Carmen Martín | EFEMadrid

La decisión de los duques de Sussex de alejarse de la corona británica, crisis conocida como "Megxit", junto con el escándalo del Príncipe Andrés o los caprichos al volante de Edimburgo, además de disgustar a la reina, están haciendo tambalear los cimientos de los Windsor.

La reina Isabel II, a sus 93 años, no gana para disgustos. A sus preocupaciones por los problemas del Reino Unido y el Brexit durante doce meses marcados por la crisis del país por su salida de la Unión Europea (UE), se suman el revuelo mediático de su propia familia.

Este lunes, Isabel II preside una reunión con su hijo, Carlos y su nietos, Enrique y Guillermo, en su residencia de Sandringham (Inglaterra) para abordar el futuro papel en la monarquía de los duques de Sussex, Enrique y Meghan, quien participará por teléfono desde Canadá, donde la exactriz se encuentra desde hace unos días con su hijo Archie.

Por experiencia, la reina Isabel sabe que hay que zanjar el tema "Megxit" cuanto antes, en su memoria y en el de la sociedad británica aún permanece la decisión de Eduardo VIII renunciar al trono por amor a Wallis Simpson o la complicada relación de Lady Di con Carlos de Inglaterra.

El pasado miércoles, la tormenta en palacio volvió a estallar vía Instagram por los duques de Sussex, que desean dar un paso atrás en sus obligaciones públicas y ser independientes económicamente.

Una decisión que ha "enfurecido" a la Isabel II, quien junto a su hijo Carlos de Inglaterra y su nieto Guillermo se han sentido "ninguneados", según han publicado los periódicos británicos este domingo. Los medios más conservadores tildan a la pareja de "niñatos consentidos".

El cinco por ciento de los gastos oficiales de los duques de Sussex provienen de los fondos públicos que otorga el Gobierno a la monarquía, mientras que la mayor parte de sus ingresos llega a través del ducado de Cornualles, la amplia cartera de propiedades e inversiones del príncipe Carlos.

Esas cifras no incluyen, sin embargo, el coste de su seguridad y los gastos de viajes oficiales al extranjero, uno de los temas a abordar en la reunión de hoy.

En la reunión también se resolverá si los duques mantienen sus títulos, si tendrán que asistir a viajes oficiales o si deberán ir a ceremonias oficiales, así como si tendrán que devolver al erario público los gastos de la reforma de Frogmore Cottage, su residencia en Windsor.

El periodista Tom Bradby, amigo de Enrique, indicó ayer en un artículo en "The Sunday Times" que, si la pareja no logra la libertad que reclama, podría ofrecer una entrevista televisiva que sería potencialmente dañina para la monarquía.

Nada hacía presagiar esta tormenta en la monarquía inglesa, tras su rejuvenecimiento con la llegada de Meghan Markle y su posterior boda que disgustó a los más conservadores quienes en un principio no estaban muy de acuerdo en que la mujer de Enrique fuera una actriz de Hollywood, divorciada y de raíces afroamericanas.

Pero la crisis comenzó el pasado mes octubre con un documental del canal británico ITV, en el que los duques de Sussex, hablaron abiertamente acerca de lo que supone ser parte de la familia real y de las repercusiones que esto conlleva.

El distanciamiento entre los Enrique y Meghan con la casa Windsor era evidente desde hace tiempo, más desde que decidieron pasar seis semanas en Canadá.

El cuento de hadas ha durado menos de dos años desde que Meghan y Enrique contrajeran matrimonio, un enlace que estuvo rodeado de polémica por la ausencia del padre de la exactriz y el rifirrafe que mantuvo con la familia por la elección de su tiara nupcial.

Entre las duquesas de Sussex y de Cambrige no ha habido química, lo que ha supuesto un distanciamiento entre los hermanos, ya no existe cercanía entre ellos. "He abrazado a mi hermano toda la vida y ya no puedo hacerlo más. Somos dos entidades separadas", ha recogido el "Times", la confesión del heredero de la Corona Británica a un amigo.

Un disgusto y decepción que ha seguido a la polémica surgida por la amistad entre el príncipe Andrés, duque de York, segundo hijo varón de Isabel II, y el multimillonario estadounidense Jeffrey Epstein, acusado de tráfico y abuso sexual de menores.

Tras la famosa entrevista, en la que el duque hizo una serie de declaraciones que fueron duramente criticadas por considerar que no mostraban ninguna empatía hacía las víctimas de Epstein, el duque de York, de 59 años, decidió renunciar por un plazo indeterminado a sus funciones para evitar dañar la imagen de la monarquía y de las empresas y organizaciones con las que colabora.

 Para redondear los disgustos de la reina Isabel II, el duque de Edimburgo, de 98 años, aparte de sus complicaciones de salud que le llevaron a ingresar en el hospital a finales de 2019, también se ha encargado de dar algún que otro quebradero de cabeza a su esposa gracias a su empeño de ponerse al volante que le llevó a sufrir un apatoso accidente en enero de 2019 del que salió ileso, pero que dejó a dos mujeres heridas leves.

Antes esta crisis y su evolución ¿el 2020 será un segundo "annus horribilis" para la reina Isabel II?.