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Convertido en uno de los protagonistas de la escena del flamenco en Japón, El Niño Cagao ha recorrido con su cante los principales tablaos del país desde que llegó hace dos décadas, equipado con una guitarra y la inocencia de un niño.

"Para empezar, no soy cantaor de flamenco, más bien me considero un samurái flamenco", asegura a Efe antes de un concierto el artista gaditano de 41 años, cuyo estilo se ha desarrollado bajo la influencia de los profesionales del cante nipones.

Nació en Cádiz como José Manuel Mejías García, pero es por su particular nombre artístico como se le conoce en las principales salas de flamenco del país, considerado la segunda cuna de este género musical después de España.

"Niños cagaos hay muchos, lo que pasa es que no se dan cuenta", asegura el cantaor, que conoce a todo aquél que es alguien en el mundo del flamenco japonés.

Llegó por primera vez cuando tenía 22 años, con escaso conocimiento del idioma, pocos recursos, y una guitarra que su madre le recomendó traer para cuando se "sintiera triste".

A la semana de pisar suelo nipón lo presentaron en un tablao, donde se prestó a tocar el cajón y cantar sevillanas a cambio de comida. Desde entonces, no ha parado de cantar y las salas de flamenco de la capital japonesa lo han convertido en asiduo.

"Canto flamenco, además de porque me gusta, porque es lo que me da de comer aquí", se sincera el gaditano, a quien un "maestro zen" uruguayo le otorgó su peculiar nombre artístico poco después de llegar al país.

"Me dijo: tienes los ojos de un niño, y además eres un niño cagao", relata el cantaor, que define a un "niño nagao" como "aquella persona que solo hace lo que le gusta. Y aquello que no le gusta, aunque le pueda ocasionar problemas, no lo hace".

Y aunque a El Niño Cagao le gusta el flamenco, quiso viajar a Japón para practicar el Aikido, un arte marcial que aprende desde que era un adolescente y que ahora compagina con el cante.

Antes de llegar al país, adquirió la mayoría de sus conocimientos sobre este género de música andaluz de su madre, que siempre había querido ser cantaora, y su padre, que tocaba la guitarra y también cantaba.

Fue en Tokio donde por fin se dedicó a estudiar los cantes flamencos, aprendiendo sobre todo a partir de sus colaboraciones con los artistas nipones, que describe como "muy metódicos, estudiosos y persistentes", y también de los españoles que visitaban frecuentemente el país.

El intérprete cita como pilares de este género en Japón a Yoko Komatsubara y Soji Kojima, bailaores que viajaron a España para estudiar la música y volvieron para ponerla en práctica. Gracias a ellos, "el flamenco comenzó a hervir", explica.

Para el artista, el flamenco no dista del estilo de algunas músicas tradicionales japonesas: "A veces escucho un Shamisen (guitarra nipona) y escucho Soleá. Escucho Enka, un tipo de canto japonés, y ahí estás escuchando flamenco".

Aunque trabaja con artistas residentes en Tokio como Manuel de la Malena, Francisco Chávez "el Plateao" o Diego Gómez, prefiere actuar con los japoneses, que tocan lo que él define como un "flamenco zen".

Un japonés, por su cultura, "a veces no saca sus sentimientos afuera como, por ejemplo, cualquier latino o cualquier español" pero "cuando baila saca todo lo que tiene" en una "explosión de sentimientos", sostiene.

La gran carga expresiva del cante y el baile andaluz, según el cantaor, es la razón por la que en el país asiático "hay tantos practicantes de flamenco y no los hay de otras" disciplinas.

El gaditano combina su trabajo en los tablaos con la composición de sus propias canciones, una música que define como una "mezcla de flamenco y el blues", y con unas clases voluntarias de Aikido que imparte a niños discapacitados en Tokio.

Fiel a su condición de "niño cagao", solo hace lo que le apasiona y admite que no le gusta mucho trabajar.

Tampoco tiene planes para el futuro, más allá de un próximo viaje a España, aunque él se defiende y explica: "No le puedes preguntar a un niño lo que hará mañana".

Nora Olivé