EFEStepanakert (Nagorno Karabaj)

Hovik e Isabel tuvieron que escapar de las bombas en Siria. Decidieron rehacer su vida en Nagorno Karabaj. Aquí la guerra les ha alcanzado de nuevo, pero esta vez han decidido quedarse y ayudar en lo que pueden en una lucha que sí sienten como suya.

En la capital del enclave separatista armenio, Stepanakert, el matrimonio se dedica a la agricultura y a un pequeño café, que se ha convertido en un refugio para locales y en una segunda familia para los corresponsales que cubren el conflicto.

La pareja da de comer gratis a amigos de toda la vida y a personas que ven por primera vez, corriendo cada cierto tiempo al refugio cuando las explosiones se oyen en la ciudad.

La ciudad está a oscuras, suena la sirena que anuncia la posibilidad de un ataque de artillería, de drones, de aviación convencional o todo ello combinado. Sin embargo, hay un sitio donde te darán de comer a pesar de todo ello.

Son dos armenios de origen sirio a los que una segunda guerra alcanza en ocho años. Salieron de la primera para proteger a sus hijos, pero en esta ocasión han decidido quedarse.

ARMENIOS DE ORIGEN SIRIO GOLPEADOS POR OTRA GUERRA

A finales de 2012 en Alepo una explosión de dos coches a 300 metros de su casa hizo que la pareja decidiera poner punto final a su vida en su país de origen y se fueron a lo que consideraban la tierra prometida de sus antepasados.

Pertenecen a la minoría armenia de Siria, la que se asentó allí hace poco más de un siglo huyendo del genocidio armenio cometido por el Imperio Otomano en 1915.

Su destino fue Nagorno Karabaj. Su elección no fue casual, como cuenta Hovik a Efe.

Por un lado "fue para honrar la memoria de los muertos en el pasado" y por otro "trabajar para crear vida en un área poco poblada". El Karabaj tiene un censo de 150.000 personas para 4.400 kilómetros cuadrados.

"Teníamos la idea de modernizar la agricultura. Además en el Artsaj -nombre armenio de Nagorno Karabaj- vive muy buena gente, muy amable, muy parecidos a los armenios sirios. Gracias a ello fue una adaptación muy rápida", cuenta.

DOS GUERRAS, PERO DIFERENTES

La guerra los ha alcanzado en el nuevo hogar, pero es una guerra diferente a la siria, dice.

"Allí teníamos una guerra civil, aquí es una guerra. Aquí sabes quién es el enemigo. Te concentras en su dirección. En Siria debíamos mirar hacia izquierda, derecha, arriba, abajo, hacia atrás. Aquí es más sencillo, psicológicamente es mucho más sencillo. En una guerra civil es hermano contra hermano", opina.

En el caso de Nagorno Karabaj, Hovik sabía desde el principio que "seria serio", si bien al comienzo pensaba que "se seguirían las leyes de la guerra, no creíamos que sería otra vez una aspiración a cometer un genocidio con ataques contra la población civil”.

A pesar de ello, él e Isabel no tienen miedo y no piensan marcharse en esta ocasión. "Nuestra obligación es ante la gente del frente, esos jóvenes que están luchando. Si con un ataque nos vamos corriendo, ¿qué pensarán ellos de nosotros?", pregunta.

Los karabajíes "tienen que saber que detrás están las familias, alguien que los espera, alguien que les dará de comer un plato caliente”, añade Hovik, de 50 años.

Y es que el hombre da de comer lo que puede y sin cobrar. Sopas de primero a base de arroz y alubias, y carne de diferentes tipos con arroz o patatas de segundo.

EL MOMENTO MÁS DIFÍCIL

Para él e Isabel, de 45 años, lo más difícil en esta guerra ha sido mandar a sus hijos a Armenia. "Les dije que ni llamaran por el camino porque bombardeaban. Esa espera hasta que estuvieron a salvo fue durísima, los minutos se hacían horas", cuentan.

A pesar de todo ello, Hovik tiene claro que los momentos malos unen más. "Los momentos maravillosos cualquiera los comparte contigo (...), pero en un momento malo, no todos estarán".

Su lema estos días es "sonreír aunque se agite el mundo". "Seguiremos viviendo, nuestros hijos crecerán, contaremos esta historia con una sonrisa", subraya.

Pablo González