EFEMadrid/Zúrich

Hace justo cuatro meses que no piso un aeropuerto. Por fin llega julio y vuelvo a volar, una opción un tanto atípica a juzgar por los pocos viajeros que veo en Barajas, todos como yo "enmascarillados" para abordar la aventura antes tan cotidiana de subirse a un avión.

Me cuenta Juan, el taxista, que tampoco él había estado en Barajas desde el estado de alarma. "Eres mi primera pasajera al aeropuerto desde marzo", anuncia, y me explica que quizás ahora en julio todo se reactive, pero que por el momento pocas carreras ha hecho a las estaciones de tren o de autobús.

Desde luego, dice, me envidia, aunque él tiene previsto volar la segunda quincena de agosto a Tenerife. Reservó el viaje en febrero y está deseando estar tranquilo en la playa, porque la isla ya la conoce y después de esta racha lo que necesita es descansar.

Se explaya en todo esto mientras llegamos a la T4, que parece mi pueblo en el día sin coches. Cuento seis taxis y tres turismos desperdigados.

La primera a la que me asomo está cerrada por la COVID-19, así que retrocedo un poco hasta encontrar una puerta abierta. Dos vigilantes de seguridad comprueban la reserva de mi vuelo -porque al aeropuerto ya solo se accede para embarcar, prohibido recibir a familiares- y me dejan pasar.

A la vez que yo, entra corriendo un hombre de unos 40, alto, vestido de uniforme, que bromea con los guardias: "No sé si sabré cuál es mi sitio después de cuatro meses sin venir". Parece contento por trabajar de nuevo.

De los doce paneles que anuncian los vuelos, nueve están vacíos. Es una carta de destinos poco sugerente para ser 1 de julio, así que, en medio de una pandemia mundial, volar a Zúrich como yo hago me resulta más exótico que un viaje a Myanmar en plena normalidad.

Por lo general, los viajeros guardan la distancia en los mostradores de facturación, aunque sea difícil acostumbrarse a unos metros de seguridad que son distintos según el punto del aeropuerto dónde estás.

Aena establece un metro y medio de separación, algunas tiendas de comida rápida lo extienden a dos, y en las zonas de espera junto a las puertas de embarque la distancia es 'una silla ocupada y una no', cosa que, en el fondo, te prepara para el avión, donde tienes al pasajero de al lado a unos 20 centímetros.

En los restaurantes se percibe cierta exigencia: una empleada llama la atención a un señor que se come un bocadillo demasiado cerca de otros clientes, y una chica ruega a otra que le respete su espacio vital.

De cualquier modo, no hay casi nadie en el aeropuerto, lo normal si se tiene en cuenta que se programaron este 1 de julio en toda España menos de 1.500 vuelos frente a los 6.500 del mismo día del año pasado.

En el control de seguridad tengo solo 27 personas por delante, dos perros y un gato que no para de maullar. Todos los viajeros se tapan con mascarilla: me fijo en que diez llevan FPP2, 16 higiénica, y solo una joven luce una mascarilla de tela, negra y de corazones de colores.

De camino a la puerta de embarque -H37- no se ven apenas compradores en los "Dutty Free". Aun así, dice un vendedor que bueno, que va mal, pero que hoy por primera vez ha habido movimiento.

Me doy cuenta de que llevo dos horas en el aeropuerto y aún no me he puesto gel hidroalcohólico. En ningún punto lo han considerado obligatorio, pero ahora me acuerdo y echo mano del que tengo en el bolso. Tampoco me han tomado la temperatura. Pregunto y me explican que se controla a quienes entran a Madrid, no a los que se van.

El embarque del vuelo IB3474 va con algo de retraso. Ya en la pasarela, a punto de entrar al avión, se arma un revuelo tremendo. "Por favor, llamen al médico", "ahí hay una señora enferma", "esto no puede ser", se quejan algunos pasajeros.

Es por una señora de unos 70 años que no para de toser: lleva en su mano una bolsa de papel con la que recoge su vómito, y el que parece su marido permanece al lado en silencio, con tremenda cara de preocupación.

"¡Esa señora no puede pasar!", se escucha decir a una azafata. La gente respira aliviada: los dejan en tierra y entramos los demás.

El avión va repleto. Piden que guardemos "toda la distancia de seguridad que se pueda" mientras avanzamos hacia nuestros asientos. Me toca el 25B, o sea que voy en medio, con la suerte de que la pasajera de al lado es una chica súper agradable que me cuenta que viaja a visitar a su novio, que es suizo.

Lo conoció en Zúrich el año pasado y no se han visto en seis meses así que, dice, está nerviosa: tiene claro que su relación ni de broma aguanta una segunda ola.

La tripulación suma a los avisos de seguridad uno específico por la COVID-19. La sobrecargo nos recuerda que el uso de la mascarilla es obligatorio, aunque nos pide, y es textual, que si en caso de despresurización de la cabina hay que utilizar las mascarillas de oxígeno, primero debemos quitarnos las nuestras.

Después la comandante nos comenta que el sistema de circulación del aire del avión hace que se renueve cada dos o tres minutos, y que unos filtros eliminarían en caso de haberlo el coronavirus. Nos desea que volemos tranquilos.

Madrid, por fin, va a quedando a nuestros pies. Alzamos el vuelo y me asalta un miedo de esos de "vieja normalidad". ¿Habrán revisado los motores? ¿Afectará a los aviones este parón de cuatro meses igual que a los coches de dos de mis amigas, que por no usarlos han tenido que cambiar las baterías?

Son casi las siete de la tarde cuando aterrizamos. Las autoridades suizas ya tienen las "fichas de trazabilidad" para localizarnos por si detectan algún caso de COVID-19 entre los pasajeros del vuelo.

Ya estamos en Zúrich. Y está como siempre, tranquila, aunque me siento extraña y hay algo que me recuerda al pasado. ¿Pero qué sucede aquí? ¿Qué les pasa a los suizos, por qué no llevan mascarilla?.

Lourdes Velasco.