EFEMadrid

Mariano perdió su trabajo en un gran hotel de Madrid y engrosó las llamadas colas del hambre de las despensas solidarias que montaron a marchas forzadas las redes vecinales y que ahora, exhaustas de energías y recursos después de interminables meses encadenados, han comenzado una lenta desescalada.

Mariano tenía en su hotel a 200 personas a cargo pero llegó la crisis y él y su mujer (empleada eventual en Correos) se quedaron sin trabajo. Hace unos días encontró empleo como socorrista, pero va a continuar como voluntario en la asociación vecinal de su barrio recogiendo donaciones en Mercamadrid.

Nunca antes había participado en el tejido asociativo porque la "vorágine del trabajo" se lo impedía. "Trabajaba diez horas diarias. Llegaba a casa, me duchaba, cenaba y al día siguiente lo mismo".

Lo vivido, explica a EFE, "nos ha hecho levantar la vista del ombligo y ahora la gente ha cambiado muchísimo".

A fecha 31 de mayo, según datos de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), las 76 despensas de vecinos organizadas durante la crisis del coronavirus han alimentado a más de 52.000 personas, en total 15.000 familias, de las que 13.000 residen en la capital.

Barrios en los que los vecinos apenas se conocían "han sentido por primera vez en mucho tiempo que formaban parte de una comunidad", corrobora Jorge Nacarino, de la Asociación Vecinal de Puente de Vallecas.

"A nivel humano ha sido bonito ver a gente sin ningún contacto con el tejido asociativo de su barrio que se dejaban horas y horas en ayudar; hemos visto comerciantes que antes ni te miraban cuando ponías un cartel en su local estar ahora totalmente implicados y donando incluso cuando ellos atravesaban situaciones difíciles".

En definitiva, "se ha visto un cambio de actitud muy importante en la gente".

LA "DESESCALADA" PROGRESIVA DE LAS DESPENSAS

El presidente de la FRAVM, Quique Villalobos, explica que cinco meses después de estar al pie del cañón, los recursos y las energías de las redes de vecinos se debilitan: muchas personas se han reincorporado a sus trabajos y las donaciones se resienten porque han sido muchas semanas en las que el vecindario ha tirado de sus recursos para echar una mano.

"Ahora hay redes que están cerrando sus despensas. Veremos lo que pasa en lo que queda de mes y en agosto y septiembre, aunque algunas quedarán de retén. Lo peor es que no acaba de llegar la coordinación y la comunicación adecuada con los servicios sociales del Ayuntamiento de Madrid; depende mucho de la junta municipal y de quién está ahí".

Estas redes, enfatiza, nacieron porque había "una carencia brutal y no con vocación de perpetuarse ni suplantar a nadie, pero así es como lo han visto tanto la parte política como la parte técnica de muchas juntas de distrito". Y subraya que "el estómago no tiene paciencia" para aguantar hasta seis semanas de espera para la tramitación de las ayudas.

El Ayuntamiento de Madrid sostiene que tiene capacidad para atender a las personas que han acudido a estos lugares para poder comer, como hace con los 88.000 ciudadanos que reciben el apoyo de los servicios sociales municipales.

Con la vuelta de la actividad y el cobro o el fin de los ERTES, el Consistorio no detecta ya el aluvión de peticiones del comienzo de la crisis, pero continúa "un importante nivel de peticiones", mayor al de otros años, explica el Ayuntamiento madrileño, que el 9 de julio fue escenario de una protesta de entidades vecinales para pedir un plan urgente de emergencia social.

300 LLAMADAS DIARIAS DE PERSONAS DESESPERADAS

En el pico de la pandemia, Ángel, un inmigrante hondureño sin papeles y voluntario de la Red Solidaria de Villa de Vallekas, atendía junto a su pareja una media de 300 llamadas diarias. Sus cuatro móviles echaban humo.

"Hubo llamadas de gente llorando, que vivía sola, o de mujeres solas con cuatro niños. Se te rompe el alma al escuchar todo eso. La cosa se fue expandiendo y empecé a recibir llamadas de Toledo, Ciudad Real, de Barcelona. ¿Cómo tenían nuestros teléfonos?", se pregunta Ángel, cuya despensa ha distribuido 2.600 cestas. En estos momentos atienden a 60 familias.

A las despensas llegan todo tipo de perfiles, jóvenes, mayores, inmigrantes, y profesionales que perdieron su empleo, desde informáticos a abogados. Muchos eran la primera vez que se veían en esta situación.

LOS INVISIBLES

A Jorge Nacarino, de la Asociación Vecinal de Puente de Vallecas, le preocupan ahora dos perfiles: los "sin papeles" que no pueden acceder a los servicios sociales porque no están empadronados y los perceptores de rentas mínimas que las complementan con la economía sumergida, desaparecida estos meses (mercadillos, chapuzas, empleo doméstico).

"El Ayuntamiento sigue insistiendo -afirma- en que como son perceptores de una renta mínima no necesitan más ayuda y eso no es cierto. Una persona con 400 euros en Madrid no vive".

Añade que hoy sí funcionan las derivaciones a los servicios sociales -al comienzo de la crisis nadie cogía el teléfono-, pero "necesitamos una solución para estas personas".

La red vallecana Somos Tribu ha derivado a 1.909 familias a servicios sociales (4.070 adultos y 2.293 menores) de los barrios de San Diego, Doña Carlota, Palomeras y Entrevías.

Al contrario de lo sucedido en otros lugares, Nacarino explica que en Puente de Vallecas, Arganzuela y algún otro distrito madrileño ha habido una respuesta "si no buena, sí más o menos organizada con los servicios sociales".

Las redes vecinales -subraya- quieren evitar la cronificación de estas ayudas, por lo que se están intentando reorientar para que la gente que pide ayuda se involucre dentro de la red. "No somos Cáritas ni un Banco de Alimentos, me parece muy bien lo que hacen pero nuestra labor no es esa".

La ciudad de Madrid habría sido un "caos" sin la ayuda de los vecinos, argumenta, por su lado, el presidente de la FRAVM.

"Si las 15.000 familias atendidas hubieran hecho cola a las puertas del Ayuntamiento dudo que la actual estabilidad del Gobierno municipal pudiera existir", afirma.

Marina Segura