EFEPalma

Entrevistar a Ntouba Japhet Bruchel, 28 años, de Camerún, es una suerte para cualquier periodista que busca un titular y, con ocasión del goteo de pateras que llegan a España desde África, el emigrante asevera que cruzar el Mediterráneo es "ir a la muerte" y afirma con sorpresa: "No sabía que a un negro como yo le podían vender como un pollo".

Pero contemos la historia de Japhet, que hoy vive en Palma y en 2017 en Duala, Camerún. A principios de ese año decidió irse a vivir a Argelia a casa un amigo.

Se marchó tras ser detenido por la policía por ser homosexual, aunque tiene dos hijos, después de que le quemaran su pequeña tienda de ropa por su orientación sexual, según ha relatado a Efe.

Su plan era cruzar Nigeria y Níger, pero en este país fue secuestrado junto a otras 23 personas por un grupo de traficantes de personas, tuaregs, que le condujeron a Libia, un país en una guerra sin fin donde fueron vendidos.

Allí estuvieron encerrados los 24 secuestrados en una pequeña habitación sin luz, sin apenas aire, con una comida al día, orinando en una botella..., hasta que logró que su familia, de ocho hermanos, reuniera unos 800 euros para pagar el rescate después de tres meses de cautiverio.

"Aún escucho en mi cabeza el ruido de las ametralladoras cuando entraban y disparaban para asustarnos", recuerda.

Fue en Libia donde aprendió que podía ser vendido como un "pollo" por alguien que tiene el su mismo color de piel y que, de no haber pagado, ahora sería un esclavo en una plantación agrícola en "pleno siglo XXI". "Eres grande, te puedo vender por un buen precio", recuerda que escuchó.

Peor es aún, asegura, la mala suerte de las mujeres y niñas vendidas como prostitutas, con "inyecciones" para inhibir su menstruación y no interrumpir su calvario de abusos. "Ellos no respetan a nadie, ni a las niñas", por cuya liberación pueden pedir hasta 4.000 euros, explica Japhet.

Una vez en Libia ya no podía regresar a Argelia por miedo a ser de nuevo secuestrado: "La única salida era cruzar el mar", asevera.

Para ello, trabajó "mucho", ahorró algo más de 1.000 euros y se embarcó en la costa libia en una lancha de goma rumbo a Europa. En total eran 117 migrantes que, tras dos días sin comer ni beber, alcanzaron aguas internacionales cerca de Malta. "El miedo con más gente te sabe un poco mejor", se consuela.

Cuando la embarcación se desinflaba y achicaban el agua que la invadía -nadie llevaba salvavidas, muchos no sabían nadar- fueron avistados por un helicóptero de la guardia costera italiana. El barco humanitario Aquarius les rescató y les condujo hasta el puerto de Valencia en junio de 2018. Poco después ya dormía en Palma, en un centro de acogida del Govern balear.

"Es imposible que la gente pare de emigrar; los emigrantes no tienen la culpa", mantiene Japhet, que responsabiliza a las guerras en el continente africano y a los gobiernos, europeos y africanos, de que la gente decida romper con todo y marcharse.

Añade que "lo peor" es que todo el mundo que emigra no sabe el riesgo que hay en el camino" y que solo una pequeña parte -tres de cada diez, calcula- de los que emprenden esta aventura llegan a Europa.

El desierto del Sáhara, que cruzó en su travesía por Níger, es un "cementerio de cadáveres", pero en el mar Mediterráneo "hay muchísimos más aún, no se puede contar el número".

En un tono pausado, este camerunés que habla cuatro idiomas reconoce que todo este viaje le ha afectado psicologicamente "mucho" tras ver morir a personas, así como el trato vejatorio y las palizas "diarias" que recibió hasta que pagaron su liberación.

"No puedo aconsejar a nadie emigrar porque es ir a la muerte, hay mucha gente que muere, pero ninguna televisión habla de esto", insiste.

Japhet ha recibido formación en el centro Jovent de Palma y ha ejercido de albañil y camarero en la Playa de Palma, pero ahora no tiene trabajo por culpa de la pandemia, por lo que irá a cualquier otro lugar donde pueda ganarse la vida y pagar las facturas. Hoy vive en un piso junto a dos personas más y puede comprar "arroz y pasta".

Está agradecido del trato humanitario recibido en España: "No puedo quejarme, me han dado cosas que no ha podido darme mi pobre país", y se muestra asombrado de que haya "tanta gente" que, sin conocerle ni saber quién es, le haya "regalado tanto afecto; hay gente muy buena aquí".

Aunque "llegues a Europa", dice Japhet, que ha pedido asilo político en España, ya no te sientes "tan fuerte como antes" de emprender esta aventura porque no puede "olvidar lo vivido", ni que "te digan que un compañero ha muerto ahogado en el mar; no hay nada bonito en todo esto".

Por Javier Alonso