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Desde los días en que veía cómo su abuela se aburría en la residencia de mayores, hasta sus estudios posdoctorales, la investigadora Josefa Ros ha hecho del aburrimiento su campo de investigación, y se ha propuesto crear un protocolo para prevenir este factor de riesgo, origen de patologías físicas y mentales.

Con 33 años recién cumplidos, pero una amplia trayectoria académica e investigadora, Ros recibió la pasada semana el galardón Julián Marías 2020 a la carrera científica para menores de 40 años. Una dedicación a la investigación con la que intenta “devolverle un poco a la sociedad, tratando de aportar algo a este problema”, y que en su caso “viene mucho de lo personal”.

“Desde la adolescencia tuve a mi abuela en una residencia, y aunque no era consciente como ahora del factor de riesgo que esto implica, ella me transmitía que se aburría, que nunca les habían preguntado si las actividades les gustaban, y esto era algo que se percibía allí de manera general”, dice.

Con el estudio que está iniciando, Ros, investigadora del Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid, pretende “dar la voz de alarma” sobre este fenómeno que “en España se nos está pasando por alto y que está demostrado por la literatura que viene aparejado de graves consecuencias a nivel de salud física y mental”, cuyos riesgos sí son tenidos en cuenta en Estados Unidos o los países del Norte de Europa.

“El aburrimiento es un problema en la tercera edad no solo por el malestar que experimenta el mayor, como cualquier persona cuando lo padece, sino también porque en la tercera edad impulsa que se agraven otro tipo de problemas”, alerta.

“La lista es larga”, según Ros: “hablamos de trastornos del sueño, conductas más violentas, aislamiento del mundo exterior y de la propia familia, desinterés por lo que sucede en la misma residencia y a la gente que está a su alrededor, trastornos alimenticios…”, indica.

En cuanto al deterioro físico, añade, “sentirse aburrido, este desinterés por las cosas, no alimentarse bien, tener trastornos del sueño, moverse cada vez menos, tener menos interacciones, todo esto influye en el deterioro que ya de por sí va aparejado al envejecimiento”.

La realidad tan visible como ignorada del aburrimiento que muchas personas internas en residencias padecen se ha hecho más evidente durante la pandemia, “y ahora que se está prestando atención a las personas mayores se están viendo cosas que antes quizá nos pasaban desapercibidas”.

“Es enorme la cantidad de testimonios que se han visto durante la pandemia de mayores, incluso de mayores que han llegado a sufrir la covid, diciendo que la experiencia cercana a la muerte había sido un baño de realidad, pero que lo peor de todo ha sido el aburrimiento”, indica la investigadora.

Los beneficios de prevenir el aburrimiento son evidentes “en países en los que la inversión que se hace en estas cuestiones es muy elevada, porque han comprendido que es un factor de riesgo”, explica, y esto “va de la mano de una mejora de las condiciones de salud física y mental, incluso en mayores con demencia o Alzheimer”.

Por ejemplo, “en las residencias en las que se empiezan a aplicar protocolos de prevención del aburrimiento, los estudios demuestran que mayores que habían adelgazado muchísimo después de un tiempo internados y no comían, vuelven a comer con regularidad y a tener apetito”.

La solución pasa, según la investigadora, por “preguntar a los mayores” y “no solamente ofrecerles una serie limitada de actividades sin saber si son significativas para ellos”.

“Han vivido una vida larguísima, algunos han vivido guerras, han formado sus propias familias, saben lo que quieren y lo que no”, añade.

El estudio de Ros, para el que aún busca financiación, pasa por encuestar a 400 personas mayores internas en residencias públicas de la Comunidad de Madrid, tanto para confirmar sus hipótesis como para “dar voz a los mayores para saber lo que a ellos les gustaría”.

Su intención es plasmar esas preferencias en “un protocolo básico de prevención primaria del aburrimiento en las residencias”, para ser compartido especialmente con las propias residencias y que estas “pongan los medios y pidan la financiación necesaria”.

Más de 350 ciudades europeas celebraron ayer la Noche de los Investigadores. Una iniciativa de la Unión Europea que tiene como objetivo mostrar el impacto del trabajo científico en la vida cotidiana y su beneficio social.

En su caso, con su investigación Ros pretende promover un “cambio cultural” que “no tiene por qué resultar costoso”. “Por ejemplo, muchos manifiestan su deseo de tener una mascota, a lo mejor tener un canario en la habitación, fíjate qué tontería, ¿verdad? Pero nadie les ha preguntado nunca, ni siquiera se les ha dado la posibilidad”, cuenta.

Marina de la Cruz