EFETrípoli/Atenas/Roma/Madrid

Cocinero por accidente, Alfa Jafo se extraña cuando le preguntan si la COVID-19, que ha confinado a millones de personas acostumbradas al libre movimiento, ha aniquilado su anhelo de esquivar la pobreza y saltar a Europa.

Expulsado de Argelia, desde hace meses trabaja en un restaurante de la histórica ciudad nigerina de Agadez, trampolín de la migración irregular en el Sahel, con la idea de volver a la ruta, esa pesadilla que precede al sueño europeo.

"No, no tengo miedo", afirma. "En cuanto pueda viajaré a Libia. Rezo porque es Dios quien va a salvar a los hombres del coronavirus, quien nos salvará a todos. Y desde allí a Italia para casarme y estudiar", agrega.

Andre Chani, un "pasador" que abandonó el negocio en 2017 -cuando el Gobierno de Níger, presionado por Europa, lo declaró actividad ilegal-, coincide en que el virus es para los migrantes un guijarro en una senda salteada de rocas mortales.

"Incluso con el coronavirus, es mucho mejor que quedarse aquí, en África, donde no hay nada. Prefieren sufrir en el desierto, donde hay tantas y tantas muertes, o la COVID-19 antes que permanecer en casa", insiste.

Sin embargo, aunque nada parece haber cambiado en el espíritu del camino -más allá de un control limítrofe algo más estricto- , sí lo ha hecho en el destino, donde las blindadas fronteras se han acorazado y la vieja controversia entre la protección de los nacionales y los derechos de los extranjeros se ha agudizado.

"La del COVID-19 no es la primera crisis que azuza este debate, pero es una de las más amplias y graves. El virus representa un tipo de amenaza distinto a cualquier grupo terrorista, red criminal u otros problemas asociados al debate sobre la migración", explica el investigador Niall McGlynn, vinculado al Trinity Collage en Dublin.

Una discusión que Solon Ardittis, director general de Eurasylum, y Frank Laczko, responsable del centro de análisis de datos de Organización Internacional de las Migraciones (IOM), creen que girará en torno a cuatro grandes ejes durante la pospandemia.

"Combatir la xenofobia promoviendo la inclusión, desbloquear a los migrantes que han quedado varados, asegurar que las respuestas a la migración tengan su reflejo en los sistemas de salud y reducir el impacto socioeconómico negativo", señalan en un artículo.

A ellos, la Alta Comisionada Adjunta de Protección en ACNUR, Gillian Triggs, añade el riesgo de una mayor estigmatización de los migrantes.

"Existe la posibilidad de que alguien en la sociedad comience a argumentar que los refugiados, demandantes de asilo y desplazados son vectores de la enfermedad, que portan el virus" para tratar de eludir así las obligaciones del derecho humanitario internacional, subraya.

UN FLUJO QUE NO CESA

En un país víctima del caos desde la caída en 2011 del dictador Muamar al Gadafi, la guerra civil libia, la primera completamente privatizada de la historia reciente, se ha recrudecido.

Solo en el último año, los combates por la conquista de Trípoli han segado la vida de más de 1.700 personas y han obligado a más de 200.000 a abandonar su hogar, entre ellas miles de migrantes a la espera de huir hacia Europa.

"La cifra que tenemos de migrantes, refugiados y solicitantes de asilo en centros de detención es probablemente la más baja en mucho tiempo. La OIM habla de 1.500 detenidos en esos centros oficiales, lo que deja abiertas muchas preguntas", señala Hassiba Hajd Saharaui, portavoz de MSF en Amsterdam.

No sólo a dónde ha ido la mayor parte de los que estaban atrapados en primera línea de combate, sino también sobre la disonancia existente entre el número de los que han partido en botes en las últimas semanas, los que han llegado a Italia y los que han sido interceptados por la polémica Guardia Costera libia.

"Tememos que, y tenemos razones para creerlo, algunas de esas personas son entregadas a las mafias y bandas de traficantes, gente que desaparece y alimenta así las redes de contrabando. Son interceptados en el mar, reingresan en las redes de contrabando al llegar a Libia y lo vuelven a intentar", advierte.

"Toda esta gente es muy vulnerable y esa vulnerabilidad se está incrementado a causa de la guerra, pero también de la COVID-19 porque supuestamente se tienen que aplicar unas medidas que las condiciones en las que viven no les permiten. ¿Cómo te aislas cuando vives en un lugar así?", se cuestiona.

La ONU pidió el pasado 24 de marzo una "tregua humanitaria" para luchar contra la pandemia, pero ambas partes en conflicto la eludieron. Desde entonces los enfrentamientos se han intensificado y se desconoce cuál es el verdadero alcance de la enfermedad en el país.

"La guerra va a tener dos tipos de efectos muy diferentes: uno, evidentemente, es el efecto empuje: los migrantes van a querer salir más y más a medida que sigan los combates", explica McGlynn.

