Joaquín Leguina, estadístico y escritor

A finales del siglo XVIII, un médico alemán llamado Samuel Hahnemann decidió que se podía encontrar una sustancia que indujera los síntomas de una enfermedad en un individuo sano para, después, usar esa sustancia para curar la enfermedad. Una especie de vacuna "avant la letre". El principio que enunció Hahneman fue el siguiente: "lo afín cura lo afín".

También decidió (por sí y ante sí) que diluyendo en agua la “sustancia” se potenciaba su capacidad curativa o, en términos del autor, “se incrementan sus poderes medicinales espirituales”. Así nació la homeopatía.

¿Cómo han lidiado los homeópatas con todos los nuevos conocimientos que ha descubierto la ciencia médica desde el siglo XVIII? Pues diciendo que “el agua tiene memoria”. Y uno se pregunta: ¿cómo sabe una molécula de agua cuándo tiene que olvidarse de todas las demás moléculas que ha ido conteniendo con anterioridad? ¿Cómo sabe esa agua tratarme un hematoma gracias a su memoria del árnica, y no por el recuerdo que conserve de las heces de cualquier paisano?

Si conociéramos la cantidad de personas, intelectualmente solventes, que acude a las echadoras de cartas, que consulta con cualquier Rappel antes de tomar una decisión económica o sentimental, que cree en los horóscopos y en los ovnis o que recurre con fe ciega a la llamada, benévolamente, medicina “alternativa”, nos quedaríamos de piedra. Se diría que no hemos salido aún de la Edad Media.

Que los astros y muy particularmente nuestro satélite, la Luna, influyen ¡y de qué manera! en nuestros destinos es algo masivamente aceptado. ¿Hay algo más irracional que creer, por ejemplo, que la posición de Saturno en el momento en que nuestra madre se puso de parto puede ser decisivo para nuestro carácter? Pues hay millones de personas en el ilustrado Occidente que lo creen.

Mientras las ciencias avanzan a buen ritmo, la superchería no se queda atrás. Ésta, la superchería, suscita una atracción fatal, que no proviene sólo del candor; esa atracción tiene, sin duda, raíces profundas en el alma humana que se espanta e hipnotiza ante el misterio y para quien la ciencia resulta, quizá, demasiado lenta. Se necesitan respuestas rápidas y milagrosas. Es evidente que la “administración” del más allá o del misterio es un oficio muy rentable, pero no es el caso de los ingenuos fieles, que son, al fin y al cabo, “los paganos” de este negocio.

Leyendo el libro del divulgador científico Martin Gardner “¿Tenían ombligo Adán y Eva?”, me he vuelto a encontrar con un viejo conocido, Carlos Castaneda. Este embaucador gozó de gran predicamento a finales de los años sesenta y principios de los setenta, sobre todo entre “cierta progresía” española, muy influida por el movimiento de las flores y la “liberación” hippie.

En 1968, año en el que ocurrió casi todo, Carlos César Arana Castaneda, a sus cuarenta y tres años (había nacido en Cajamarca, Perú, en 1925), siendo estudiante de Antropología en la UCLA, publicó un libro titulado “Las enseñanzas de don Juan. La vía yaqui al conocimiento”. En pocos meses, las ventas le hicieron rico y famoso; luego publicó una docena de libros más, dándole vueltas a la misma noria.

Castaneda contaba en su primer libro que, viajando por México en 1961, conoció a un anciano chamán (don Juan), un indio yaqui que tenía extraordinarios poderes para cuyo ejercicio se drogaba y drogaba a sus “discípulos” con peyote y otras sustancias alucinógenas. El público, dispuesto a creerse cualquier fantasía y más si ésta estaba ligada a las drogas, se tragó las patrañas de Castaneda como si fueran sopa.

Sería interminable reseñar todas esas patrañas, pero citaré una: don Juan, bajo los efectos del peyote, transforma a Castaneda en cuervo y éste sale volando. Ojo, que lo narra, no como una alucinación, sino que se convierte en un auténtico cuervo, vivito y agitando las alas. En 1972, la prestigiosa Universidad californiana, la UCLA, no se sabe bien cómo, le dio a Castaneda el título de doctor en antropología, con una tesis basada en uno de sus libros (“Viaje a Ixtlán”). Ese doctorado representó su cenit y su caída. Los antropólogos que lo eran de verdad comenzaron a trabajar en serio los textos del escurridizo peruano, encontrando en ellos todo tipo de mentiras y contradicciones, aparte de plagios y rapiñas perpetrados a otros autores.

Pese a todas las mentiras y fiascos, los antropólogos autodenominados “contraculturales” siguen haciéndose lenguas de Castaneda y sus embustes. Uno de ellos, Roy Wagner, de la Universidad de Virginia, al que cita Gardner, se atreve a escribir lo siguiente:

“La consciencia es esa parte de conciencia de la que somos conscientes: como los antiguos videntes y chamanes de México que cortocircuitaron el cuerpo energético”.

Más adelante continúa, con esa verborrea confusionaria que caracteriza a los embaucadores pseudocientíficos, diciendo:

“Por haber devastado la base interior de nuestra capacidad para conceptualizar las cosas del mundo, don Juan ha vuelto del revés toda fantasía subjetiva. No pensamos en sus lecciones salvo en la medida en que ellas nos piensan”.

Ahí queda eso.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.