EFEToledo

La humanidad de hace 4.500 años tenía una enorme curiosidad y muchas ganas de aprender, pero también una gran capacidad matemática, y con todo ello nos han legado monumentos megalíticos como el espectacular crómlech de Totanés (Toledo), uno de los mayores de la Península, cuyas rocas marcan salidas y puestas del sol.

Antonio Pérez Verde (Casas Ibáñez -Albacete-, 1981) es un ingeniero de Telecomunicaciones y astrónomo aficionado, desde la infancia, que compagina su trabajo en el sector privado con la divulgación científica y que acaba de publicar el libro ‘Por qué mirábamos las estrellas’, que presentará este miércoles día 18 en Toledo, en un acto organizado por el colectivo ‘Ciencia a la carta’.

En una entrevista con la Agencia Efe, Pérez Verde ha hablado de los monumentos y estructuras megalíticas de las que habla en su libro, situadas en diferentes lugares del mundo, pero sobre todo del crómlech de Totanés, una localidad de Toledo en la que hay una disposición circular de rocas colocadas hace 4.500 años en base a la salida y puesta del Sol en los solsticios y equinoccios.

Ildefonso Gutiérrez, vecino de Totanés y su alcalde entre 2011 y 2019, sentía curiosidad desde pequeño por ese conjunto de enormes rocas que veía cuando iba al campo con el rebaño de la familia, sobre todo porque no estaban tan juntas como para ser un cerramiento para el ganado.

Pasaron los años y siendo alcalde, en 2016. unos arqueólogos de 'Cota 667' fueron a Totanés para fotografiar un verraco vetón de la plaza; el alcalde aprovechó y los invitó a acercarse al lugar que le intrigaba desde niño.

"Enseguida vieron que podría tratarse de un crómlech, que son círculos de piedras creados por el hombre en el megalítico", ha indicado Pérez Verde, con quien estos arqueólogos contactaron aquel mismo año 2016 durante las investigaciones y excavaciones que estaban realizando.

Con la ubicación exacta de las piedras, este ingeniero comprobó que coincidían con salidas y puestas de sol en equinoccios y solsticios, y que sus trayectorias se juntaban en un punto determinado donde, al excavar, los arqueólogos hallaron indicios de que existió un poste de madera cuya sombra proyectaba sobre una piedra aportaba información sobre la época anual.

"Era un reloj que marcaba las estaciones. Ellos no tenían conceptos de año o estación, pero se regían por la sombra del poste para cultivar, recolectar o saber cuando llegaban las aves migratorias", ha explicado.

Finalmente, las investigaciones arqueológicas y las alineaciones astronómicas han concluido que el conjunto de piedras de Totanés es un crómlech de unos 4.500 años de antigüedad.

Uno de los aspectos que este ingeniero ha aprendido es que aquellos hombres tenían muchos más conocimientos de los que pensaba que tenían, en especial porque calcular los solsticios era "relativamente sencillo" -el sol llega al norte y en un punto límite se detiene y vuelve hacia al sur-, pero los equinoccios "no son un cálculo directo sino que suponen un cálculo matemático" y conocer el punto medio entre los dos solsticios.

Las rocas del crómlech de Totanés son potentes, de unos veinte metros de diámetro, con lo que este monumento megalítico se sitúa entre los más grandes de la Península.

Pérez Verde ha trabajado en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) donde ha podido compaginar su formación como ingeniero en Telecomunicaciones con la Astronomía.

Su libro ‘Por qué mirábamos las estrellas’ está dividido en cuatro bloques: las grandes estructuras megalíticas; los crómlech (Totanés, Los Almendros en Évora -Portugal- y Stonehenge, en Reino Unido); dos instrumentos (el disco celeste de Nebra, en Alemania, y el mecanismo de Anticitera, que se encontró en un naufragio frente a las islas griegas), y representaciones de eclipses, supernovas y cometas.

Lidia Yanel