce, es la presidenta de la Asociación de Mujeres Pelotaris -Emakume Pilotarien Elkartea (EPE)-, que inició su andadura en 2019 con el objetivo de tomar las riendas de la pelota femenina, dotarla de "estructura" y "dignificarla".

Esta pelotari guipuzcoana de 44 años, madre de tres hijos, que sigue en la élite, reconoce que existe "interés" por organizar partidos de pelota femeninos pero considera que "la foto" no es suficiente sino que deben hacerse las cosas bien para que el germen dé sus frutos.

Ella conoce bien todas las modalidades, empezó a jugar con siete años en el frontón de su pueblo y le gustan todas sin excepciones, pero opina que los primeros esfuerzos deben orientarse hacia la que lleva "más tiempo", tiene "mayor estructura" y es capaz de atraer a más personas que, a su juicio, sin duda alguna, es la pala, "mucho más arraigada, pero menos valorada curiosamente".

"Hay que trabajar especialmente una modalidad más sencilla para todas. Después la pirámide ya se generará", defiende esta licenciada en Educación Física.

Opina que hay esfuerzos que no merecen la pena, rechaza el "negocio" que se articula en torno a esta "moda de la pelota" y lamenta que agentes externos se lucren con la organización de un torneo femenino en el que igual pagan 150 euros a las pelotaris cuando la prueba ha podido generar más de 3.000 euros.

Explica que la Asociación de Mujeres Pelotaris plantea a los ayuntamientos la organización de partidos con cuatro pelotaris de primera con un presupuesto que ronda los 1.700 euros para que las jugadoras puedan cobrar 200 euros, tengan un contrato para ese día y quede después un remanente para crear estructura, ya que después hay chicas sin entrenador porque no pueden pagarle 15 euros la hora.

Recuerda los tiempos en los que percibía una botella de vino, medio queso y un membrillo por ir a jugar un partido con desplazamiento incluido, asegura que la máxima cantidad que ha recibido fueron 2.000 euros por ganar un campeonato del mundo y reconoce que si hubiera sido hombre tendría la vida resuelta.

Ella solo quiere que el "esfuerzo sirva para algo", aunque es consciente de que "habrá que cambiar el chip un montón" para que haya mujeres pelotaris profesionales, que no tengan que compaginar la disciplina del deporte de élite con otras ocupaciones laborales.

Pide que "se venda" la pelota femenina, pero que "se venda bien", con "cosas de calidad" porque "las chicas siempre van a tener que demostrar su valía. "Nos toca luchar", apostilla.

"Nos cuesta mucho más", coincide la conocida manista Iera Aguirre, una de las impulsoras en la vecina Navarra de Ados Pilota, primer club profesional de pelota a mano femenina, junto a la laureada Maite Ruiz de Larramendi, quien suma siete medallas en los siete mundiales absolutos que ha disputado y que, tras ganarlo todo, busca una nueva hazaña: dignificar la pelota a mano femenina.

En total son 13 mujeres manistas de Euskadi y Navarra de "primer nivel" las que integran este club profesional en el que las pelotaris tampoco consiguen vivir de la pelota, aunque han "mejorado mucho" sus condiciones, ya que cuando juegan son dadas de alta en la seguridad social y cobran una cantidad por partido, explica Aguirre.

Además, el club cuenta con preparadores físicos y técnicos y con una escuela, en la que hay matriculadas 22 niñas que quieren seguir su estela en la pelota vasca.

"Nuestra objetivo es crear además nuestra propia competición. También trabajamos con patrocinios y ayuntamientos. Lo que intentamos es que las condiciones sean las mejores posibles y, poco a poco, dar pasos hacia la profesionalización", asegura Aguirre. "Cuesta más, pero los pasos los estamos dando", recalca.

Es verdad que en el caso de la pelota femenina se empezó "un poco la casa por el tejado", ya que se le otorgó "mucha visibilidad" pero sin trabajar demasiado "lo que había detrás, en la base", que es esencial para "rendir lo mejor posible en la cancha", defiende.

Las pelotaris de Ados, que preparan ya su próximo torneo este mes en Barcelona, se sienten "muy arropadas" por el público en los frontones, donde el giro documentado en esta historia se remonta a 1885, cuando Josefa Ignacia Albisu, Joxpinxi, una joven de Lazkao (Gipuzkoa), se enfrentó a dos hombres que dudaban de la valía de las mujeres en sendos partidos de pelota a mano y en ambos salió victoriosa.

Clara García de Cortázar