EFECórdoba

Medicina y judíos han estado siempre unidos en la admiración y la sospecha y están vinculados a otros tres elementos, poder, saber y consuelo durante el período hispano-musulmán, en los reinos cristianos y en la España posterior a los Reyes Católicos.

Este es el relato de la exposición "Medicina & Sefarad", promovida dentro del programa del Otoño Sefardí, que organizan el Ayuntamiento de Córdoba y la Casa de Sefarad, cuyo director, Sebastián de la Obra, cree que, “siempre, para bien y para mal, desde el punto de vista de la admiración o desde el punto de vista de la sospecha, medicina y judío han estado concatenados”

De la Obra, responsable también de la muestra, concreta que unas veces ha sido “para ponerlos verdes” y que otras “para reconocer que esa comunidad tenía una particular predisposición para el estudio, la enseñanza y la práctica de la medicina”.

En una conversación con Efe, Sebastián de la Obra expone que la práctica de la medicina por los judíos mantuvo su prestigio incluso cuando la realizaban fuera del Protomedicato, una institución creada 1477 por los Reyes Católicos que, aparte de la regulación su práctica, perseguía que “los judeoconversos no volviesen a monopolizar” su ejercicio.

Su desempeño de manera “no reglada”, donde es el paciente y “no el Protomedicato” quien dice quién es buen o mal médico, hace que los judeoconversos suban una “escalera de prestigio que se convierte en una de sospecha contra ellos”.

“La obsesión de los judeoconversos es que cuando más suben en la escala social, más borran la sospecha que hay sobre su origen, y se equivocaron, es uno de los grandes errores que hay en la tradición judía en España, ya que cuanto más suben en la escala social, más aumenta la envidia y la sospecha”, enfatiza.

Los casos de la relación de la medicina judía y el poder arrancan en el “Siglo de Oro de al Andalus”, con Hasday Ibn Saprut, que unía a su condición de jefe de aduanas, “con todo el poder económico que conlleva” la de médico personal del califa Abderrahmán III y de su hijo Al Hakem II.

“Su dominio del latín, griego, árabe, hebreo y romance lo convierte en un excelente diplomático” y de ahí le llega la propuesta de Toda, la reina de Navarra, de una alianza política frente a los reinos de Castilla y Aragón. De su condición de médico, el que pusiese a adelgazar al hijo de la monarca, Sancho el Craso, porque su volumen no acompañaba a la estética para alcanzar la dignidad de Sancho I de León.

Hay otros ejemplos de esta simbiosis que se enseñan en la exposición, abierta hasta el 29 septiembre, una relación que se mantuvo en la diáspora, como los casos de Rodrigo de Castro, médico de Isabel I de Inglaterra; Elías de Montalto, de Luis XIII de Francia; o Moisés Hamón, de Suleimán el Magnífico.

Grandes innovaciones llegaron también de la mano de médicos judíos, como la asunción de la influencia del estado psicológico del paciente que articuló Maimónides; la primera traducción del principal manual farmacológico, el “Dioscórides” al español en 1554, que realizó Andrés Laguna y que ya había pasado del griego al árabe por obra de Hasday Ibn Saprut seis siglos antes; o la defensa del movimiento circular de la sangre de Diego Mateo Zapata, “último gran médico judeoconverso de la Península”.

La exposición se cierra con un guiño fuera de Sefarad y hace sendas referencias a médicas judías de a caballo de los siglos XX y XXI, Rita Arditti y Rita Levi-Montalcino.

Álvaro Vega