Gonzalo Sánchez G., director del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia

En nuestro Informe “La Guerra Inscrita en el Cuerpo” evidenciamos que la violencia sexual ha sido usada como un instrumento de poder, como un mecanismo de dominación. Y su uso ha sido premeditado y sistemático.

La violencia sexual no se instaura con el conflicto armado, sino que lo precede, y se alimenta en su confluencia con órdenes y roles de género patriarcales victimizantes, que se exacerban durante la militarización de los territorios por parte de las también exacerbadas masculinidades guerreras.

Nuestra intención con este informe, en el que aparecen las voces de las víctimas, es denunciar el ensañamiento durante el conflicto armado y cómo los cuerpos de miles de niñas y adolescentes fueron torturados mediante la violencia sexual. De los 227 testimonios que recogimos, el 36 % de las víctimas cuenta que la violación ocurrió cuando tenían menos de 14 años y el 17 % cuando tenían menos de 18 años. Lo que arroja una cifra ignominiosa del 53 % de víctimas menores de edad.

Niñas y adolescentes han sido las víctimas más vulnerables. Pero no han sido las únicas. Miles de mujeres jóvenes y adultas, pertenecientes a géneros no hegemónicos, niños y hombres también han sufrido esta modalidad de la guerra contra sus cuerpos; el 91.6 % de victimización recae sobre las niñas y mujeres con énfasis en diferentes etnias y niveles de exclusión social.

La violencia sexual en el conflicto ha sido perpetrada por todos los actores del conflicto. Los paramilitares son responsables del 32,2% ; las guerrillas del 31,5 %; los grupos armados posdemovilización ocupan el tercer lugar, con el 6,3 % de casos. Los agentes del Estado el 1,3 %. Y hay un porcentaje altísimo (el 26,5 %) en el que el perpetrador no ha sido identificado.

Subregistro

El periodo 1996-2005 fue el de la más notable expansión de los paramilitares y las guerrillas en Colombia; en ese periodo se multiplicaron todas las formas de violencia, entre ellas la violencia sexual. La suma de víctimas de esos años (8.035 casos) representa el 53,6 % de la cifra global de los 50 años analizados (15.076). Los números a menudo escandalizan, otras muchas veces insensibilizan.

Este crimen es particularmente infradenunciado, y hay que considerar que puede haber un subregistro que depende no solo de la decisión de muchas mujeres de mantener en privado el ultraje recibido por temor a ser estigmatizadas o discriminadas dentro de su núcleo familiar o social, sino que además está relacionado con el grado de amenaza de la persistencia de los actores armados en los territorios.

El subregistro también puede depender del tiempo en el que fueron perpetrados los hechos, si consideramos que violencias sufridas recientemente pueden permanecer en el silencio durante un tiempo por causa del trauma que todavía representa compartir y, más aún, denunciar dicho ultraje.

Terror y castigo

En el informe identificamos tres escenarios en los que sucede la violencia sexual: el de la disputa armada, el del territorio bajo control de un grupo armado y el de las filas de los combatientes o perpetradores. En cada uno de estos escenarios se manifiesta de múltiples formas. Puede ser usada para transmitir un mensaje de terror a la población; como método de castigo de las mujeres consideradas aliadas del enemigo; para vencer las resistencias y acallar las denuncias de las lideresas sociales y defensoras de derechos humanos; para romper los lazos comunitarios; para disciplinar a las combatientes y, finalmente, para desplazar y despojar a una población de sus tierras. Todos estos engranajes de motivaciones se escalonan o se cruzan en las decisiones estratégicas.

El informe documenta también la existencia de modalidades aberrantes en pleno siglo XXI, como la esclavitud sexual. Toda violencia sexual en su fenomenología es brutal, es parte de una mentalidad aniquiladora; y el exceso es su modo de exhibición. Está unida a una violencia física extrema, no solo por el hecho mismo de la penetración forzada, sino también por maltratos como golpes, lesiones con arma blanca, mutilaciones y otras agresiones ejecutadas antes y después de someter a la víctima.

En muchas ocasiones, y particularmente cuando el cuerpo de la mujer es concebido como el cuerpo del enemigo, el ultraje y la violación sexual implican un despliegue de prácticas de sevicia, como violaciones grupales, vejación, empalamientos, lesiones y mutilaciones incapacitantes, quema del cuerpo con sustancias químicas, tortura de múltiples formas, toda una tecnología de la tortura y deshumanización de la víctima.

La tolerancia, la indiferencia, la estigmatización que manifestamos como sociedad frente a este crimen deshumanizante se ha expresado a través del aislamiento de la víctima. Sin embargo, muchas organizaciones de apoyo, generalmente compuestas por mujeres, sanadoras, comadres y escuchas, hacen un trabajo solidario, delicado, comprensivo frente a un crimen que no solo ha dejado una huella física en la vida de muchas mujeres y niñas sino también una impronta psíquica.

Las víctimas de violencia sexual en Colombia han dado un paso enorme para desvertebrar la naturalización de las agresiones sobre sus cuerpos en el curso de la guerra: están poniendo su dolor íntimo en la escena pública para que la sociedad rompa sus silencios, sus complicidades, sus legitimaciones, su tolerancia, su pasividad e indiferencia. A través de este informe, ellas han hablado sobre lo que era considerado indecible; y no solo han hablado por ellas, sino que su testimonio habla también por las mujeres, niñas, niños y hombres que no sobrevivieron a este crimen cruel.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.