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Es mediodía y varios vecinos de un bloque llaman a Juan Carlos porque no tienen agua y solo él puede gestionar cómo solucionarlo. No es sanitario, no salvas vidas, pero sí da mucha tranquilidad a 300 personas confinadas, algo que hoy escasea. El miedo lo lleva por dentro, como todos. De profesión, portero.

Tiene 62 años y aparenta una sorprendente normalidad para alguien que está trabajando ocho horas en la calle en la mayor pandemia de la historia moderna en nuestro país. Lo que ocurre es que está solo, no tiene más contacto que con Lucy, la limpiadora, porque como él mismo dice "la gente se está tomando muy en serio el confinamiento".

Él lo ve todo siempre, pero en esto días más. Eso le legitima para hacer una radiografía de la evolución de ese estado de alarma entre los vecinos de cinco inmuebles en Pozuelo de Alarcón (Madrid).

"No se ve un alma", cuenta. Hace días no ve a mayores por la calle, los niños escasean. Sabe quienes son esas dos o tres personas que salen a pasear porque le confiesan que no pueden aguantar el encierro. Y también aquellas que salen a fumar a la calle, (semi) escondidos. Muchos, dice. No entiende el "porqué la gente sale a fumar al portal en vez de hacerlo en su casa o abrir la ventana".

Le saludan y hablan con él porque "la gente tiene esa necesidad, sobre todo los que viven solos". Lo hace con sus precauciones, que son las mismas que tomamos todos. Su empresa no le ha dado indicaciones especiales para desempeñar su puesto.

Quizás por eso él mantiene no uno, sino tres metros de distancia con la gente. Pero no lleva mascarilla ni guantes. "Puede que sea algo insensato, pero eso sí me lavo las manos continuamente".

Lo que ocurre es que su zona de trabajo es la calle. Jardines, zonas de grava y zonas comunes. De interior, solo garajes. Lo mismo que hacía antes de la pandemia del coronavirus. Su trabajo apenas ha cambiado, aunque hay una variable nueva en su rutina: el miedo

"Hay un riesgo al venir a trabajar y claro que tengo miedo a contagiarme, pero no por mi trabajo, lo que pasa es que me da la sensación de que lo puedo pillar yo como cualquiera", explica.

La gente que le rodea trata de tranquilizarle. Tu trabajas en la calle, lejos de la gente, le comentan. "Sí, pero me veo mas expuesto al virus que tu, que estás en casa", responde Juan Carlos, a quien le preocupa más llevar el virus a casa, a su mujer.

De hecho, una de sus últimas tareas ha sido colocar en zonas comunes carteles con recomendaciones de la administraciones para el vecindario y, específicamente, para los que trabajan ahí, como él, que se cuestiona si su puesto es necesario o no en una crisis de este calado.

"Estoy entre medias, ni es muy necesario ni deja de serlo, aquí hay una avería como ahora con el agua y la gente me llama porque no tienen a nadie más ni confían en nadie más. Además está la basura, yo la saco porque siguen viniendo a recogerla", señala el portero.

Luego está lo que él cuenta como la "mala costumbre". Aquí hay cinco bloques de vecinos, pero no hay nadie que se preocupe de la comunidad. "La gente pasa de todo, salvo dos o tres", dice. De 300. "No me veo imprescindible pero tal y como está montado, es bueno".

Más allá de los aspectos cotidianos de su puesto, nadie le ha pedido ayuda. Ni siquiera para desinfectar los edificios. Pero él lo hace porque entiende que "es lo correcto", dice con una naturalidad que asombra, ahora sí pertrechado con mascarilla y la indumentaria especial que utiliza normalmente para fumigar. "¿Homologado?, no hay nada más".

Escaleras, pasillos, rellanos, entradas, cuartos comunes etc. "Al menos habré matado a algunos virus", afirma con una sonrisa en la boca mientras algunos vecinos se asoman para darle las gracias. Solo se han ido fuera de sus hogares el 20%, dice. El resto guarda una cuarentena muy seria. "El miedo está ahí y cada día va a más".

Lo que no es su responsabilidad es avisar a nadie en caso de contagios por coronavirus, aunque sabe que hay infectados. Lo sabe por las ambulancias que han llegado, por los sanitarios pertrechados con sus equipos, por cómo han salido algunas personas. "Yo no digo nada, pero lo veo todo".

Por Rafael Martínez