EFEEl Cairo

Las calles sin asfaltar del humilde barrio cairota de El Bassatin se llenan cada medianoche de Ramadán cuando Dalal sale a pasear azotando un tambor con una manguera y gritando el nombre de sus vecinos para que no olviden el suhur, el último bocado antes de que el sol traiga una nueva jornada de ayuno.

"Es hora de comer, Mohamed! Despierta, Fátima! Despertad a vuestros padres también!", exclama Dalal Abdelkader, una madre y abuela de 47 años que durante el día trabaja en una lavandería y por la noche se transforma en la "mesaharati" del barrio, una suerte de sereno que avisa a los vecinos sobre la última oportunidad de comer.

Durante el mes de Ramadán, los musulmanes deben ayunar y abstenerse de fumar, así como de mantener relaciones sexuales durante las horas diurnas, unas restricciones que terminan con la puesta del sol y se vuelven a imponer al amanecer.

La tarea del mesaharati de cada barrio de El Cairo es romper el sueño de sus vecinos batiendo el tambor mientras grita sus nombres a altas horas de la madrugada para que ingieran el último alimento antes del ayuno, una antigua tradición islámica normalmente reservada a los hombres pero con cada vez menos pretendientes para mantenerla viva.

Consciente de que ser mujer y mesaharati es algo excepcional, Dalal jamás se ha encontrado con ningún problema porque en el barrio la conocen, aunque confiesa que hay vecinos que “quedan sorprendidos” al escuchar a una mujer golpeando el tambor y chillando su nombre.

“Yo represento a la mujer egipcia de barrios populares que es capaz de todo, además de dar alegría a los demás por poco que tenga”, dice orgullosa.

Todas las noches del mes sagrado, después de romper su propio ayuno y tomar una infusión, Dalal pone a punto su tambor y su garganta, los instrumentos que todo mesaharati debe dominar para amenizar las coloridas madrugadas del Ramadán egipcio y asegurarse de que nadie vaya a dormir con el estómago vacío.

Sale de casa un poco antes de medianoche acompañada de uno de sus hijos, que le ayuda a cargar con el tambor, y se sube a un tuk-tuk (motocarro) hasta la otra punta del barrio, un recorrido de tres horas que deshace a diario a pie y a grito pelado.

Cuando saca su caja de percusión, decorada con motivos islámicos y con un estampado del “orgullo de Egipto”, el futbolista del Liverpool Mohamed Salah, los niños la reconocen al instante y corren detrás de ella para suplicarle que vocee sus nombres mientras azota el parche del instrumento con un trozo de manguera raído.

La misma Dalal reconoce que los niños del barrio la consideran una segunda madre y el resto de vecinos, una hermana, por el esfuerzo que hace a diario para alimentar el folclore del Ramadán egipcio y conservar una tradición amenazada.

Hija y hermana de mesaharati, hace ocho años decidió desenfundar el tambor por primera vez para proteger el legado familiar tras la muerte de su hermano, de quien aprendió la tradición cuando le acompañaba durante sus periplos nocturnos.

“Mi hermano me decía que el Ramadán es un huésped muy querido al que hay que recibir con honores”, advierte la mujer, que añade que debe mantener viva la pasión de su hermano porque le recuerda mucho a él y a su padre.

Asegura que hacer de mesaharati es lo que más le llena en estas fechas de reuniones y alegría que ya no puede compartir momentos con sus familiares.

Aunque cada noche esboza sonrisas en caras ajenas, confiesa a Efe que, tras la muerte de su hermano, el Ramadán se convirtió en un “momento difícil” que alivia saliendo a la calle con la compañía de los más pequeños.

"La esperamos cada noche y la seguimos para aprender a cantar y para poder repetirlo, porque cuando crezca quiero ser mesaharati", exclama Wissa, un niño de 6 años que sigue a Abdelkader y no para de pedirle que grite su nombre más fuerte que el de los demás.

Los niños del barrio se asoman por el balcón o salen de sus casas para seguir a Dalal por las laberínticas calles de El Bassatín hasta que sus padres, también emocionados por la presencia de la mesaharati, les ordenan volver.

Pero antes, los pequeños la rodean y le impiden continuar hasta que Dalal les llame por el nombre.

Carles Grau Sivera