"Pero los cambios repetidos en la línea del frente harán que las condiciones para embarcarse sean más complicadas. Incluso para las mafias a la hora de mover a los migrantes y los botes", agrega el investigador, que cree que, aun así, el flujo de botes se incrementará con la llegada del buen tiempo.

También se teme un repunte en la ruta occidental, la que desde el Sahel desemboca en España, que en los últimos dos años -desde que Italia endureció sus políticas- se ha convertido en la más importante del Mediterráneo.

Aunque se han visto fenómenos extraños como la "migración irregular inversa", migrantes que han pagado a las mafias por huir de España, uno de los países más afectados por la pandemia, la sensación es que el flujo va a ser similar al de años precedentes.

Según el ministerio español del Interior, en los primeros cuatro meses de año llegaron al país de forma irregular 6.297 personas, casi 2.000 menos que en el mismo periodo de 2019.

Las llegadas por mar bajaron un 21,2%, pese a que la cifra de embarcaciones aumentó un 23,7%.

"Saber los motivos de los movimientos migratorios es siempre complicado, se juntan varias cosas, el cierre de fronteras afecta incluso en los no regulares y no podemos obviar que España ha sido uno de los centros mundiales de la pandemia, eso hace que la gente se plantee venir", cuenta a Efe el secretario general de la Federación Andalucía Acoge, José Miguel Morales.

Uno de los pocos territorios que vive un repunte de llegadas de migrantes son las Islas Canarias, que ha recibió un 160% más de embarcaciones este año respecto al mismo periodo de 2019.

"La deuda externa en África es un elemento clave, el incremento y falta de conciencia del G20 a la hora de cancelar la deuda implica un incremento de los movimientos migratorios como única alternativa", dice Morales, al asegurar que "hay indicios como para pensar que una vez pase lo peor, habrá un incremento" de llegadas.

"Ni siquiera la pandemia puede echar para atrás la búsqueda de una vida mejor", subraya.

HACINAMIENTO Y ESTIGMATIZACIÓN

Levantado en la isla griega de Lesbos, el campo de Moría, es el mayor de Europa. Desparramado más allá de sus contornos iniciales, en sus insalubres calles se hacinan cerca de 20.000 personas en unas condiciones que parece casi un milagro que no se haya producido ninguna catástrofe.

Abocados a la aglomeración, en tiempos de confinamiento el aire es uno de los bienes más preciados.

El otro, el agua, es incluso más escaso. Hay un grifo para 1.300 personas y un baño para más de 200. "Es muy difícil practicar el aislamiento en estas estructuras, sin puertas, agua, ni espacio", explica Vassilis Stravaridis, director de MSF en Grecia.

Una situación que se repite en las otras cuatro islas que constituyen la principal puerta de entrada a Europa por el Mediterráneo oriental -Kos, Quíos, Samos y Leros-, en las que se amontonan 38.000 migrantes y refugiados sin ningún caso confirmado hasta la fecha de la COVID-19.

En los campos del continente, el Gobierno tomo la decisión de impedir entrar y salir, pero en las islas únicamente pidió a las ONG detectar a los más vulnerables antes de evacuar a hoteles a unas 2.400 personas: solicitantes de asilo mayores de 65 años, personas con enfermedades y familiares más allegados.

Según Stravaridis, lo que el Gobierno del conservador Kyriakos Mitsotakis describe como una estrategia de éxito, posiblemente sea mera fortuna.

En este contexto, las ONG denuncian la falta de una gran estrategia preventiva, sobre todo ante el previsible aumento en verano de las llegadas, pese a que en abril éstas fueron mínimas.

Según el responsable de ACNUR en Grecia, Philippe Leclerc, el bajón se debe posiblemente al endurecimiento de los controles marítimos y terrestres a raíz de la crisis con Turquía, pero también a que el confinamiento ha sido generalizado en otros países.

Leclerc augura que habrá casos de contagio: "va a suceder, como ocurre en el resto del mundo, y debemos estar preparados".

En la misma línea, McGlynn apunta que bastará con que se multipliquen los casos en los campos de refugiados de Grecia e Italia, en los centros de detención de Libia o en los bosques de Marruecos para que el debate se avinagre.

"Si en seis meses tenemos un enorme número de casos en Libia, pese a que no podamos saber cuánta gente tiene el virus, creo que va a ser un factor clave en términos de presión popular para que los Gobiernos cierren las fronteras e impidan la entrada de los migrantes", pronostica.

NUEVOS PROTOCOLOS DE RESCATE

En abril, cuando el barco "Alan Kurdi" rescató a 150 migrantes en plena pandemia y pidió un puerto para atracar, el Gobierno italiano entendió que la llegada de migrantes -que se había triplicado respecto a 2019- debía gestionarse de otra manera.

Primero, aprobó a la carrera un decreto que permitió cerrar los puertos y que desató el caos.

