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Flamenco, de personalidad arrolladora, con talento explosivo y valiente, así es Antonio Canales sobre el escenario, un bailaor que ha vivido las mieles de su exitosa carrera internacional y las hieles de su caída por el precipicio de las drogas, el juego y el sexo.

Tras su aventura televisiva, el coreógrafo, que mañana celebra 60 años, levanta el vuelo y vuelve a los escenarios, al flamenco. "La danza es mi respiración", escribe Canales en su perfil de Instagram junto a una foto que anuncia su próxima actuación el 7 de diciembre en "Solos en Compañía" junto a Aida Gómez, Alfonso Losa y Eduardo Guerrero.

Su incursión en la televisión fue una estrategia para aprovechar el tirón de volver a estar muy presente para el público y llenar de nuevo los teatros. "Lo he conseguido y estoy muy contento porque bailar es lo que me da vida", ha dicho en público este bailaor (Sevilla, 1961).

El talento de Canales lo llevó a arriesgar y, sin cumplir la mayoría de edad, dejó su barrio de Triana para hacerse un hueco en el mundo del espectáculo.

"Al principio tenía algo de dinero que me daban mis padres", relata Antonio, pero "al poco tiempo se me acabó" y tuvo que sobrevivir a duras penas para seguir adelante, contaba en un programa de televisión.

Antes de ingresar en el Ballet Nacional de España (BNE) estuvo un tiempo durmiendo en calle en el Retiro, en la calle Preciados, Legazpi o en el metro y se envolvía en los cartones para no pasar frío.

Tampoco tenía para comer. "Iba a la calle Huertas que había un convento. Allí, hacían tres turnos y me ponía en la cola para recibir algo de alimento", contaba.

Nacido en una familia de tradición artística, se empeñó en triunfar y su primera oportunidad profesional le llegó en el BNE, del que fue solista, y para el que coreografió "Grito" (1998), estrenada en el City Center de Nueva York, y "A ciegas" (1999), montaje con el que debutó en el Teatro de la Zarzuela como invitado del BNE.

Después con su propia compañía estrenó con éxito "Torero" (1993), "Gitano" (1997), "La Cenicienta" (2000), "Ojos Verdes" (2003) y "Carmen, Carmela" (2004).

Antonio Canales, Premio Nacional de Danza 1995 y Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes 2020, lleva más de tres décadas bailando por todo el mundo a un son diferente, con formas revolucionarias y movimientos sigue aportando al flamenco.

Las drogas, el juego y el sexo le han dado mala vida, le han llevado por veredas difíciles, que hoy parecen olvidadas para siempre.

En el 2000 sufrió un incidente en un aeropuerto JFK de Nueva York cuando fue detenido en la zona de tránsito procedente de México, donde estaba de gira con su espectáculo "Gitano", con destino a Venecia, en cuyo festival de cine su película "Vengo" clausuraba el certamen. El motivo de su detención es que seis años antes le encontraron en el aeropuerto de Miami un cigarrillo de marihuana.

Canales interpuesto una demanda contra el departamento de Inmigración de Estados Unidos de más de 500 millones de pesetas, por "los daños materiales y morales" que le acarrearon las diecisiete horas que permaneció detenido en el aeropuerto neoyorquino donde fue tratado "como un delincuente" y "un animal", según contó en rueda de prensa.

Otro de los episodios más complicados del artista fue en 2011 cuando le fotografiaron practicando sexo oral a su novio en una playa de Sitges (Barcelona), hecho que sacó a la opinión pública su bisexualidad, algo de lo que nunca había hablado.

Tras separarse de su mujer, Malena, con la que tiene tres hijos, Canales comenzó una mala vida. "Caigo en picado y derrocho una gran fortuna. Tenía 41 años y llegué a tocar el infierno, pero no me quedé en él", explicó en un programa de Tele5, donde reconoció que se vio tan solo que, durante dos años, dejó de bailar, "caí en el juego y en las drogas".

Muchas noches de exceso, pero en un momento de lucidez, pidió ayuda. "No perdí todas mis propiedades porque mi padre se encargó de ir cogiendo cosas o de ir comprando las cosas que yo fui vendiendo", recordaba el artista.

En estos sesenta años, la historia de Antonio Canales ha sido, cuando menos, agitada.

Carmen Martín