Enrique Maruri, director de Campañas y Ciudadanía de Oxfam Intermón

Hace unos días conversaba con una amiga, que en la actualidad trabaja para un organismo internacional, sobre nuestras vidas en España. Al igual que yo, había llegado hace un tiempo a este país y, como cualquier persona que decide migrar, nos chocábamos con diferencias culturales, rechazos y renuncias, al tiempo que nos maravillábamos con otras cosas, como la calidad de los servicios de salud y transporte, la excelencia culinaria, y la riqueza histórica y cultural de sus sociedades, entre muchas otras bondades.

 A los dos nos impresionaba la potencia del movimiento feminista a lo largo de todo el territorio, diverso, lleno de energía y comprometido con el cambio social. También coincidíamos en destacar el valor global que tiene España en el mundo -por su conexión íntima con Iberoamérica, sus lazos históricos con África del Norte y su papel en la Unión Europea-, que contrastaba, sin embargo, con una política exterior un tanto tímida y poco ambiciosa.

Estas dos cuestiones  -el feminismo y la política exterior-, integradas adecuadamente,  podrían contribuir a consolidar la identidad global de este país  en un mundo multipolar altamente cambiante e hiperconectado, cuya volatilidad pone de manifiesto la necesidad de que surjan nuevos liderazgos.

 Mi amiga decía que España es un verdadero "melting pot", donde confluyen culturas, tradiciones y visiones históricas, que a pesar de no siempre coincidir y, en algunos casos ser antagónicas, encuentran un lugar para dialogar, convivir y colaborar. Y así lo veo yo también. Y lo confirman las estadísticas demográficas, que muestran que en la actualidad casi el 10 % de la población que habita el territorio español ha nacido en el extranjero, con más de 25 nacionalidades, representadas con poblaciones superiores a los 50.000 habitantes.

Claro está, el asunto "va por barrios", como se dice en estas tierras, y sería ingenuo afirmar que toda aquella persona que llega a esta parte del mundo encuentra acogida, respeto y dignidad. Esto es sobre todo cuestionable, si su ingreso se produce, por ejemplo, por Ceuta o Melilla, y lo que se encuentra es una valla y el estigma de ser tratado como un ilegal.

Lo cierto es que España, por su historia, su localización y la coyuntura política actual, tiene una enorme oportunidad y está llamada a cumplir un papel protagónico en el orden global, si definitivamente apuesta por una política exterior ambiciosa. Esa es, de hecho, la propuesta que hacemos desde Oxfam Intermón de cara a las elecciones generales del próximo mes, pues más allá de los asuntos internos de la coyuntura diaria que cotidianamente cubren los medios de comunicación, lo que también debería estar debatiéndose por los diferentes partidos políticos es el modelo de participación global que va a desarrollar el país en los próximos años.

En este sentido, hay tres asuntos que considero que se deberían priorizar para dotar a España de una política exterior acorde con las nuevas realidades. No son ciencia oculta, pero sí requieren trabajo, compromiso y voluntad política, no sólo del partido que gobierne, sino de todas las fuerzas políticas.

En primer lugar, es necesario revitalizar la cooperación internacional, no sólo en términos de los recursos asignados, definiendo una ruta clara para cumplir la meta de aportar el 0,7 % del PIB, no a punto de créditos y operaciones de canje de deuda, sino invirtiendo en proyectos de desarrollo y humanitarios, apostando por instrumentos y modalidades novedosas como la Cooperación Triangular.

En segundo lugar, es muy importante consolidar la justicia de género, como un elemento característico de la política exterior española. Ya el país es un referente sobre la materia, pero con los movimientos globales en la lucha contra la violencia de género y el dinamismo que viene adquiriendo la agenda de Mujer, Paz y Seguridad, es necesario actualizar la estrategia y profundizar su alcance.

Por último, es crítico establecer un debate amplio y objetivo sobre la política migratoria, poniendo a las personas en el centro y apostando por soluciones que reconozcan que las personas se mueven y se seguirán moviendo. No se puede seguir construyendo política, a partir de crisis mediáticas, como ha venido ocurriendo en los últimos años.

Hay motivos para el optimismo. Recientemente tuvimos una reunión con representantes de partidos políticos sobre estos asuntos, y si bien subsisten importantes diferencias sobre la materia, existen espacios para los acuerdos y el desarrollo de una política exterior, que más que tapar con parches los huecos que le viene abriendo la realidad global, le permita al país asumir un papel de liderazgo.