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La posibilidad de emitir deuda perpetua -sin plazo de amortización- para financiar la recuperación de la economía europea genera discrepancias entre los expertos porque los aspectos positivos -no hay que devolver el principal del préstamo- se ven contrarrestados por otros que lo son menos, como unos tipos de interés más altos o las dudas sobre el interés de los inversores en este tipo de producto.

Los bonos perpetuos -planteados, por ejemplo, por el Gobierno español y por el inversor George Soros- fueron comunes en los siglos XVIII y XIX, sobre todo en EE.UU. y el Reino Unido, donde se conocían como "consols", pero entraron en desuso después de la Primera Guerra Mundial. El Reino Unido utilizó deuda perpetua para financiar las guerras napoleónicas y la Gran Guerra.

Aunque los bonos perpetuos prácticamente han desaparecido, en la actualidad sí existen emisiones "semiperpetuas", con plazos que llegan incluso a los cien años.

El primer elemento diferencial de la deuda perpetua es que no tiene fecha de amortización, por lo que, si un inversor quiere recuperar su dinero, debe venderla en el mercado.

Según Nicolás López, de MG Valores, esta característica "plantea lógicamente un riesgo de fluctuación de los precios".

"Con un bono normal, el inversor sabe que en la fecha de vencimiento recibirá el mismo dinero que invirtió inicialmente. En los bonos perpetuos, como se venden en el mercado y el precio puede fluctuar, hay un riesgo", explica.

La consecuencia, a su juicio, es que los bonos perpetuos "pagan un tipo de interés mayor que los bonos normales a plazos más cortos".

López recuerda que la deuda perpetua tuvo "cierto auge" en los siglos XVIII y XIX, especialmente en el Reino Unido, donde la compraban las grandes fortunas, que valoraban su estabilidad y sus tipos de interés elevados.

"Después fueron desapareciendo y a partir de la Primera Guerra Mundial han dejado prácticamente de existir. Los que se emitieron en su momento se fueron amortizando", apunta.

Para López, la ventaja de los bonos perpetuos es que "diluirían mucho en el tiempo el pago o el coste de esta financiación". No obstante -añade- "la gran duda sería a qué tipo de interés se podrían emitir estos bonos para que fuesen atractivos para los inversores", teniendo en cuenta que ahora mismo los Estados "se pueden financiar a coste cero a plazos de diez o quince años".

"Veo difícil que pudieran lanzarse emisiones por los importes tan altos de los que se está hablando. Veo difícil que realmente haya un interés por parte de los inversores como para absorber esas emisiones, salvo que se hicieran a unos tipos de interés muy altos", remata.

Pablo Gil, de XTB, recuerda que en los últimos años se ha emitido deuda semiperpetua, con plazos de amortización de entre cincuenta y cien años, en países como Bélgica, Francia, Austria, Suiza e incluso España.

En su opinión, en la actualidad "confluyen dos circunstancias que son muy atractivas para que los emisores recurran a este tipo de deuda perpetua o semiperpetua: por un lado, que la mayoría de las economías desarrolladas han tenido que impulsar políticas fiscales agresivas que han desencadenado déficits históricos; y, por otro, que los tipos de interés estén en mínimos históricos". "Eso hace que sea muy tentador para los gobiernos", recalca.

Gil considera que la deuda perpetua podría ser "una alternativa para los inversores con un espacio temporal de muy largo plazo". A su juicio, los candidatos perfectos serían los fondos de pensiones y las compañías de seguros.

A finales del abril, el Gobierno español planteó la creación de un fondo europeo de recuperación dotado con entre un billón y un billón y medio de euros, y propuso financiarlo con deuda perpetua europea.

En aquella ocasión, fuentes comunitarias pusieron en duda que se pudiera llegar a un consenso sobre la deuda perpetua, aunque sí sobre emisiones a plazos largos.

La semana pasada, George Soros instó a la Unión Europea (UE) a emitir bonos perpetuos para hacer frente a la crisis económica provocada por la epidemia de coronavirus.

Soros destacó que estos bonos solo conllevan la obligación de pagar un interés anual que, en la coyuntura actual, resultaría "insignificante".