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En pleno corazón de Madrid, en un local de la emblemática Puerta del Sol, está Casa de Diego, un negocio de casi 200 años de antigüedad especializado en abanicos que sigue atrayendo a todo tipo de clientes, desde madrileños a casas reales y extranjeros que hacen pedidos desde Hong Kong o Los Ángeles.

El negocio fue fundado en 1823 por el tatarabuelo del actual dueño, Javier Llerandi, en un local de la calle Preciados.

En 1858 se mudaron a la Puerta del Sol y desde entonces ha ido pasando de generación en generación con los abanicos y los paraguas como productos estrellas, aunque también venden otros artículos como mantones de manila, peinetas, castañuelas y bastones.

El negocio surgió de la necesidad que tenía la corte de proveerse de este tipo de productos, considerados de lujo, y de ahí su ubicación "en la línea de las calles que van a parar a palacio", según cuenta a Efe Llerandi.

El interés de la realeza por este negocio madrileño ha perdurado en el tiempo, ya que en los últimos años han fabricado abanicos para la reina de Inglaterra, los reyes de Tailandia o los de Holanda.

Además, la reina Letizia y Diana de Gales lucieron abanicos de Casa de Diego en sus respectivas bodas.

"El abanico es uno de los cien productos españoles por excelencia y dentro de los abanicos el referente español es Casa de Diego, y si lo es dentro de España lo es en el mundo (...) posiblemente estemos en la mejor casa de abanicos del mundo", asegura el propietario de este negocio centenario.

Con el paso de los años, relata, la adquisición de abanicos y paraguas se ha extendido a todos los sectores de la sociedad y a día de hoy cuentan con clientes de "todo tipo de poder adquisitivo".

El perfil de esos clientes tampoco responde a un patrón, puede visitar la tienda "una abuela con su hija y su nieta" o una joven de 20 años que está empezando a usar abanicos "porque el calor no entiende de edades".

Casa de Diego fabrica sus abanicos en Valencia y cuenta con dos tiendas en la capital, la de la Puerta del Sol y otra en la calle Mesonero Romanos, dos puntos muy céntricos que atraen también a los turistas.

Además, hay extranjeros que sin necesidad de pasarse por Madrid encargan abanicos a través de Internet con pedidos a distintos rincones del mundo como Hong Kong o Los Ángeles.

"Los precios de los abanicos, como los de los paraguas, dependen mucho del material con el que estén hechos", explica Javier, que cuenta que vende abanicos pintados a mano a partir de 12 euros, aunque también hay ejemplares de hasta 6.000 euros.

Respecto a los tipos, los hay de señora y de caballero y para quitarse el calor, hechos de maderas flexibles de árboles frutales, o con finalidad decorativa, que en este caso están fabricados con maderas exóticas, hueso o nácar.

Algunos abanicos se hacen por encargo, por alguien que quiere "un determinado color para combinar con un vestido" o que desea incluir un dibujo.

"Recuerdo un abanico especial porque una señora tenía toros de lidia y quería un toro suyo que había sido indultado en Las Ventas, quería que saliera en el abanico. Se le hizo y quedó muy bien", recuerda.

Para seguir teniendo en marcha el negocio casi 200 años después, Javier dice que simplemente han cambiado algunos materiales que hoy ya no se pueden usar como el marfil o la tortuga, pero los productos siguen siendo similares dos siglos después.

El dueño augura un buen futuro para su negocio ya que, aunque quedan menos fabricantes, los que persisten "gozan de buena salud" y no concibe "otra cosa mejor para evitar el calor" que un buen abanico.

Beatriz Calvo