Después, y tras días de tensa espera, envió un ferry para que los 150 migrantes de ese barco y los 46 rescatados por el "Aita Mari" pasaran la cuarentena aislados en el golfo de Palermo.

Dos apresuradas y controvertidas medidas adoptadas tras haber apostado semanas antes por las devoluciones en caliente a Libia, como se vio obligado a admitir el primer ministro de Malta, Robert Abela, tras investigaciones del diario italiano Avvenire y del estadounidense The New York Times.

Una política de bandazos que la ministra italiana de Transporte e Infraestructura, Paola Micheli justificó por "la falta de condiciones organizativas para gestionar emergencias en los hospitales en caso de que ocurran muchas llegadas".

El alcalde de Lampedusa, Salvatore Martello, lo calificó de "situación absurda" consecuencia de la mezcla del flujo incesante de botes, la falta de espacio y las vicisitudes de la pandemia.

"Se trata de seguridad de todos. Si tienes el centro de acogida lleno, no los puedes dejar fuera. Por eso pedimos un barco", explicó Martello.

Según el protocolo previo, antes de su trasladado al centro de acogida, los migrantes rescatados deben pasar la cuarentena en el muelle Favarolo, centro de operaciones de sanitarios y cooperantes.

Sin embargo, el tapón creado por la COVID-19 había obligado enseguida a que decenas de ellos durmieran a la intemperie una vez pasado el aislamiento entre las protestas de las ONG, que entienden que optar por la cooperación es mucho más efectivo.

"Nosotros, como organización médica, no vemos ninguna razón fundamental para hacer las cosas de manera diferente. Si has sido rescatado del mar, la organización que lo ha hecho aplica las medidas necesarias", explica Hassiba, que recuerda que MSF ha ofrecido a Italia crear una centro de cuarentena en Sicilia y ayuda en la gestión de llegadas.

"Una vez desembarcados se debe seguir el protocolo, una cuarentena, por ejemplo.

Pero cerrar todos los puertos es, en opinión de MSF, "una excusa para rehacer las políticas de control de la migración que han seguido Malta, Italia y la Unión Europea durante varios años", denuncia.

ASILO Y EQUILIBRIO SANITARIO

A falta de una política europea común, desde la sociedad civil se apunta que la solución reside en un equilibrio entre el respeto escrupuloso al derecho humanitario internacional y la integración de los migrantes sin que se vean afectados los sistemas sanitarios de los países de acogida.

"La solución son medidas sanitarias razonables y bien calibradas. La gente debe ser rescatada, ese no debe ser un tema de negociación, ocurra lo que ocurra. En estos días todos alabamos la solidaridad, ¿pero dejamos que la gente muera en el mar?", recalca Hassiba.

"Lo que le pedimos a los Gobiernos es que se aseguren de incluirlos en sus programas nacionales", señala, por su parte, Triggs, quien advierte sobre la tentación de usar la COVID-19 como excusa para recortar derechos.

"Dado que la pandemia no discrimina, muchos Gobiernos han entendido que tienen que incluirlos en los sistemas nacionales de salud, pero les pedimos que vayan al siguiente nivel y se aseguren de que sean incluidos en las redes de asistencia social", recalca.

Una tentación que ya parece sobrevolar a Gobiernos como el griego, que sostiene que la clave del éxito pasa por reducir los flujos migratorios, acelerar el proceso de asilo para poder expulsar cuanto antes y controlar las entradas por mar, aunque haya que cometer ilegalidades.

"Se debe saber que nuestro país ya no está abierto a la inmigración para aquellos que no tienen derecho a protección internacional. Y esta es una clara elección política del Gobierno", insiste el ministro de Migración, Notis Mitarakis.

McGlynn considera "muy difícil" frenar este tipo de discurso ultraconservador y propone como alternativa una estrategia que "aúne racionalidad y hechos" y que pase por "enfatizar que los Gobiernos están tomando medidas proactivas, que pueden ponerlos en cuarentena médica, darles las medicinas necesarias y cortar al máximo la cadena de contagio".

Al final del camino, otro de los grandes problemas es que aquellos que logren su sueño europeo no queden rezagados, sin opciones de regularización y por tanto sin las ayudas excepcionales por la pandemia y caigan en manos de empresarios sin escrúpulos.

"La llegada de migrantes no carga el sistema sanitario público, es gente joven que viene con voluntad de trabajar, pero lo que sí hay que garantizar es que nadie esté en la calle porque eso provoca problemas de salud pública", zanja Morales.

Y es que prisionero en un centro de detención, hacinado en un campo de refugiados o a bordo de una patera, la necesidad de huir es más fuerte que el miedo a la pobreza, a la violencia o incluso al virus.

Reportaje elaborado por Javier Martín en colaboración de Ingrid Haack, Macarena Soto y Cristina Cabrejas. Editado por Marta Rullán y Javier Marín.