Silvia Grijalba, escritora y directora del Instituto Cervantes de El Cairo y Alejandría

Una de las primeras cosas que hice al llegar a Egipto como directora del Instituto Cervantes de El Cairo y Alejandría fue pedirle a mi equipo que convocáramos una reunión de hispanistas. Me parecía esencial tomar contacto con estas personas estudiosas de nuestra lengua, amantes de nuestra cultura y en cuyas manos están los estudiantes de español del país al que llegaba.

Convocamos un té en el jardín del edificio del barrio de Dokki que alberga el Cervantes de El Cairo y, a medida que iban llegando la doctora Nawa -presidenta de la Asociación de Hispanistas de Egipto-, las doctoras Salwa Mahmoud, Maryem y Fatma Makki o Abir Abd El Salam, jefas de departamento de español de diversas universidades, pensé que me había expresado mal. Que el genérico esta vez había excluido a los hombres. Unos minutos más tarde me di cuenta de que no, que se me había entendido perfectamente, cuando llegaron el reputado doctor Ali Menufi o los profesores Khaled Salem o Amr Mohamed Said Abelfatah, entre otros. Venían hispanistas de ambos sexos, pero había una mayoría de mujeres porque son ellas las que ocupan esos puestos de dirección en las universidades.

Cuando se cumplen mis primeros cien días en El Cairo, tengo claro que las mujeres son el motor de algunas de las iniciativas más interesantes. En la Universidad está claro, pero en la vida diaria del orden caótico de esta ciudad se hace muy evidente. A veces las circunstancias adversas nos hacen crecernos y lo cierto es que ahora, que aún tengo la suerte de ver lo que me rodea con inocencia, con los ojos de sorpresa que da el aterrizaje reciente y la lucidez que aporta ese jet lag metafórico que produce el cambio de continente, constato que cada vez que pregunto el nombre del reponsable de un centro cultural, un festival o un departamento de lengua que me parece interesante, da la causalidad de que casi siempre lo dirige una mujer. Casi siempre.

Buena parte del tejido de la cultura emergente, más vibrante, con poco presupuesto e imaginativa -elementos que suelen estar unidos- está conducida por una mano femenina. Si hiciéramos un ranking de los espacios y eventos culturales que son el motor de la vanguardia cultural del Cairo actual, habría que nombrar: los festivales Panorama del Cine Europeo y el Internacional de Cine de Mujeres, el Festival de Música Experimental Contemporánea y los centros Townhouse Gallery, el Centro de Danza Contemporáneo de El Cairo, El Sawy y Cinemateque, además de propuestas más radicalmente vanguardistas como el colectivo de música experimental ruidista Egyptian Females Experimental Music Session, en el que destaca el trabajo de Ola Saad. Cinco de esas inciativas culturales han sido creadas por mujeres.

El Festival de Cine de Mujeres, de Amal Ramsis, sí está enfocado a las artistas femeninas y tiene otras iniciativas para producir un sustrato de creación como el taller que acaba de impartir en el Cervantes de Alejandría, donde se enseña a un grupo de mujeres a hacer cortometrajes de un minuto. Pero el resto de estas iniciativas culturales comparten esa visión de pasión por el riesgo, de romper barreras creativas y comerciales y de apostar por salirse de los cánones de lo fácilmente digerible o banalmente comercial. Y esa es una visión especialmente interesante en un país donde las dos terceras partes de la población son menores de 30 años.

En el caso de Panorama, dedicado al cine Europeo y más alternativo -con Marianne Koury como fundadora- o La Cinemateque, un espacio único, una joya, donde pueden verse ciclos de autores de la vanguardia experimental árabe y del resto del mundo, con Hana al Bayaty como artífice, está claro que su éxito tiene que ver con una forma de entender la cultura que conecta con ese público joven de edad y también de espíritu.

Quizá dentro de tres años, cuando el frenesí de los primeros encuentros se haya desvanecido y El Cairo y yo tengamos ya una relación domésticamente tranquila, esto lo vea como algo natural. Pero tengo que reconocer que me ha estimulado que otras mujeres de la ciudad a la que llego tengan una visión de la cultura similar a la que una, con su bagaje y sus prejuicios de europea cosmopolita -que somos los peores-, lleva siempre en el neceser. Esa oportunidad por la que estaré eternamente agradecida, de ser la primera mujer que dirige el Cervantes de El Cairo, se convierte en algo mucho más natural.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.