EFEMwea (Kenia)

En las pizarras de la Escuela de Primaria de Roka, en el centro de Kenia, aún quedan restos de la última clase que dieron en marzo sus alumnos de 5 años, pero no pupitres ni libros: solo un centenar de pollos que cacarean por el heno ajenos a la lección inacabada.

Este colegio privado de Mwea, un pueblo a unos 100 kilómetros al norte de Nairobi, ha convertido las aulas en criaderos de pollos y el patio del recreo en un huerto donde dos profesores han cambiado las tizas por "sukuma" (una especie de col rizada) y espinacas.

Kenia dio por perdido el curso escolar este año por la COVID-19 y las escuelas privadas, sin los ingresos de las cuotas escolares, buscan otros negocios más lucrativos para evitar la ruina total.

"No me sorprendió, me lo esperaba", dice a Efe el dueño del centro, James K. Kung'u, en una sala de profesores vacía. Veía lo que sucedía en Asia, en Europa y sabía que llegaría a África también, pero no se esperaba que fuera más temprano que tarde.

Kung'u cree que la decisión de cerrar los colegios el 15 de marzo, cuando no se había acabado ni el primer trimestre, fue precipitada.

MEDIO AÑO SIN NIÑOS

"Cada mañana me levanto pronto, vengo al colegio donde debería haber niños, pero no los hay, y me queda una sensación amarga", lamenta este director, de 70 años y que, tras cuarenta dedicados a la enseñanza, decidió fundar su propio centro.

El cierre, al principio, era una medida temporal de 30 días que se extendió hasta que en julio el propio ministro de Educación, George Magoha, anunció: "el año escolar 2020 se considerará perdido por las restricciones de la COVID-19". Una decisión insólita en el mundo, que afecta a más de 18 millones de estudiantes kenianos.

"Nos quedamos sin trabajo, sin nada que hacer", recuerda Kung'u.

"Cuando tuvo la idea en mayo, éramos escépticos y no parábamos de preguntarle: ¿y dónde van a jugar nuestros niños?", asevera el jefe de estudios, Moses Wandera, un joven profesor vocacional que ahora ocupa sus días regando y cosechando el patio.

Ahora, en el "rincón de juego" de la clase de PP2, el equivalente al último curso de infantil, están los pollos de apenas un mes. Según crecen, van pasando de curso hasta llegar a la última clase: ahora, en vez de por alumnos a punto de ingresar en la enseñanza secundaria, está ocupada por gallos que pronto marcharán al mercado.

Cuando James los llama, entran en tropel al aula, salvo un par que, como adolescentes rebeldes, intentan escabullirse y no ir a clase.

A apenas un kilómetro, otra escuela privada sigue sus pasos. "¡Bienvenidos al excolegio Mwea Brethrem!", saluda su dueño, Joseph Maina. "¡Ahora es una granja de pollos!", exclama a Efe emocionado, mientras por teléfono toma un pedido de 4.000 pollitos que se unirán al millar que ya tiene desde que empezó este negocio el 12 de junio.

En la pizarra ya no queda ni rastro de las declinaciones de suajili de la otra escuela. Hay calendarios de vacunación, tablas con la cantidad de comida para los pollos y otro tipo de cálculos.

"¿Volverá a abrir el colegio?". Maina se lo piensa en un prolongado silencio. "Depende", responde finalmente, "de las medidas y de cuánto nos apoye el Gobierno".

UNA ESCUELA PÚBLICA SATURADA

De las casi 90.000 escuelas que abarcan de educación infantil a secundaria en Kenia, casi un tercio son privadas, en manos de empresarios y organismos religiosos o benéficos.

En las últimas décadas, las cifras de asistencia a primaria se han multiplicado hasta superar el 90 % en 2016, pero mientras que el número de escuelas públicas ha aumentado el 13 %, las privadas han surgido como hongos, con un crecimiento de más del 64 %.

"Imagina un niño que procede de una familia de clase media, que le llevan a un centro público con un solo baño para 200 alumnos, donde el profesor no puede dar atención personalizada porque tiene a 60 alumnos en clase, que no es capaz de mandarles deberes porque no va a poder evaluarlos", ejemplifica el responsable de Comunicación de la Universidad Técnica de Kenia, Ken Ramani.

"La única opción que nos queda es ir a la privada, donde al menos no hay congestión, los niños pueden comer mejor y reciben atención personalizada", razona Ramani.

El cierre de las escuelas ha dejado en situación crítica muchos de estos centros. "Te lo digo, muchos no volverán a abrir", recalcan tanto Maina como Kung'u. El primero recuerda que escuchó en la televisión que el dueño de un colegio se dedica a la venta ambulante y Kung'u menciona a otro que se suicidó "por la frustración".

LAS CLASES ONLINE, "UN MILAGRO"

Las escuelas más exclusivas de Nairobi han optado, como en otras partes del mundo, por seguir cobrando las cuotas y dar clase online.

En Roka lo intentaron. El jefe de estudios creó un grupo de WhatsApp, pero "no todos los estudiantes podían acceder" y lo dejó para plantar espinacas.

"Tal como yo lo veo, es un milagro. Seguimos siendo un país en desarrollo", justifica Kung'u, quien recuerda que en muchas partes de Kenia aún no han visto un teléfono inteligente.

Vincent Njuki, un joven de 19 años de Mwea, empieza la próxima semana la universidad. Estudiará Educación, pero lo hará en línea y desde su móvil porque no tiene ordenador. "No creo que vaya a funcionar", subraya.

Más allá de las pantallas, muchos estudiantes han repasado los libros que se pudieron llevar de la escuela, aunque después de seis meses les cueste abrirlos.

"He llegado a aburrirme de estudiar, repasé todo el temario y me aburro, ¡hasta se me olvida lo que leo!", confiesa Rita Angela Wambui, una aplicada estudiante de 14 años.

"Los padres tienen que trabajar, los niños se quedan en casa y nadie cuida de ellos, por lo que se pueden meter en cosas feas", advierte el director de Roka, que señala el aumento de los embarazos adolescentes durante la pandemia.

Tras el anuncio de julio, el ministro de Educación sugirió el pasado fin de semana que los colegios quizás podrían abrir en noviembre para que los alumnos de últimos cursos de primaria y secundaria puedan prepararse los exámenes.

La vuelta no será fácil. "No se van a construir aulas de la noche a la mañana, no se ha hecho desde marzo y no va a suceder en los próximos tres o cuatro años", critica Ramani. "Recemos para que el virus se vaya porque la distancia social es un milagro que no va a pasar".

Los dueños de Mwea Brethren pensaban comenzar a vender los pollos adultos en noviembre. El director de Roka asevera que puede reconvertir el huerto en un patio de colegio en unas horas, pero ninguno de los dos quiere volver a depender solo de la educación.

"Los tiempos difíciles no durarán para siempre", alega Kung'u. "Si viene un segundo coronavirus, me encontrará más preparado; y si viene un tercero, seré una persona diferente", añade esperanzado.

Irene Escudero